| 3/3/2016 12:00:00 AM

¿Tiembla la banca europea?

Por su estructura y por la arquitectura de la Unión Bancaria, el temor por la solidez de la banca europea se ha convertido en una fuente principal de volatilidad en los mercados financieros.

Este año los mercados financieros han sufrido turbulencias recurrentes. Las causas de la alta volatilidad son el estancamiento de la actividad económica global, la incertidumbre sobre la evolución de la economía china, el temor por los efectos globales del tránsito a la neutralidad de la postura monetaria en los Estados Unidos y la preocupación por las perspectivas de las economías emergentes. A estos factores se agregaron en las últimas semanas las dudas sobre la estabilidad del sistema bancario en los países avanzados, sobre todo en la región europea.

En concepto de algunos analistas –como The Economist– la desvalorización de las acciones de los bancos europeos tiene varias causas particulares. Una muy importante es el gran número y las características de los bancos que hay en esa región. Muchos de ellos tienen modelos de negocios deficientes, varios pequeños no son rentables y uno que otro de los más grandes conserva una amplia exposición a los activos de alto riesgo. Además, la entrada en vigencia de una nueva estrategia de las autoridades financieras europeas, que en lugar de rescatar del todo las instituciones que tengan problemas les transmitirá a los inversionistas parte de los malos resultados, incrementó la incertidumbre. Por este motivo es probable que hacia adelante los mercados sean menos tolerantes con los defectos de capital y los excesos de apalancamiento de los bancos europeos.

Negocios riesgosos

Los bancos europeos tienen una estructura de negocios que los hace vulnerables a los riesgos que implica su actividad. En primer lugar, el estancamiento de la economía europea conduce a que la banca tenga una alta tasa de mora sobre los créditos otorgados.

La mala calidad de la cartera hace evidente que enfrentan un mayor riesgo de crédito que los de otras regiones del mundo. También son muy sensibles al riesgo de mercado, porque tienen una gran cantidad de deuda de otros bancos de esa región y de los gobiernos europeos.

Que los bancos sean grandes poseedores de la deuda pública de sus países implica una alta probabilidad de que su solvencia esté sobrestimada, o de que aún tengan un apalancamiento más alto que el deseable por una particularidad de la regulación financiera europea, como sostiene el profesor Sascha Steffen, de la Universidad de Yale.

En contra del sentimiento de los mercados, esta regulación pondera con un riesgo nulo la deuda pública de sus gobiernos al calcular los requerimientos prudenciales de capital de los bancos. La percepción de los agentes sobre una falta de solidez patrimonial hace que la banca resulte frágil al riesgo de liquidez en condiciones de estrés. La exclusión de la deuda pública de los activos riesgosos también fortalece la circularidad entre el debilitamiento de la solvencia de los Estados y la de los bancos. Además, la deuda pública en Europa está exenta de las reglas ‘microprudenciales’ de excesiva exposición a una sola contraparte.

En esas circunstancias, una desvalorización de los títulos de deuda de los gobiernos tiene un mayor efecto sobre los resultados de los bancos, por lo cual puede precisar una intervención de los Estados, que a su vez requieren un mayor endeudamiento público.

Arquitectura incompleta

Un factor adicional de preocupación de los analistas, que puede intranquilizar los mercados, es que el esquema vigente para salvaguardar la estabilidad financiera en Europa es incompleto, a pesar del establecimiento de la Unión Bancaria (UB), como sostiene Dirk Schoenmaker, en un trabajo publicado por el think tank europeo Brugel, en noviembre pasado.

La UB fue la respuesta a las fallas de coordinación entre las autoridades, originadas por la actividad transnacional de los bancos en la Unión Europea (UE) y la supervisión nacional en cada uno de los países. Esta asimetría causaba que la supervisión local, por favorecer los intereses nacionales, no lograra asegurar la estabilidad financiera, incluso en sus propios países.

Sin embargo, la solución es parcial, entre otras razones porque la participación en la UB es obligatoria solo para los países miembros de la Zona del Euro (ZE) y opcional para los de la UE.

En la UB la regulación financiera depende de la Comisión Europea (CE) y de la Autoridad Bancaria Europea (ABE), lo cual no constituye una diferencia fundamental con la mayoría de los países del mundo. Una discrepancia más relevante ocurre en la supervisión, que en la UB quedó en cabeza del Banco Central Europeo (BCE) para los 123 bancos más significativos, con la colaboración de los supervisores nacionales para el resto de ellos.

En contraste, un arreglo frecuente en el resto del mundo es que la supervisión recaiga solo en una agencia especializada, investida con plenos poderes.

Dentro de la UB, para intentar quebrar la circularidad entre la solvencia de los bancos y la de los Estados, la responsabilidad final de los rescates fue transferida a las autoridades de la UE –a través del Mecanismo Europeo de Estabilidad (MEE)– cuando haya peligro de que el apoyo de los Estados les cause una crisis fiscal. En consecuencia, como la UE asume el riesgo final de incurrir en los costos del rescate, también se le ha debido trasladar todo el poder de supervisión para mitigarlo. Como no se hizo, no se puede descartar el peligro de que la supervisión no resulte del todo eficaz.

Otra discordancia importante ocurre en la función de prestamista de última instancia, que en la UB recae todavía en los bancos centrales de cada país, con autorización del BCE, cuando lo ideal sería que estuviera a cargo solo de este.

Por otra parte, en el esquema que ha resultado más eficaz alrededor del mundo, la autoridad administradora del seguro de depósitos es la encargada de intervenir y reestructurar o liquidar los bancos insolventes. Sin embargo, en la UB la administración del seguro de depósitos es realizada todavía por las autoridades nacionales, mientras que la intervención y reestructuración o liquidación fue transferida al Mecanismo Único de Resolución.

Por tanto, si se corrigieran estos desaciertos, la arquitectura institucional para preservar la estabilidad financiera en Europa sería más eficaz. Sin embargo, la economía política para lograrlo es compleja. Mientras tanto, la incertidumbre sobre la salud del sistema financiero europeo seguirá originando volatilidad en los mercados financieros.

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