| 8/12/1999 12:00:00 AM

Paradojas inversoras

Si todo el financiamiento externo hubiera sido utilizado para inversión productiva, hoy nuestras empresas no tendrían una crisis de deuda.

La inversión privada sigue su rápido descenso. De terminar el año al ritmo de deterioro del primer semestre, la formación de capital distinta del sector público --como indica la gráfica-- no alcanzaría el 8% del PIB, la cifra más baja de muchísimos años.



A veces, los cambios del esfuerzo inversor se asocian con cambios en el financiamiento externo. El boom inversor del primer quinquenio de los 90 coincidió con unos enormes flujos de recursos externos, especialmente endeudamiento. Y la contracción reciente coincide con menores flujos externos.



Pero la asociación no siempre ocurre. En el último quinquenio, los enormes flujos de financiamiento externo no resultaron asociados con mayor inversión sino con menor ahorro interno. Los recursos externos se utilizaron principalmente no para nuevas inversiones, sino para financiar el cambio de manos de muchos activos, tanto en el sector público como en el privado. La deuda externa y mucha de la inversión extranjera dejaron de estar respaldadas en la capacidad de generación de nuevo ingreso. Por ello, el peso de la deuda externa se ha vuelto tan difícil de sobrellevar para algunos empresarios.



Para estimular la inversión privada en el nuevo siglo, el país va a tener que pensar en menos financiamiento externo y en más ahorro derivado de nuevas actividades exportadoras. Hacia ese fin tiene que dirigirse dinámicamente la tasa de cambio y no para que, mediante subsidios cambiarios, quienes financiaron con recursos externos la toma de activos le trasladen sus costos al resto de la población. Y con su poder de presión sigan impidiendo que las autoridades monetarias alcancen tasas de cambio verdaderamente sostenibles.
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