| 3/2/2017 12:00:00 AM

¿Trump perjudica a sus electores?

El presidente Trump prometió proteger el empleo y la producción de los Estados Unidos. En realidad, podría terminar perjudicándolos.

Algunas de las propuestas del presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, con las cuales consiguió el respaldo de los trabajadores manuales no calificados, al basarse en diagnósticos erróneos, pueden terminar perjudicándolos en lugar de beneficiarlos. Ese es el caso de su proteccionismo extremo, sus restricciones a la inmigración y los obstáculos a la localización de las firmas estadounidenses en el exterior.

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Su explicación de las razones de la pérdida de importancia de la producción y el empleo manufactureros en los Estados Unidos, que justificaría la adopción de medidas proteccionistas, es equivocada. El declive del empleo en la industria manufacturera en ese país, la ampliación de las brechas de ingreso entre los trabajadores no calificados y los calificados, o entre los trabajadores en general y la clase alta, no fueron causados por la liberación de su comercio internacional. Poco tuvieron que ver con ello el Nafta y el ingreso de China a la OMC, como plantea de manera inexacta el presidente Trump. Por el contrario, como explica Brad DeLong, se deben sobre todo al lento incremento de la productividad y de la demanda en ese país.

Por tal motivo, el desempleo y la desigualdad en los Estados Unidos no hubieran sufrido un ensanchamiento mayor como consecuencia de la aprobación del Acuerdo Transpacífico (TPP, por su sigla en inglés). Este, por el contrario, hubiera sido beneficioso para ese país, en la medida en que habría hecho que el resto de los miembros respetaran la propiedad intelectual de las compañías estadounidenses. Esto les hubiera producido mayores ganancias sobre la inversión en investigación y desarrollo, que ya habían recuperado en otros mercados. Con base en ellas hubieran podido incrementar de manera más dinámica la inversión y el empleo en los Estados Unidos.

Como ocurre con frecuencia, lo que la liberación del comercio exterior de los Estados Unidos hizo fue aumentar el ingreso real de sus ciudadanos, por medio de la importación de bienes y servicios más baratos que los producidos allí. Al mismo tiempo, le permitió producir otros en ramas de mayor productividad, en las cuales la economía norteamericana tiene ventaja comparativa, para exportarlos e importar en cambio una mayor cantidad de los que dejó de producir.

Mientras no aumente de manera considerable la productividad de la economía, las medidas prioritarias de Trump –los recortes de impuestos y los aranceles a las importaciones de sus principales socios comerciales–, como la economía está próxima al pleno empleo, tendrán el probable efecto de desmejorar la solvencia pública, incrementar la inflación y desalinear las expectativas, sin elevar de un modo significativo la generación de empleo, reducir la desigualdad del ingreso o acrecentar la remuneración real de los trabajadores no calificados.

Peor aún, en la medida en que la reducción de los impuestos a las personas favorecerá a los segmentos de mayor ingreso, podría contribuir a ampliar la inequidad. Al mismo tiempo, la mayor inflación reduciría el salario real de los trabajadores, entre ellos los no calificados.

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Una inflación más alta, además, conduciría a un incremento de las tasas de interés, tanto de corto como de largo plazo, gracias a lo cual se apreciaría el dólar. Una moneda más fuerte minaría la competitividad de los bienes y los servicios producidos por los Estados Unidos, con lo cual sus exportaciones perderían fuerza como motor de crecimiento y de generación de empleo.

El gobierno del presidente Trump no concibe que el flujo libre de bienes y de factores genera externalidades positivas que mejoran el potencial de expansión de las economías. La inmigración, por ejemplo, contribuye a ampliar la fuerza de trabajo, el capital humano, el acervo de conocimiento y la capacidad de innovación de un país.

El flujo de bienes y servicios también trae incorporados en ellos parte de la tecnología y el conocimiento que los produjo. Por ello, su introducción en los procesos de producción de la economía que los importa puede acelerar el progreso tecnológico y la innovación. En consecuencia, al frenarlos se corre el riesgo de ralentizar el crecimiento de la economía en el largo plazo y, con él, el logro de un mayor bienestar para la población.

Por tal motivo, el Centro para el Progreso Americano estima que una deportación masiva de los 11 millones de trabajadores indocumentados que hay en los Estados Unidos reduciría su PIB 1,4% en el corto plazo y 2,6% en el largo.

El temor de no contar con una amplia participación del talento extranjero, que contribuye a sostener un dinámico ritmo de innovación en el sector de la tecnología –manufactura de semiconductores, equipos de comunicaciones, de cómputo e informática, junto con servicios de consultoría en información y telecomunicaciones– llevó a muchas compañías a oponerse a las medidas contra la inmigración, promulgadas hasta ahora por medio de órdenes ejecutivas del presidente Trump.

Otra rama que podría resultar perjudicada por las restricciones a la inmigración y la represión contra los indocumentados es la de la construcción, porque podría disminuir la oferta y aumentar el costo del trabajo no calificado que utiliza.

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Al desechar el TPP, algunos subsectores agropecuarios perdieron la posibilidad de obtener un acceso privilegiado a los mercados de los 11 países participantes, que incluían a Canadá, Japón y México. Con ello disminuyó su potencial de expansión, por lo cual demandarán menos mano de obra no calificada de lo que hubieran podido.

Por otro lado, impedir que las compañías estadounidenses se localicen en el exterior les imposibilitará reducir sus costos de producción, lo cual perjudicará su competitividad frente a las de otros países, mejor integradas en las cadenas internacionales de valor. De esta manera podrían perder mercados externos y disminuir la demanda por trabajo en los Estados Unidos, sin haber generado una mayor utilización de trabajadores no calificados.

El gobierno del presidente Trump tampoco concibe que unos socios comerciales cuya pobreza disminuye gracias al comercio con los Estados Unidos son, en su propio interés, preferibles a unas contrapartes empobrecidas por la falta de compradores. Algo parecido es válido para el intercambio con China: gracias a él puede convertirse en un amigo, si no en un aliado de los Estados Unidos, en lugar de otro rival.

Quizá la agresividad del presidente Trump en las relaciones internacionales, incluidas las comerciales, se derive de que las entiende de una manera según la cual una parte no puede beneficiarse a menos que perjudique a la otra. En realidad, con un trato respetuoso y equitativo todas las partes pueden resultar beneficiadas. La paradoja es que con medidas unilaterales y excluyentes se corre el riesgo de que el mundo entero, incluido Estados Unidos, pueda resultar perjudicado.

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