| 4/11/2012 6:00:00 PM

Europa pone el cerrojo

Bajo el argumento de combatir la inmigración ilegal, en los países europeos está reviviendo la amenaza xenofóbica, lo que puede resultar muy efectivo en tiempos electorales.

Algo huele mal en Europa desde que el tema de la inmigración entró de lleno a la agenda electoral. En medio de una de las peores crisis económicas que vive el continente, la política de endurecer las medidas para frenar el ingreso de ilegales al territorio de la unión se ve como una veta auspiciosa para captar nuevos votantes. Pero, de paso, genera brotes xenófobos cuyos resultados son impredecibles.

Tres anuncios ilustran la nueva tendencia. A mediados de marzo, el gobierno de Grecia –que tendrá elecciones el 6 de mayo– anunció la construcción de un muro de 10 kilómetros de longitud en su frontera con Turquía para frenar la entrada de inmigrantes ilegales, que en este país ya alcanzan los 500.000 y tienen desbordado el sistema de asistencia social.

Al mismo tiempo, el presidente de Francia, Nicolás Sarkozy, –que buscará su relección el 22 de abril– declaró al semanario Journal du Dimanche que está dispuesto a sacar a su país del acuerdo Schengen, que permite la libre movilización de ciudadanos entre 25 de los países de la Unión Europea (UE), si los gobiernos no adoptan drásticas medidas para frenar la inmigración ilegal. En Francia, el número de extranjeros ya alcanza los 6,7 millones.

Y el más reciente anuncio lo hizo la canciller alemana Angela Merkel, que el pasado 3 de abril dijo en Praga que las oportunidades de trabajo en su país se otorgarán con prioridad a los ciudadanos españoles desempleados, antes que a los inmigrantes de fuera de Europa, que en ese país ya alcanzan los 5,5 millones. En Alemania, las elecciones federales en el estado de Renania, con 18 millones de habitantes, se realizarán a mediados de mayo y hay quienes las comparan con el comportamiento del electorado nacional, que en 2013 tendrá una cita para las elecciones legislativas cuando Merkel se juega su futuro político.

A pesar de la dura crisis económica, Europa sigue siendo el destino preferido para miles de ciudadanos de países asiáticos y africanos que huyen de la guerra a raíz del recrudecimiento de los conflictos internos, o porque buscan oportunidades económicas. Cifras no oficiales indican que en la UE habría al menos 34 millones de extranjeros, muchos de ellos en condiciones de ilegalidad.

Aunque gobiernos como los de Alemania y Francia han lanzado su voz de alerta en contra de la inmigración ilegal –por el impacto que genera en sus economías, su empleo y su sistema de seguridad social–, el crecimiento del fenómeno está desbordando la capacidad de los países.

El gobierno francés notificó a Bruselas que, si en el plazo de un año no se refuerzan los compromisos de los países de la unión para cerrar las puertas a la inmigración ilegal, se saldrá del pacto Schengen, que facilita el desplazamiento de los ciudadanos europeos en los 25 países que lo integran. Sarkozy ha hablado incluso de establecer controles fronterizos internos para todos los viajeros, en contravía de los acuerdos firmados, lo cual representaría una talanquera importante para el espíritu de la UE.

En Grecia, las fórmulas son más radicales: el partido de extrema derecha, Amanecer Dorado, propuso colocar minas antipersonales –proscritas en acuerdos internacionales– en el río Evros, en la frontera con Turquía, para impedir el paso de los ilegales, una decisión que ha sido muy cuestionada porque alienta los brotes xenófobos que ya se están viendo en este país, con ciudadanos griegos que rechazan a los extranjeros porque se sienten amenazados en sus empleos y su economía.

El gobierno griego planea hacer aprobar una ley para expulsar a los ilegales apelando a razones de salud pública y, mientras tanto, avanza en la construcción de un cuestionado muro de unos 10 kilómetros, con un tendido de alambradas dobles de 2,5 metros de altura y 25 cámaras térmicas, que podría costarle unos 5,5 millones de euros.

Unos llegan y otros se van

Mientras los más poderosos de la UE quieren darle un portazo a la inmigración, portugueses, españoles e italianos están buscando nuevos destinos para dejar atrás la crisis. En Portugal, el gobierno ha dicho que oficialmente unos 150.000 de sus nacionales emigraron durante 2011, cifra que para el secretario de Estado de las Comunidades Portuguesas, José Cesário “es enorme” y se acerca al registro histórico de 1970, cuando 183.205 personas salieron en busca de mejores perspectivas.

En España se estima que el éxodo del año pasado alcanzó la cifra de 50.000 personas, que se suman a los inmigrantes –principalmente latinoamericanos– que decidieron volver a sus países de origen a raíz de la difícil situación económica que enfrenta este país.

Medios europeos han dicho que la recuperación de América Latina –el crecimiento alcanzó, en 2011, 4,6% en promedio–, y las bajas tasas de desempleo en la región –de 7,3% en promedio– estarían atrayendo a los emigrantes europeos. Argentina, Chile, Brasil, Colombia, Perú y México se han convertido en los destinos preferidos para los europeos que huyen de la crisis. Incluso, la Organización Internacional para la Migración, OIM, ha advertido sobre el freno de la migración en la población de Suramérica, que antes se dirigía principalmente a Europa o Estados Unidos, y que ahora se desplaza dentro de la región.

Pero, más allá de la polarización que hoy existe sobre el tema de la migración, el gran desafío para Europa es aplicar una política que honre sus principios de unidad y solidaridad, y que al mismo tiempo no les cierre las puertas a sus conciudadanos cuando decidan buscar nuevos rumbos.

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