| 6/26/2013 6:00:00 PM

¡Es la corrupción, estúpido!

La reelección de la presidente Dilma Roussef podría embolatarse si no logra que sus promesas de cambio ‘cuajen’ de aquí a octubre de 2014, cuando se juega su permanencia en el poder.

Los brasileros viven en superlativo el fútbol, la música y el entretenimiento en general. Ahora también las protestas. Por eso, una jornada de rechazo al aumento de 20 centavos en el costo del transporte público, que arrancó el pasado 13 de junio, terminó convertida en una ola de manifestaciones públicas que amenaza la estabilidad política y económica del país.

Los argumentos para protestar son variados: altos impuestos, deficiencia en servicios públicos, de salud y educación, el oneroso gasto en estadios para el Mundial de 2014 y hasta la falta de infraestructura vial.

En el centro de estos reclamos está el fenómeno de la corrupción que por años ha permanecido agazapado en instituciones del gobierno y el Congreso, y cuyo rechazo convocó a millones de brasileros que han salido a protestar a las calles de más de 100 ciudades, clamando por un cambio.

Aunque en solo una década Brasil logró sacar de la pobreza a 40 millones de sus ciudadanos, en 2011 fue la economía que más inversión extranjera recibió en América Latina –US$66.600 millones– y su crecimiento le permitió escalar posiciones hasta convertirse en la sexta economía del mundo, no ha superado los típicos problemas de los países tercermundistas.

La presidente brasileña, Dilma Rousseff, puso el dedo en la llaga al asegurar que “las calles nos están diciendo que el país quiere servicios públicos de calidad, quiere mecanismos más eficientes de combate a la corrupción que aseguren el buen uso del dinero público, que quiere una representación política permeable”.

Por eso el lunes pasado, durante una alocución presidencial, planteó estrategias de choque para responder a los reclamos, anunció un referendo para transformar la política, y “una nueva legislación que califique ese acto doloso –la corrupción– como equivalente a un crimen hediondo, con castigos mucho más severos”.

Y es que la presidente decidió aplicar la premisa de que ‘a grandes males, grandes remedios’ para acallar las protestas que la tienen literalmente ‘contra las cuerdas’ y podrían embolatarle su aspiración a la reelección, en octubre de 2014, a juzgar por la caída en los índices de popularidad, que llegan a 55%.

A esto se suma el difícil momento económico que vive el país, con una inflación anualizada que se acerca peligrosamente a 6% y un mediocre crecimiento para 2013.

El último boletín Focus del Banco Central, que consulta a los analistas económicos y fue publicado el 24 de junio, señala que la proyección de crecimiento para este año es de 2,46%, frente a 2,49% de una semana atrás, cifras que distan mucho del 7,5% de crecimiento que registró Brasil en 2010. El deterioro es evidente tras un 2012 en que la economía brasilera apenas creció 0,9%, afectada por la caída en los precios de los commodities.

Mientras algunos, como la revista The Economist, se preguntan si las protestas serán flor de un día y acabarán cuando termine la Copa Confederaciones que se juega en los estadios de este país, otros afirman que, como muchas cosas en Brasil, el tamaño de las protestas exigirá grandes cambios o, de lo contrario, la estabilidad política de este gigante podría sucumbir. Una amenaza que no hay que desestimar.
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