| 6/3/1999 12:00:00 AM

Las leyes antinegocios

A veces, por buscar reglas iguales para todos, se frena la competencia y la creatividad empresarial.

Mientras la gigantesca Microsoft es acusada de comportamiento monopólico y en distintos sectores de negocios abundan las compras y fusiones, crece en el mundo el interés político por las medidas antimonopólicas. Pero se debe tener mucho cuidado, si no se quiere que estas políticas caigan presas de inclinaciones populistas y terminen siendo antiempresariales.



En 1998, las fusiones en el mundo alcanzaron los US$2,4 billones, 50% más que en 1997, que había sido hasta entonces un año récord. Muchos temen que la creciente concentración económica deje a los consumidores a la merced de unas pocas corporaciones globales, y no sólo en los países desarrollados. Lejos de las casas matrices de inmensas corporaciones, Chile y Argentina deben decidir sobre fusiones que amenazan la competencia en sectores cruciales de sus economías. Una empresa española, Enersis, realizó una oferta de compra a Endesa Chile, un conglomerado que se dedica a la generación de energía eléctrica. La Comisión Antimonopólica inicialmente frenó la operación, arguyendo que induciría a una integración vertical y concentración en el sector eléctrico chileno, aunque finalmente dio su autorización y la operación fue llevada a cabo.



En Argentina, YPF, la compañía petrolera recientemente privatizada que ya domina el mercado doméstico, recibió una oferta de Repsol, una corporación española que opera otras firmas petroleras en Argentina. En principio, el gobierno ya se mostró favorable y la fusión parece sólo depender de la decisión final de los accionistas de YPF.



Estas preocupaciones respecto de monopolios son relativamente nuevas en los países emergentes. ¿A quiénes deberían recurrir en busca de ayuda y dirección para implementar políticas de defensa de la competencia?



El problema de las políticas antimonopólicas está en la manera de implementarlas. En primer lugar, es cierto que estas políticas favorecerían una mayor competencia en un mercado dado, pero lo harían en detrimento de la innovación. Las políticas antimonopólicas fueron utilizadas muy frecuentemente en los sectores más innovadores (petróleo a comienzos del siglo, telecomunicaciones en los 70 y software hoy en día) en los cuales los altos costos de inversión inicial llevaban a estructuras monopólicas u oligopólicas. Así ocurrió con IBM en los 60 y así ocurre con Microsoft hoy en día. Pero si estas empresas innovadoras no esperaran ciertas rentas monopólicas temporales para recuperar su inversión inicial, perderían los incentivos para llevar a cabo investigación y desarrollo en las áreas de tecnología más avanzada.



En segundo lugar, los diseñadores de política confunden la mera existencia de concentración económica (generalmente medida como el porcentaje del mercado ganado por la empresa) como una prueba irrefutable de la existencia de una amenaza de largo plazo a la competencia. Pero como lo demuestran los casos de Apple, IBM o Beta de Sony, las estrategias empleadas para mantener un poder monopólico (por ejemplo, hacer que el producto sea solamente compatible con productos de la misma marca) o subir los precios una vez que se puede disfrutar del monopolio, no funcionan en el mediano o largo plazo. Inmediatamente aparecen nuevos competidores (Microsoft, computadoras compatibles y VHS) que ofrecen productos más compatibles con sistemas diversos y a precios más bajos.



Los monopolios nacidos de la innovación existen, pero no duran mucho tiempo. Los altos márgenes de ganancias siempre atraen compañías. Cuando una empresa consigue una posición monopólica con grandes utilidades, muchos comienzan a elucubrar ingeniosas maneras de conseguir una parte de esas rentas. En otras palabras, el mercado bien puede proveer una solución mejor que las políticas antimonopólicas.



En el comercio internacional, muchas prácticas comerciales son castigadas por ser catalogadas como comportamiento desleal, aún cuando puedan ser un comportamiento legítimo en el mundo de los negocios. Por ejemplo, las leyes antidumping. El simple hecho de que una empresa esté vendiendo su producto en un mercado extranjero más barato que el precio de su mercado doméstico, y que alguna empresa local demuestre que eso la perjudica, es suficiente para darle el derecho al país importador de imponer una protección antidumping. Sin embargo, existen muy pocos casos en los que el dumping es realizado con el objetivo de eliminar la competencia en el país importador. La manera en que se implementan las políticas antidumping hoy en día no es más que una barrera al comercio para-arancelaria disfrazada, a pesar de lo cual cuenta con la total bendición de la Organización Mundial del Comercio.



Un problema adicional de las políticas antimonopólicas y antidumping es que muchas veces permiten la arbitrariedad de los gobiernos. En un mundo crecientemente integrado, estas prácticas arbitrarias provocan la necesidad de crear una política de defensa de la competencia global que investigue y castigue las prácticas desleales, pero sólo en el pequeño número de casos en los que los mercados no pueden realizar el trabajo por sí solos.



Lo peor de las políticas antidumping y antimonopólicas es que, por el bien de unas reglas parejas de juego para todos, se retarde la competencia y la innovación. En este mundo dinámico, los cambios tecnológicos, la competencia y la innovación son los que lideran el crecimiento. Cualquier política que intente frenar uno en favor del otro debería ser evaluada cuidadosamente y sin la influencia de ningún gobierno.



Las políticas antimonopólicas deberían ser tratadas en un ámbito global. Lo que la justicia de Estados Unidos decida respecto de Microsoft no sólo afectará al mercado estadounidense, sino al mundo entero. Es importante que la próxima ronda de negociaciones comerciales multilaterales trate el tema de la creación de una agencia especial de la OMC encargada de diseñar una política de defensa de la competencia a escala global.
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