| 10/1/1997 12:00:00 AM

Campeón en impuestos empresariales

"Los dirigentes políticos jóvenes, que disfrutaron la promoción automática en la primaria o en los ministerios, confunden la de las empresas colombianas: ven como vacas de ordeño lo que en realidad son gallinitas de huevos de oro".

A los observadores internacionales les sorprende lo parroquial de las discusiones económicas en Colombia. Nuestros macroeconomistas, embelesados en defender o atacar a Keynes -muerto hace muchos años- han llegado a un consenso: el déficit fiscal es todo lo que importa. Han adoptado así un nuevo mantra: "el logro de un déficit igual a cero podría resolver todos los problemas" (inflación, falta de inversión privada, subvaluación del cambio.). Esta obsesión contable, sin embargo, ha evitado la atención sobre lo que la teoría fiscal moderna destaca por su importancia para el crecimiento económico: la calidad del gasto y los incentivos tributarios para invertir y trabajar honestamente. Para evaluar la bondad de éstos, los economistas usualmente acuden a sofisticados modelos. Las comparaciones internacionales proveen un estándar más simple de evaluación: cuando los capitales son más móviles, la estructura impositiva ya no puede juzgarse sino en comparación con los otros países.



La sabiduría tributaria ha cambiado dramáticamente en el continente en la última década, según el reciente Informe sobre el Progreso Económico y Social del BID. A mediados de los ochenta, cuando el déficit fiscal latinoamericano llegó a su nivel más alto, la tasa máxima de impuestos a las empresas era en promedio de 38% y a los individuos del 49%, no muy diferentes a las de Colombia. A mediados de los noventa, sin embargo, cuando el déficit fiscal latinoamericano fue el menor en 25 años, los impuestos máximos a empresas e individuos se redujeron hasta tasas promedio de 28% y 30% respectivamente.



El campeonato latinoamericano en impuestos al trabajo y la inversión empresariales es un lastre que no podemos seguir cargando.



Por desgracia, en los últimos diez años Colombia ha ido a contrapelo de América Latina. Después de 1986, las tasas marginales no disminuyeron sino que aumentaron. Por ello, y como lo muestra la gráfica, Colombia es hoy el país con la segunda más alta tributación a individuos y con la mayor tributación a empresas de América Latina. El contraste con Chile y Brasil es notorio. Excepto para explotar recursos naturales o públicos, ¿a dónde irán los nuevos esfuerzos empresariales?



Cuando los economistas colombianos decidan sobrepasar las fronteras, mirar al largo plazo y actualizar sus teorías descubrirán que el crecimiento económico no depende tanto del tamaño del déficit o del gasto cuanto de los incentivos a la inversión empresarial. Y el primer puesto latinoamericano en impuestos empresariales es un lastre muy pesado para no figurar muy alto en la agenda del próximo gobierno.
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