| 2/5/2015 3:25:00 PM

Sin municiones

Las autoridades brasileras no tienen cómo responder a una de las peores crisis de los últimos tiempos sin complicar aún más la situación. Este es el panorama.

Todos los problemas llegaron al tiempo. Una sequía histórica, menores perspectivas de crecimiento, presiones inflacionarias y un creciente malestar social. Así está el panorama del segundo periodo de la presidente brasileña Dilma Rousseff.

En primera instancia, los brasileros han estado “secos” en los últimos meses, pues se les ha atravesado la mayor sequía en 80 años. Este hecho ya generó cortes de energía en 10 estados del país porque, además de la falta de agua, se ha registrado una oleada de calor que hace aumentar la demanda por energía eléctrica.

Para la primera semana de febrero, el mayor embalse de agua de Sao Paulo estaba a 5% de su capacidad y se espera que en abril llegue a 0%. Esto ha hecho necesaria la compra de energía eléctrica a Argentina y ha puesto en entredicho la capacidad de garantizar la seguridad alimentaria brasilera. José Graziano, director general de la FAO, sugirió que es necesario ampliar los stocks de alimentos y privilegiar otro tipo de cultivos.

El tamaño de la crisis es tan grande que están comprometidas las importantes regiones metropolitanas brasileras de Belo Horizonte, Campinas, Recife, Rio de Janeiro y Sao Paulo, que sumadas albergan cerca de 50 millones de habitantes, por encima de la población colombiana.

Por si fuera poco, las perspectivas económicas no son las mejores. El Fondo Monetario Internacional (FMI) estima un crecimiento de la economía brasilera de 0,1% en 2014 y de 0,3% y 1,5% en los dos años posteriores.

No parará la inflación

La falta de agua y la menor oferta de alimentos hacen pensar que los precios seguirán desbordándose. Hasta ahora, el Banco Central de Brasil ha definido una meta anual de 4,5%, con un margen de tolerancia entre 2,5% y 6,5%. Aunque la misma entidad señaló en el último comunicado de prensa que espera para 2015 que la cuenta de luz aumente en 27,6% y el precio de la gasolina en 8%.

Adicionalmente, un estudio del Banco Central de Brasil concluyó que los países que organizan algún megaevento deportivo (Olímpicos o Mundial de Fútbol) registran elevadas tasas de inflación desde dos años antes del evento hasta que este termina. Este hecho es generado por mayores expectativas de los brasileros, pues esperan mejores ingresos por la realización de los próximos Olímpicos, precios como el del metro cuadrado para construcciones tienden a incrementarse, aumentando así otros valores de la economía. Según este estudio, el impacto acumulado de los próximos Olímpicos llegaría a un valor máximo de 3,52% en 2015, que se sumaría a la inflación actual de 6,41%.

En este contexto, la administración Rousseff requiere hacer ajustes para enderezar el rumbo. Sin embargo, enfrenta problemas no menores. De una parte, el banco central no tiene espacio para estimular la economía con reducciones de tasas, dado el creciente problema inflacionario. De hecho, en la reunión del pasado 21 de enero las aumentó en 50 puntos básicos. De otra, la sociedad brasilera está dividida y el apoyo popular que recibió la presidente en las pasadas elecciones llegó a 51,6% de los electores, frente a un 48,5% de su rival, siendo la menor diferencia desde la década de los ochenta.

Las reformas que el gobierno brasilero impulsa son impopulares. El aumento de los impuestos sobre la gasolina y bienes importados, de la mano de nuevos requisitos para acceder al seguro de desempleo, son controversiales en el Congreso de ese país, en donde Dilma Rousseff acaba de recibir un fuerte revés, debido al nombramiento del líder opositor Eduardo Cunha como presidente de la Cámara de Diputados.

La suma de estas vicisitudes, con un entorno político complejo, acrecientan el ya exacerbado malestar social. De la vía que Brasil escoja para sortear estos obstáculos depende su futuro.
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