| 12/7/2006 12:00:00 AM

Edificios más altos

Algo no encaja en la sociedad contemporánea. La gente gana más dinero que nunca, pero esto no la hace más feliz. El dinero y la felicidad son toda una paradoja. ¿Por qué, aunque crecen nuestros ingresos, no somos más felices?

Ya es momento de tomar en serio la felicidad. "Compramos más, pero disfrutamos menos. Tenemos casas más amplias, pero familias más estrechas. Le hemos sumado años a la vida y no vida a los años. Construimos edificios más altos, pero templos más pequeños", son algunos apartes de un hermoso texto del líder espiritual indio Sathya Sai Baba. Y es que sentirnos bien con nosotros mismos, lo que tenemos y vamos logrando no es tema para dejar en segundo plano. Por esto, el reciente libro Happiness. Lessons from a new science (Felicidad. Lecciones de una nueva ciencia, Taurus), del prestigioso economista Richard Layard, del London School of Economics, captó nuestra atención. Según este autor, los países desarrollados —sobre todo Estados Unidos e Inglaterra— han logrado en los últimos 50 años duplicar su nivel de ingresos al tiempo que las mediciones de felicidad revelan una realidad oscura: la gente es más infeliz. Además, Layard expone que esta problemática no afecta solo a los ricos, sucede incluso en países en desarrollo como Colombia en donde también han crecido los ingresos, al parecer sin mayor impacto en nuestra felicidad. ¿Qué está pasando?

Egoísmo
"La verdad es que la gente es más feliz, si siente un interés genuino en los demás y es agradecida por lo que tiene. Todo el deterioro en la felicidad se explica, de una u otra forma, en la pérdida de un sentido de fraternidad entre humanos", plantea Layard. De allí el valor de prestar atención cada vez que esa voz interna le recuerda: ¡la vida no es solo dinero! Esta frase popular, como muchas otras, es respaldada por estudios empíricos. Las investigaciones internacionales en las que se basa este libro ponen al descubierto dos crudas realidades sobre el dinero. Primero. La gente valora sus ingresos en forma relativa, es decir, cuando los compara con lo que tiene el de al lado. Segundo. Las personas se acostumbran asombrosamente rápido a lo que tienen. Una mejora en sus ingresos en muy corto tiempo se convierte en algo normal.

En un estudio de la Universidad de Harvard les plantearon a los estudiantes dos escenarios. En el primero, ellos ganaban US$50 y la sociedad en general US$25. En el segundo, su sueldo era US$100 mientras que el del resto US$200. Puede sorprenderle, pero el 70% de los estudiantes prefirió el primer mundo. Usted podría decir, ¡es demasiada envidia preferir ganar la mitad para estar mejor que el resto! Pues al parecer así funciona la sociedad. Piense en la siguiente imagen de caricatura: un empleado que al ver que no logró un aumento de sueldo pide que por lo menos le bajen el de su compañero. "Tal vez por ello se dice que rico no es el que mucho tiene, sino el que poco necesita. La capacidad de ser feliz es directamente proporcional al nivel de riqueza interna", explica el profesor y consultor Alberto Merlano.

En el libro Ansiedad por el status, el autor suizo Alain de Botton explica que es posible que hoy estemos menos satisfechos con nuestros ingresos que, por ejemplo, en la era feudal porque entonces, con excepción del señor feudal facultado por un poder supremo, el nivel de vida no era tan desigual. "Cuando un grupo de la sociedad mejora ampliamente sus ingresos, las expectativas de los otros crecen y de allí la infelicidad contemporánea", plantea Botton. Estos comentarios tienen todo el sentido. Es humano compararnos con lo que tiene el vecino, el salario del cuñado, el del mejor amigo o incluso el de nuestros propios hermanos. Triste realidad. No somos menos felices por lo que tenemos, sino por lo que tienen otros. He aquí una gran paradoja sobre el dinero que plantea Layard: "Cuando la gente se hace más rica que los demás, esto la hace feliz. Sin embargo, cuando es toda la sociedad la que mejora, no hay mayor impacto en la felicidad general".

Codicia
Por otra parte, tener más no soluciona ningún problema. "El dinero se convierte en una adicción, como la droga o el alcohol", plantea Layard. Distintos estudios muestran que los seres humanos nos habituamos demasiado rápido a nuestras posesiones. "Un BMW al comienzo le puede generar la mayor felicidad, pero en corto tiempo le parecerá algo normal", sostiene el autor. Por esto, Richard Layard es tan crítico con la visión clásica de los economistas de entender el desarrollo social, sobre todo en términos del crecimiento económico. "Solo el aumento del producto interno bruto no se puede ver como una mejora en el bienestar de la gente", expresa el autor. Todo lo contrario, esta ansiedad inagotable de la gente por tener más la lleva a trabajar sin descanso. "Nos acostamos más tarde y nos levantamos más cansados", expresó Sathya Sai Baba.

Por ejemplo, es cierto que el nivel de ingresos en Estados Unidos es mucho mayor al de cualquier otro país, pero así mismo tiene el mayor promedio de horas trabajadas de sus habitantes por año, recalca Layard. Es evidente que la gente no está mejor solo con tener más. Por esto, Layard plantea que los economistas deberían reformular su pensamiento convencional, en el cual gracias al "egoísmo del panadero" se genera el bien común (Adam Smith, La riqueza de las Naciones, 1776). En cambio, promueve un esquema más solidario y humano en el que identifica las mayores oportunidades para incrementar los niveles de felicidad. "Los economistas, reyes en la formulación de políticas públicas, tienen mucho por aprender de los psicólogos".

Ansiedad
En psicología se da el debate de si la felicidad es un concepto personal que se pueda ampliar a una esfera común. Según este autor, entre otros, es posible pensar en estos términos. "Felicidad es simplemente sentirnos bien y disfrutar la vida. E infelicidad, esa sensación de querer que las cosas cambien", apunta Layard. De hecho, hoy sabemos que es posible monitorear estos sentimientos en el cerebro; el lado izquierdo responde a estímulos felices y el derecho lo opuesto. Incluso, es factible medir etapas de felicidad en la vida de las personas en determinados períodos. Si no hubiera cierto sentido de felicidad compartida, ¿cómo explicaríamos entonces el aumento radical en los niveles de violencia, alcoholismo, depresión y suicidios a escala global? ¿No es sospechoso cómo crecen cada año los casos de niños asesinos en las escuelas estadounidenses?

No podemos desconocer esta realidad. Encuestas internacionales evidencian que las personas se ven afectadas más por la depresión que por la misma pobreza. "La depresión es un problema de ricos y pobres por igual. Es un conjunto de pensamientos negativos que hacen insoportable la vida", dice Layard. Siendo este cáncer de la sociedad un aspecto que se puede tratar, es sorprendente cómo en los presupuestos nacionales suele quedar relegado al mínimo, digamos si comparamos con aspectos relacionados con la pobreza. Entonces, si el dinero no nos hace más felices, ¿qué? ?

Individualismo
El hombre piensa cada vez más en sí mismo. Así como el panadero. Richard Layard investigó y valoró en distintos países los aspectos que generan felicidad para las personas. He aquí su descubrimiento más valioso: "En los factores de felicidad, los que más se han deteriorado se relacionan con la calidad de nuestras relaciones", reporta. En general, los seres humanos siempre preferiremos sentirnos acompañados. En su orden, los 7 aspectos que para Layard explican la felicidad de la gente son las relaciones familiares, la situación financiera, el trabajo, la comunidad y los amigos, la salud, la libertad personal y los valores. Nótese cómo los ingresos son solo uno de los colores que imprimen el arco iris de los sentimientos humanos. Es posible que hayamos crecido en este aspecto a costa de los demás.

De todas las razones y propósitos en la vida, nuestra familia es la mayor fuente de felicidad. "Está comprobado, la gente que se casa es más feliz", asegura el autor. Los estudios muestran que en los años antes del matrimonio la felicidad crece y llega al punto máximo en el primer año. Luego cae, pero se mantiene por encima de cuando se era soltero. "Las razones son fáciles de explicar. El amor es salud. En un matrimonio, la gente es más sana y vive más años. Hay beneficios económicos y metas comunes", afirma. Por otra parte, el divorcio funciona en sentido contrario. El primer año también es el más difícil. Pocas cosas destruyen más felicidad que los divorcios en un país. Cuando se comparan las tasas de divorcio en una gráfica contra los países menos felices la correlación es muy alta.

Amor
Está demostrado que los jóvenes de familias divorciadas son más propensos al alcohol, la depresión y a no terminar los estudios. Peor son los indicadores en familias llenas de guerras y dolor. Muestra contundente de cómo la inestabilidad en la familia perjudica nuestra felicidad. El trabajo es otra importante fuente de satisfacción. "Los economistas suelen calcular los costos en ingresos del desempleo, pero no tienen en cuenta el inmenso dolor que ocasiona a la gente no sentirse útil. Todos tenemos cierta necesidad de trascendencia. Las etapas de desempleo quedan marcadas como llagas en la vida de la gente", expone Layard. También, por supuesto, las relaciones en las empresas son fundamentales. Olga Lucía Huertas, coordinadora del área de organizaciones y trabajo de la Universidad Javeriana, sustenta la tesis que las empresas colombianas han perdido el sentido paternalista que las caracterizaba en un mercado cada vez más competido. "La mayoría de las personas con las que trabajamos y que tienen oficios mecánicos no se han visto favorecidas por la flexibilidad y la promesa contemporánea del desarrollo", dice Olga Lucía.

Las relaciones entre humanos son cada vez más limitadas por el avance de la tecnología. Desde el lanzamiento de la televisión, el número de agrupaciones y sociedades temáticas ha caído dramáticamente en el mundo. En promedio, un niño pasa más de 4 horas diarias viendo televisión. "El problema con la televisión no es que informe poco. Sino que informa mucho", dice Fernando Savater, en su reconocido ensayo sobre educación. "La televisión aumenta nuestras expectativas. De allí que la gente haya dejado de ser feliz con su belleza y lo que tiene", argumenta Layard. Según esto, la publicidad, maestra en utilizar nuestras aspiraciones para vender más, puede estar afectando negativamente los sentimientos.

Fe
La creciente desconfianza entre humanos es otro aspecto que ha afectado los niveles de felicidad. Los reportes muestran que solo algunos países europeos quedan bien librados frente a la pregunta ¿ confía usted en la gente de su país? Richard Layard entiende una fuerte relación entre valores y felicidad. Respecto a los valores religiosos, Layard realiza un interesante descubrimiento: la gente que cree en Dios tiende a ser más feliz. Seguridad es la palabra clave. Tema fundamental para el país. En palabras del autor, no hace falta mencionar los impactos de la guerra destruyendo la felicidad de cualquier país.

¡Las mejores sociedades son las más felices!, expresó el filósofo Jeremy Bentham. Una idea provocativa para reflexionar como sociedad y en nuestras empresas. En lo personal, en este fin de año, tome un tiempo y evalúe si sus metas profesionales y lo que va alcanzando realmente le está permitiendo sentirse mejor. Trate de poner en práctica los mensajes de Sathya Sai Baba: "la felicidad es un trayecto, no un destino. Trabaja como si no necesitaras dinero. Ama como si nunca tu hubieran herido, y baila como si no te estuvieran viendo".
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