| 5/31/1998 12:00:00 AM

Nueva Economía y pesimismo

Hay que tener cuidado con las profecías pesimistas autocumplidas.

¿Qué deberían deducir los hombres de negocios y los inversionistas acerca de la economía estadounidense? ¿Tienen razón los pesimistas cuando ven una burbuja que está creciendo peligrosamente? ¿O tienen razón los optimistas cuando hablan de una Nueva Economía, NE, que puede crecer sin el peligro de la inflación y además puede soportar precios más altos de los activos?



Si la Nueva Economía existe, no hay ninguna razón para temer un recalentamiento, y Alan Greenspan y sus colegas de la Reserva Federal de Estados Unidos (el "Fed") no deberían ajustar el crédito en el corto plazo para ahuyentar la inflación o fortalecer el dólar. El crecimiento sin inflación continuaría siendo la característica principal de la economía estadounidense.



Los que están a favor de la NE (casi todos empresarios y economistas del lado de la oferta) sostienen que la globalización, las reformas orientadas a la economía de mercado y la revolución tecnológica han producido mayor competencia en los mercados y un enorme (y subestimado) salto en la productividad. Si esto es correcto, la economía puede crecer al menos un 1% más rápido que antes sin incurrir en inflación.



Aquellos que están en contra de la Nueva Economía (casi todos los demás economistas) afirman que sólo se trata de un fenómeno transitorio. Si bien aceptan que las economías que tienen políticas adecuadas pueden generar mayores niveles de empleo sin disparar la inflación, sostienen que el crecimiento del empleo sin inflación está llegando a sus límites: los salarios pronto empezarán a crecer más rápido que la productividad. Y esto generará inflación, según su razonamiento.



Dentro del grupo de los economistas, la visión crítica respecto de la Nueva Economía es la posición predominante. La mayoría de los pronosticadores económicos tampoco creen en el paradigma de la NE. Los pronósticos para 1998 predecían un crecimiento más alto acompañado de mayor inflación, pero lo ocurrido en la mayoría de los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico, OCDE, probó que ello no era correcto. La realidad fue mucho mejor que las pesimistas profecías de 1997 y lo mismo parece estar ocurriendo en 1998.



Como en cualquier debate económico, ningún lado tiene toda la verdad. Si bien es cierto que hoy las economías pueden crecer más sin tener que caer en la inflación, también es verdad que los precios de los activos no pueden aumentar indefinidamente. De hecho, la NE puede convertirse en un fenómeno meramente transitorio, si no se aplican las políticas adecuadas.



¿Y cuáles son esas políticas adecuadas? Esta es la típica pregunta en mis reuniones con empresarios. Mi respuesta es que hay tres formas posibles de fortalecer y prolongar la Nueva Economía.



La primera consistiría en permitir la libre migración internacional, para frenar la presión al aumento de los salarios mediante el libre movimiento de los trabajadores. Desafortunadamente, esto no es aceptable para la mayoría de los actuales gobiernos.



En segundo lugar, se debería imitar lo ocurrido en Nueva Zelanda, Gran Bretaña, Estados Unidos, Chile e incluso Argentina, países que han tenido un importante crecimiento y en los cuales se ha combatido la inflación. ¿Cómo lo hicieron? Desregulando, privatizando, abriendo sus economías y flexibilizando sus mercados laborales. Estas reformas requieren un fuerte liderazgo político, ya que provocan consecuencias negativas en el corto plazo, pero los beneficios que traen en el largo plazo hacen que valgan la pena.



La tercera vía es adoptar una política monetaria menos restrictiva, acompañada por políticas fiscales más austeras, destinadas a lograr el equilibrio en las cuentas públicas.



No es incidental el hecho de que Europa, con sus mercados laborales más rígidos, y Japón, con su falta de flexibilidad, estén más atrasados en su ingreso hacia una Nueva Economía.



La combinación de las tres políticas citadas garantizaría que, una vez lograda la estabilidad, el motor de crecimiento se encendiera y los empresarios se vieran obligados a invertir continuamente para poder competir en los mercados internacionales.



Bajo las actuales condiciones, sería importante no repetir los errores del pasado, cuando el Fed subió excesivamente las tasas de interés. Esto demoró la recuperación de los países de la OCDE y contribuyó a desatar la crisis mexicana.



Hoy, con Asia y Rusia luchando por su supervivencia, y Japón intentando en vano revivir su economía, me parece más riesgoso negar la existencia de una Nueva Economía que confiar en su levemente exagerado optimismo. Dicho de otra manera, el pesimismo muchas veces trae consigo malos resultados.
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