| 4/14/2016 12:00:00 AM

La estabilidad financiera, en riesgo por ausencia de reformas estructurales

Por la falta de activismo de la política fiscal y la ausencia de reformas estructurales, la laxitud monetaria arriesga la estabilidad financiera y la actividad económica global.

En la coyuntura actual, la política monetaria alrededor del mundo enfrenta algunos dilemas. En buena parte estos se deben a la falta de activismo de la política fiscal. Esta inactividad descargó en la política monetaria la responsabilidad de lograr un crecimiento sostenido con pleno empleo y estabilidad de precios.

De una manera pragmática, los bancos centrales de las economías avanzadas que sufrieron con mayor rigor el estancamiento de la Gran Recesión –Estados Unidos, Europa y Japón–, implementaron estrategias no convencionales: llevaron las tasas de interés de suministro de liquidez al límite inferior, expandieron sus balances con agresividad, guiaron las expectativas monetarias e, incluso, algunos impusieron tasas de interés negativas a los depósitos que les hacen los bancos comerciales.

Estas medidas fueron efectivas para evitar el colapso de las economías y los mercados financieros durante la crisis financiera internacional y la crisis fiscal europea. Sin embargo, no lograron el crecimiento sostenido con pleno empleo y estabilidad de precios, porque el sector privado todavía está muy endeudado y requiere ahorrar en lugar de gastar.

Conjurado el cataclismo, las autoridades se concentraron en mantener la confianza de los mercados en la solvencia pública. Eso les impide incrementar el gasto gubernamental, rebajar los impuestos y aumentar el déficit y la deuda pública para impulsar la actividad económica. Tampoco acometieron reformas estructurales para ampliar la capacidad de crecimiento de las economías, aumentar su productividad y mejorar su resi- liencia. Debido a que los excesos de activismo fiscal arriesgan la credibilidad de los mercados, mientras que las reformas estructurales afectan muchos intereses privados, las autoridades se conformaron con dejar que los excesos de liquidez y el crédito barato evitaran la deflación y sostuvieran la escasa actividad económica.

A pesar de su conveniencia en el corto plazo, esa combinación de políticas resulta peligrosa en el mediano plazo. Como advierte Mohamed El-Erian, consejero económico jefe de Allianz, los excesos de liquidez durante periodos prolongados impiden a los participantes en los mercados financieros valorar de una manera precisa el riesgo.

Por este motivo incurren en exposiciones peligrosas, con frecuencia demasiado apalancadas, que inflan los precios de los activos de una forma insostenible. De este modo, la laxitud monetaria prolongada arriesga la estabilidad financiera y la sostenibilidad de la actividad económica. Estas pueden resultar comprometidas al estallar las burbujas en los mercados financieros, cuando los agentes que tienen posiciones muy riesgosas, junto con los intermediarios que las financian, sufren pérdidas patrimoniales al caer los precios de los activos. En estos casos, los mercados se congelan y la riqueza disminuye, por lo cual la confianza de los consumidores y los inversionistas flaquea. Como efecto de ello, la demanda se paraliza, la actividad económica y el empleo se reducen y surge el peligro de una deflación.

En concepto de algunos académicos, como Hans-Werner Sinn, profesor de Economía de la Universidad de Múnich, la laxitud monetaria condujo a la formación de burbujas en la Zona del Euro, en donde los precios de la finca raíz se incrementan de forma desmesurada en las economías menos afectadas por las crisis –Alemania, Austria y Luxemburgo–.

En China, los esfuerzos del Banco Popular por estimular el crecimiento con crédito barato contribuyeron a generar excesos apalancados de capacidad en empresas “zombis” de propiedad estatal y a inflar los precios de las acciones. Cuando estos cayeron, la liquidez fluyó a la finca raíz, cuyos precios aumentan de manera pronunciada. La laxitud monetaria alimenta además una fuga de capital que perturba la estabilidad de la tasa de cambio y socava las reservas internacionales. Las autoridades afrontan una trinidad insostenible: tener una política monetaria independiente, una tasa de cambio estable y liberar los flujos de capital.

Los Estados Unidos tampoco son inmunes a las amenazas de la laxitud monetaria. En ese país la actividad económica y el mercado laboral tienen un desempeño saludable, que hace predecir el retorno de la inflación al objetivo de la FED, e incluso sugieren que puede haber presiones inflacionarias en el largo plazo. El incremento en los precios de los activos y la reactivación del crédito indican que es prudente retirar el estímulo monetario. Sin embargo, el sesgo a la baja del crecimiento mundial y las turbulencias en los mercados financieros internacionales primaron en la decisión de posponer los incrementos en las tasas de interés sobre los fondos federales. Ahora los mercados descuentan dos aumentos en lugar de cuatro este año. Por eso la tendencia del dólar a fortalecerse frente a las monedas del resto del mundo, que se inició a mediados de 2014, basada en las expectativas de un tránsito expedito a la normalidad monetaria, comenzó a revertirse desde mediados de enero pasado, ante las expectativas de una transición más pausada.

Este cambio de tendencia sugiere que la globalización financiera dificulta tener posturas monetarias divergentes entre los principales bancos centrales del mundo, porque las disparidades de tasas de interés generan flujos de capital que afectan los tipos de cambio. La extrema laxitud monetaria en unas economías puede debilitar sus monedas, al tiempo que la normalización tiende a fortalecerlas en otras. En el primer caso se estimula la actividad económica, mientras en el segundo se desincentiva. En consecuencia, los sectores perjudicados por la fortaleza de la moneda presionan a las autoridades para ejercer el proteccionismo e incurrir en guerras de monedas. Por tanto, los bancos centrales de los países grandes deberían tener en cuenta los efectos colaterales de sus decisiones sobre los mercados financieros internacionales y el comercio mundial, como propone Raghuram Rajan, gobernador del Banco de Reserva de India.

Mientras las autoridades no lleven a cabo las reformas estructurales para fortalecer la capacidad de crecimiento de las economías y no convenzan a los mercados de tolerar la expansión fiscal, los bancos centrales continuarán obligados a sostener la lenta actividad económica mediante una extrema laxitud monetaria. Esta estrategia continuará impidiendo que los precios de los activos reflejen los fundamentales de las economías, con lo cual se corre el riesgo de una corrección abrupta que puede perturbar más adelante la estabilidad financiera y macroeconómica global.

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