| 5/12/2016 12:00:00 AM

La economía mundial está en alerta máxima por el aumento de la deuda

La elevada magnitud de la deuda global es un obstáculo para la actividad económica y puede perturbar la estabilidad macroeconómica y financiera mundial.

¿Cuál es la causa de la lentitud con la que avanza la actividad económica en el mundo? Aunque la respuesta puede tener varios componentes, uno de los factores que está influyendo es la elevada deuda global (286% del PIB), que agrava la debilidad estructural y la desaceleración coyuntural del crecimiento.

En contra de lo previsto, la deuda se incrementó 17% del PIB mundial después de la crisis financiera internacional de finales de la década pasada, por partes iguales en las economías avanzadas y las emergentes, como consecuencia de las políticas adoptadas. En las avanzadas, los gobiernos se endeudaron para financiar los rescates del sector financiero y la expansión fiscal que sostuvo la demanda.

Al mismo tiempo, el relajamiento de la política monetaria en esas economías y el superciclo de las materias primas generaron un flujo de inversión extranjera hacia las emergentes, donde alimentó la profundización del crédito a los hogares y las firmas.

Como explica Nouriel Roubini, profesor de la Universidad de Nueva York, el crecimiento potencial de las economías avanzadas disminuyó por razones estructurales, como el descenso de la población económicamente activa debido al envejecimiento. También cayó por motivos coyunturales, como la erosión del capital humano, originada por el prolongado desempleo, y una menor tasa de inversión, que ralentiza la acumulación de capital y la productividad.

El descenso de la inversión es una consecuencia de la elevada deuda, que constriñe la demanda. Como aclara Laura Tyson, profesora de la Universidad de California, la inversión depende en mayor proporción de las perspectivas de la demanda que de la rentabilidad. Por esta razón, cuando las expectativas de los empresarios sobre la demanda son malas, como ocurre hoy, la inversión se frena.

Aunque la tasa de inversión no se ha resentido en las economías emergentes, existe ese riesgo. En muchas de ellas porque una parte se financia con ahorro externo, que disminuirá por la ralentización de la demanda de materias primas, la baja rentabilidad de producirlas y unos menores flujos de portafolio. En otras, porque se encuentran en recesión, como Rusia y Brasil. Y en China, en particular, porque financió con deuda –en una suma equivalente a una tercera parte del endeudamiento desde la crisis– un exceso de inversión en activos con una baja rentabilidad, que no es suficiente para amortizar las obligaciones contraídas. Por esta razón, 40% del nuevo crédito en ese país se usa ahora para pagar intereses.

En la coyuntura actual, tanto en las economías avanzadas como en las emergentes el crecimiento está debajo de su potencial, en parte como efecto de un exceso de apalancamiento. Al aumentar significativamente sus deudas, los hogares, las firmas y los gobiernos no pueden incrementar la demanda de una manera dinámica, porque su ingreso neto de obligaciones financieras se reduce. En lugar de disminuir, el endeudamiento aumentó en la mayoría de los países analizados en un estudio reciente de McKinsey Global Institute (2015).

Una elevada deuda también incrementa la vulnerabilidad de las economías a los choques abruptos. Como explica Michael Spence, premio Nobel de Economía, las obligaciones sostenibles con bajas tasas de interés, al incrementarlas pueden resultar insostenibles. En ese caso, una alta mora del sector privado materializaría el riesgo de crédito para la banca y afectaría su patrimonio. Por tal motivo, se contraerían los préstamos, se congelarían los mercados financieros y no se podrían rotar las deudas ni financiar la demanda.

De manera similar, una moratoria sobre la deuda pública destruiría la confianza en la solvencia del Estado, lo cual impediría la rotación de las obligaciones y la financiación del gasto gubernamental. La moratoria pública también materializaría el riesgo de mercado para el sistema financiero, con pérdidas que comprometerían su capital. Por otra parte, una elevada deuda de los hogares los expone a un descenso en el precio de los activos, que disminuye su riqueza. Por esta eventualidad, caería su consumo.

De este modo, ante una perturbación fuerte –como un incremento de las tasas de interés y una desvalorización de los activos–, un alto endeudamiento precipitaría una crisis financiera que causaría una recesión. Para evitarlo, las instituciones financieras deben permanecer bien capitalizadas, conservar una abundante liquidez, no exponerse en exceso en los mercados financieros, ni relajar los estándares del crédito.

Cuando en una crisis la mayor parte de la deuda recae en un sector público insolvente, como en Grecia, para servirla hay que buscar crédito multilateral. Para obtenerlo, como explica Mohamed El-Erian, consejero económico de Allianz, es necesario emprender un ajuste fiscal que genere un superávit primario para amortizar la deuda.

Sin embargo, el exceso de austeridad pública, si no hay suficiente demanda privada, genera una depresión que mantiene la carga de la deuda. Si no se puede negociar con éxito su disminución, para reactivar el gasto, entonces de todas maneras la deuda se desvaloriza en los mercados, que pierden credibilidad en el gobierno. Se produce entonces una fuga de capital que devalúa la moneda y desvaloriza los activos.

La desconfianza de los inversionistas y los consumidores postra la demanda, lo cual profundiza la depresión. Entre más tarden los acreedores y el gobierno en negociar una disminución del valor de la deuda, mayor será la duración de la depresión y la pérdida de bienestar.

Por estos peligros, en opinión Robert Skydelsky, profesor de la Universidad de Warwick, no se debe contraer deuda para financiar de forma sistemática el gasto corriente. Por el contrario, debe utilizarse con preferencia para proyectos de inversión que creen activos rentables, cuyos rendimientos la amorticen. Este es el caso de la inversión pública que aumenta el crecimiento potencial, como la que se hace en infraestructura, salud y educación. También se puede recurrir a la deuda en situaciones de emergencia, para financiar una expansión del gasto público que estimule de manera temporal la demanda, pero sin convertirla en un mecanismo permanente.

El estancamiento y la baja inflación en algunas economías avanzadas –como en la Zona del Euro y Japón– dificultan reducir la deuda en términos reales, por lo cual permanece comprimida la demanda. De este modo se genera un círculo vicioso de elevada deuda, escasa demanda, estancamiento y deflación.

Por tal motivo, las economías que acumularon mucha deuda necesitan eliminar rápido, pero sin caos, la parte insostenible para dinamizar la demanda en el corto plazo e incrementar la tasa de inversión y el crecimiento potencial en el mediano plazo. De otro modo, quedarán atrapadas en largos desapalancamientos que prolongan el estancamiento, como advierte Carmen Reinhart, profesora de la Universidad de Harvard. En ese caso, su lento crecimiento no contribuirá a aumentar la actividad económica global ni a dinamizar el comercio internacional.

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