| 8/18/2016 12:00:00 AM

¿Qué tienen en común Clinton y Trump en materia de política exterior?

Hace apenas una década los republicanos y los demócratas en los Estados Unidos eran partidarios del libre cambio. Hoy se oponen a él. ¿Por qué?

En la gran mayoría de los países del mundo ocurre con frecuencia que las posiciones de los dos partidos políticos mayoritarios difieren de una forma tajante en los principales aspectos de la política pública. En la actual campaña a la presidencia en los Estados Unidos, por ejemplo, las propuestas para estimular la actividad económica de los candidatos que cuentan con el respaldo mayoritario están en la tradición ideológica de sus partidos, que es opuesta. Donald Trump, del Partido Republicano, quiere recortar los impuestos, tanto para las firmas como para las personas y desregular la economía. De manera paralela, Hillary Clinton, del Partido Demócrata, plantea un programa de gasto público en infraestructura, estímulos para la inversión en investigación y desarrollo tecnológico, junto con educación pública gratuita para los miembros de los hogares de bajos ingresos e incrementar la tributación para los más ricos.

Sin embargo, los dos candidatos coinciden en su postura en contra del libre comercio. Ambos se oponen al Acuerdo Transpacífico –TPP, por su sigla en inglés–. Trump sugiere incluso renegociar otros tratados como el Acuerdo Norteamericano de Libre Comercio –Nafta– y el bilateral con Corea. También plantea establecer aranceles a las importaciones provenientes de China y México.

Hace apenas una década la posición de ambos partidos sobre el comercio internacional también concordaba, a la inversa: eran partidarios del libre cambio. El giro al proteccionismo resulta de la necesidad de convertir en apoyo electoral la decepción de los trabajadores no calificados y los desempleados, que se sienten perjudicados por los acuerdos comerciales. Al fin y al cabo, los ciudadanos enemigos del libre comercio son los mayores de 50 años, apenas con bachillerato, cuya principal fuente de empleo fue el sector manufacturero, que les brindó la oportunidad de tener un trabajo estable y bien remunerado, con un salario suficiente para sostener una familia de clase media. Esa ocupación les permitía obtener al cabo de los años una cómoda pensión de jubilación.

Pero por causa del progreso tecnológico y de la estructura cambiante de la producción mundial, más que por culpa de los acuerdos comerciales, la industria manufacturera norteamericana desmejoró en las últimas tres décadas.

En ese periodo se consolidaron las cadenas internacionales de valor. El desarrollo de los medios de transporte y las comunicaciones permitieron a las empresas multinacionales diseminar la producción a través del mundo, para aprovechar las ventajas competitivas de varios países de un modo simultáneo. Al hacerlo, aumentan la productividad, reducen los costos y obtienen mayores beneficios.

El surgimiento de esas cadenas contribuyó a especializar a diferentes países en ciertas labores productivas. China y otras economías asiáticas, por ejemplo, que tienen en el trabajo no calificado poco costoso una de sus principales ventajas, se especializaron en la manufactura y el ensamblaje. En contraste, algunas economías avanzadas, de acuerdo con sus ventajas en trabajo de alta calificación, en investigación y desarrollo de tecnologías, servicios financieros e ingeniería se convirtieron en proveedoras de estos servicios. Esos patrones, en el caso de Estados Unidos, contribuyeron a marchitar su industria manufacturera y a empobrecer a sus trabajadores no calificados, mientras que florecieron los sectores productores de servicios y se enriquecieron las empresas que los proveen y sus empleados.

El temor a que los acuerdos comerciales refuercen estas tendencias genera el rechazo al libre mercado de los trabajadores no calificados, la población de los estados que tradicionalmente apoyan a los republicanos y la izquierda en los Estados Unidos. Con el fin de conquistarlos, con frecuencia los candidatos a la presidencia en ese país adoptan la retórica contra el libre comercio durante la campaña, para abandonarla cuando son electos. Ese fue el caso del presidente Barack Obama.

Como resultado de las nuevas tendencias proteccionistas dentro de ambos partidos, la coalición en favor del libre comercio en el Congreso estadounidense se está deshaciendo. Esto dificultará la aprobación del TPP durante lo que resta de la administración Obama. Existe la posibilidad de que, al ser electa, la presidente Clinton logre su aprobación con algunas modificaciones, si los congresistas republicanos que se volvieron proteccionistas para apoyar a Trump retornan a sus posiciones librecambistas.

Es extraño que a pesar de ser partidaria del libre comercio, la mayoría de los estadounidenses no apoye el TPP. Este hecho es paradójico, sobre todo al considerar que sus beneficios no serían despreciables. Los estudios calculan en promedio que el crecimiento de los Estados Unidos aumentaría cerca de un punto adicional durante tres lustros. Este bono no es minúsculo para una economía cuya tasa de crecimiento potencial es estimada por la FED entre 1,8% y 2,1%, que además crecerá 2,2% en 2016, según el FMI.

En cualquier caso, abandonar los acuerdos comerciales vigentes podría traer más costos que beneficios para los Estados Unidos. Deshacerlos no haría que surgieran los empleos manufactureros bien remunerados para los trabajadores no calificados, que se perdieron debido al progreso tecnológico y la reestructuración de la producción mundial en cadenas internacionales. Incurrir en el proteccionismo tendría además el costo de disminuir el bienestar del consumidor norteamericano, al incrementar el precio de los bienes, los servicios y los insumos importados. Los mayores precios reducirían su ingreso real, sin aumentar el empleo ni el crecimiento económico, que más bien podría disminuir si Estados Unidos pierde el acceso preferencial otorgado por sus socios por medio de los tratados.

En vista de que el rechazo al libre mercado, que se impuso en una parte importante de la opinión pública norteamericana, se debe al perjuicio causado por el desarrollo tecnológico y la consolidación de las cadenas internacionales de valor sobre la industria manufacturera, la introducción en el futuro de programas de asistencia para los perjudicados podría ayudar a obtener su respaldo para los acuerdos comerciales.

Mientras tanto, por lo menos durante el resto de la campaña presidencial, continuará la perniciosa retórica proteccionista, que genera incertidumbre en el resto del mundo, en una coyuntura internacional de bajo crecimiento, que requiere por el contrario reactivar el intercambio para estimular la demanda mundial.

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