| 2/16/2017 12:00:00 AM

¿Cuándo terminará el amor entre Trump y los mercados financieros?

El triunfo de Donald Trump infló los mercados financieros. Sin embargo, su extremismo mina la confianza. ¿Ocurrirá una turbulencia?

La elección de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos fue bien recibida por los mercados financieros. Sus propuestas de desregulación en algunos sectores estratégicos y de estímulo fiscal generaron un rally de las acciones en las bolsas estadounidenses, por los efectos favorables que podrían tener sobre la actividad económica en ese país. El entusiasmo de los inversionistas llevó sus principales índices a máximos históricos este año.

Sin embargo, la obsesión del presidente Trump con la implementación de sus ideas mercantilistas y en contra de la inmigración hizo que el ánimo de los inversionistas decayera desde la euforia luego de su posesión, a una incipiente preocupación en los últimos días sobre el efecto neto de sus políticas en la actividad económica global y la estabilidad financiera internacional.

La inquietud crece a medida que las órdenes ejecutivas que imparte hacen evidente que los planteamientos extremos sobre las restricciones a la inmigración y el proteccionismo no eran retórica electoral.

La prohibición temporal de la entrada a los ciudadanos de siete países de mayoría musulmana causó un enfrentamiento entre los poderes ejecutivo y jurisdiccional, que es indeseable en una democracia. La medida fue demanda por poderosas compañías del sector de las tecnologías de la información y las telecomunicaciones. El fallo de primera instancia obligó a suspenderla, lo cual motivó unas declaraciones salidas de tono del presidente. El Departamento de Justicia recurrió a una Corte Federal de Apelación que confirmó la sentencia. En consecuencia, es probable que ahora apele ante la Corte Suprema, que dará el veredicto final. Sin embargo, en esta instancia podría ocurrir un empate que mantendría la orden de la Corte de Apelación.

La controversia sobre la prohibición migratoria, por sus implicaciones discriminatorias y el incumplimiento de la libertad de culto consagrada en la Constitución de los Estados Unidos, profundizó la polarización política. En tales circunstancias, se dificulta la cooperación entre los republicanos y los demócratas, crucial para tramitar las iniciativas del Gobierno en el Congreso.

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Por este motivo, no parece fácil lograr un acuerdo sobre los recortes de impuestos ni la financiación del mayor gasto en infraestructura. En estas condiciones, la probabilidad de que su implementación ocurra en 2018 o más allá es mucho mayor de la que tenga lugar en 2017. Esta eventualidad desilusionó a los inversionistas.

Su desencanto fue alentado también por la falta de precisión del Gobierno sobre el momento y la manera como comenzará a implementar el estímulo fiscal y la desregulación. Quizá por ello, la semana pasada el presidente anunció que en una o dos más, dará a conocer los detalles de un recorte “fenomenal” de impuestos para las empresas.

De manera paralela, en la medida en la cual se prevé que el impacto del estímulo fiscal sobre el déficit y la deuda públicos será nocivo para la solvencia del Estado, las tasas de interés de largo plazo se incrementaron. Si es prolongado, este efecto puede desestimular la inversión privada en ese país, con impactos adversos sobre la productividad, el crecimiento y la generación de empleo.

Como la economía está próxima al pleno empleo, surgió la sensación en los mercados de que una buena parte del efecto del estímulo fiscal sobre la demanda generará mayores presiones inflacionarias, en lugar de una expansión de la actividad económica. La implementación de medidas proteccionistas también empujaría los precios al alza, al encarecer los bienes y los servicios importados. Por tanto, los operadores conjeturan que la Reserva Federal se vería obligada a apurar el cronograma de incremento de su meta para la tasa de interés sobre los fondos federales, razón por la cual aumentarían las tasas de interés de corto plazo.

Las perspectivas de mayores tasas de interés en los Estados Unidos fortalecieron su moneda. En consecuencia, como argumenta Nouriel Roubini, la apreciación del dólar podría desmejorar en el mediano plazo la competitividad de los bienes y los servicios producidos en ese país, con repercusiones desfavorables sobre su actividad económica y el desempleo, sin contribuir tampoco a estrechar el déficit comercial.

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El proteccionismo extremo propuesto durante la campaña podría causar guerras comerciales que disminuirían el volumen del intercambio mundial, lo cual le restaría dinamismo a la actividad económica global. Por tal motivo, no cayeron bien en los mercados las acusaciones del presidente Trump sobre una supuesta manipulación de las tasas de cambio por parte del Banco Popular Chino y del Banco Central Europeo, que tendrían el propósito de favorecer la competitividad de sus exportaciones a los Estados Unidos. Semejantes imputaciones resultan preocupantes, porque pueden ser el pretexto para imponer sanciones comerciales a China y a la Unión Europea, lo cual podría desencadenar una guerra comercial y de monedas.

Si se impone el aislacionismo en las relaciones internacionales, que se entrevé en los planteamientos de la campaña y en algunos pronunciamientos posteriores, el desinterés de los Estados Unidos por lo que sucede en otras regiones generaría inestabilidad geopolítica alrededor del mundo, lo cual en el mediano plazo desestabilizaría también los mercados financieros y perturbaría la actividad económica global.

Las pequeñas economías abiertas podrían también resultar perjudicadas por el proteccionismo y el unilateralismo de los Estados Unidos. Como explica Mohamed El-Erian, sus relaciones comerciales y los tratados de los cuales dependen pueden tornarse inestables. Al mismo tiempo, su voz en las discusiones de las políticas globales podría perder resonancia. Las instituciones multilaterales se podrían debilitar y perder influencia, con lo cual se podría socavar el marco institucional de reglas bien establecidas y predecibles, construido desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Ello no contribuiría a mantener la estabilidad financiera internacional ni a prevenir guerras comerciales.

Por último, como plantea el presidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi, la desregulación del sector financiero en los Estados Unidos podría sembrar las semillas de otra crisis. Una regulación permisiva y una postura monetaria durante un periodo muy prolongado condujeron a los intermediarios financieros a crear activos muy riesgosos y a los inversionistas a tomar posiciones muy arriesgadas en ellos. Cuando subieron las tasas de interés, esos activos se depreciaron de una manera pronunciada, por lo cual disminuyó su patrimonio y se paralizó el crédito. En consecuencia, relajar esa regulación –que, entre otras medidas, incrementó los requerimientos de capital para los intermediarios–, amenazaría la estabilidad financiera internacional.

Tal parece que la temeridad, la irritabilidad y la impredecibilidad de las reacciones del presidente Trump están minando la credibilidad de los inversionistas en sus promesas. Si no se restablece la confianza con anuncios creíbles, los mercados financieros internacionales podrían desinflarse, con lo cual ocurrirían una pérdida de riqueza, que podría desalentar la actividad económica mundial, junto con una menor tolerancia al riesgo, que encarecería la financiación global.

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