| 3/18/2005 12:00:00 AM

Negociar para ganar más

Negociar para ganar más

La incapacidad de las mujeres para negociar y el desconocimiento del valor de su tiempo y su trabajo explican buena parte de las diferencias salariales entre hombres y mujeres.

Las mujeres no negocian sus salarios, se conforman con lo que les paguen y no buscan nuevas oportunidades. Estas son algunas de las conclusiones a las que ha llegado Linda C. Babcock, PhD en economía y profesora del H. John Heinz III School of Public Policy and Management en la Universidad de Carnegie Mellon, Pittsburgh, en varios estudios. El trabajo de investigación de la doctora Babcock se ha concentrado en el estudio de género y su comportamiento en el mercado laboral. Es autora de innumerables artículos relacionados con estos temas, y en octubre de 2003 publicó el libro "Women don't ask: negotiation and the gender divide", junto con Sara Laschever, que busca llamar la atención sobre las razones del comportamiento de las mujeres en el mercado laboral, así como los costos para las mujeres y la sociedad de las diferencias salariales entre hombres y mujeres.

En su libro, Linda argumenta que parte de las diferencias salariales entre hombres y mujeres se debe a que la mujer no negocia su salario, sino que se conforma con lo que le paguen. "La mujer percibe que las circunstancias son más fijas y absolutas -menos negociables- de lo que realmente son. También percibe que algo o alguien diferente a ella controla su vida. Esta suposición, resultado de las influencias sociales, empieza a calar desde el día en que la mujer nace y tiene un gran impacto en su comportamiento a lo largo de su vida".

Básicamente, la autora describe a la mujer como una persona pasiva que, en lugar de buscar la manera de cambiar o mejorar una situación difícil, supone que las circunstancias están dadas y que no hay nada qué hacer. En lugar de hablar de sus logros y recibir reconocimiento por ellos, espera que le sean reconocidos a punta de trabajo duro. En vez de buscar e interesarse por las nuevas oportunidades que se presentan, se queda esperando a que alguien la invite a formar parte de la oportunidad. La mujer espera, además, que la vida sea justa y, a pesar de la realidad dramática que muestra lo contrario, sigue esperando que así sea.

Pero las mujeres no actúan de esta manera porque quieran, sino porque perciben que hay algún factor o persona externa que controla sus vidas, en tanto que los hombres perciben que son ellos quienes tienen el control y actúan para hacer que las cosas sucedan. La investigación explica este comportamiento -que se replica en todos los países- por el hecho de que hasta hace poco los hombres controlaban todo. De hecho, según la autora, los hombres todavía controlan el ambiente económico y político en que viven las mujeres, a pesar de que ellas representan el 50% de la población. Esto se ve en la participación de mujeres en juntas directivas, presidencias o vicepresidencias de países, en las Cortes, etc.

La falta de control de las mujeres en lo político y en lo económico se traduce a su vez en la percepción que los adultos tienen acerca de quién controla, lo cual termina influyendo en las creencias con que crecen los niños. Las investigaciones muestran que a los 6 años de edad, un niño ya sabe cómo es el comportamiento de cada género. No solo cree que así es, sino que así debería ser. Por ejemplo, el hecho de que el hombre sea quien generalmente maneja el carro cuando está con su mujer o que la mujer siempre sea la que sirva la comida y atienda a su familia en la mesa, mientras que el marido se queda sentado, transmiten modelos de comportamiento con los cuales los niños se identifican y terminan replicando. Estas experiencias les enseñan a los niños que pueden controlar su vida, mientras que a las niñas les hacen creer que su destino es regido por otros.

Otro ejemplo de estos condicionamientos sociales se puede ver en la experiencia de la firma Deloitte and Touche en Estados Unidos. Preocupados por el bajo porcentaje de mujeres que llegaban a socias de la firma, decidieron analizar qué pasaba y se dieron cuenta de que las mujeres que ingresaban a trabajar se retiraban pronto porque encontraban que ese ambiente de trabajo no era adecuado. Entre las razones de esta situación, descubrieron que los hombres eran evaluados sobre su potencial, en tanto que las mujeres lo eran sobre su desempeño, lo que llevaba a que los hombres fueran promovidos más rápido que las mujeres. También se dieron cuenta de que los trabajos se asignaban bajo el supuesto de que las mujeres no podían o no querían hacerlo, sin ni siquiera preguntarles. Corrigieron la situación, flexibilizaron los sistemas de trabajo para hombres y mujeres y para 2000, el número de socios mujeres se había triplicado al pasar de 5% a 14% en 9 años y se habían ahorrado US$250.000 en entrenamiento de personal.

Las mujeres no negocian y aceptan lo que se les pague porque a lo largo de la historia no se le ha dado valor al trabajo femenino. Cuando una mujer se dedica a criar a sus hijos, a pesar del valor que esto tiene en términos de construcción de capital humano, se dice que no hace nada. Por la falta de reconocimiento del valor de su trabajo, las mujeres ingresan al mercado laboral sin saber cómo evaluar su tiempo y sus capacidades en términos económicos. En la casa, por ejemplo, cada vez que a una niña se le dice que ayude a recoger los platos, lavarlos o cuidar a sus hermanos no se le paga. Al niño, por el contrario, cuando se le pide que haga trabajos más esporádicos como lavar el carro o cortar el pasto siempre se le paga.

Las diferencias salariales entre hombres y mujeres y sobre todo el hecho de que a la mujer no se le remunere de acuerdo con el valor de su trabajo tiene repercusiones serias no solo para la mujer sino para la sociedad.

Desde la perspectiva de la mujer, no valorarse a sí misma y ser subvalorada por la sociedad puede afectar su salud. Es bien conocida la relación entre una alta autoestima y la buena salud psicológica. La baja estima lleva a la depresión. De igual forma, una mala remuneración lleva a que la mujer reciba menores beneficios sociales de los que debería pues están atados al salario. En la vejez siempre están en peores circunstancias que los hombres.
Publicidad

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.