| 3/6/2014 7:00:00 AM

Los testaferros del ‘zar’

Esta es la historia gráfica de la relación de Emilio Tapia con dos jóvenes que le manejaban sus negocios mientras él gozaba de su condición de testigo privilegiado del carrusel de la contratación.

Antes de ir a la cárcel el pasado 25 de febrero, el empresario Emilio Tapia tuvo un periodo de gracia para demostrarle a la justicia que podría serle útil a la hora de desarticular el carrusel de la contratación de Bogotá. Durante ese tiempo, Tapia, un joven que hizo fortuna a partir de su relación con los hermanos Samuel e Iván Moreno Rojas, jugó sin embargo un doble rol: el de testigo blindado por una serie de beneficios judiciales y el del hombre que, a la sombra de la protección que le ofrecía la Fiscalía, seguía haciendo negocios non sanctos. Dinero revela la historia de los seguimientos que le hizo la justicia penal antes de descubrir cuál era su apuesta.

Cena de negocios

La escena captada en esta foto transcurrió recientemente en un restaurante del Centro Comercial Andino, en el norte de Bogotá. Emilio Tapia, entonces testigo estrella de la Fiscalía en el proceso por el carrusel de la contratación, se reunió allí con su amigo Carlos Augusto Joly Herrera (a su izquierda) para pasar revista a sus negocios privados.

Joly, sin tradición en el mundo empresarial, estaba al frente de Tecmach, una compañía que se encargaba de proveer volquetas y otras maquinarias para el transporte de material para grandes proyectos viales como los que ejecuta Conalvías en la Ruta del Sol.

Lo que hasta entonces era una sospecha terminó convirtiéndose en una realidad. La subordinación y el servilismo que se advertían por parte de Joly frente Tapia se explicaban en el hecho de que este último era el verdadero dueño de la compañía y el propietario, en la trastienda, de un avión tipo ejecutivo, un yate y caballos pura sangre que figuraban a nombre de su joven testaferro.

“Acaban de capturar a Emilio y me están capturando a mí dizque porque estamos lavando activos”, le dijo Joly a su novia la noche del martes 25 de febrero, durante una llamada que agentes del Cuerpo Técnico de Investigación (CTI) le permitieron hacer cuando lo llevaban hacia la sala de detenidos en el búnker de la Fiscalía.

Estaba en lo cierto. La Fiscalía había descubierto el doble juego deTapia. Por un lado, el ‘zar’ de la contratación –apelativo por gestionar contratos y cobrar comisiones durante el gobierno de Moreno– entregaba a cuenta gotas información sobre concejales de Bogotá y otros negociantes que se lucraron del carrusel y conservaba así condición de testigo protegido. Por otro, aprovechaba su libertad para ocultar o darle apariencia de legalidad al dinero que había obtenido de negocios ilícitos hechos a expensas de la contratación. La doble contabilidad de su firma Geos y los movimientos de Tecmach evidenciarían el blanqueo de activos presumido que hasta ahora llegaría a los $4.700 millones.

Pero si a esta suma se adiciona el valor de dos aviones ejecutivos que el ‘zar’ tenía para uso privado, de su mansión en el conjunto el Nogal, cerca del aeropuerto de Guaymaral, más los lotes de caballos de paso, y sus fincas en Córdoba la cifra podría superar los $100.000 millones.

En clave de lavado

Este hombre que ejecuta aquí su acordeón es otro de los testaferros de Tapia. Se trata de su primo Jesús David Sierra Aldana. El iniciado en las artes del folclor vallenato no solo figura en el directorio de Tecmach, sino como titular de inversiones en Colombia y en el exterior de dinero que, de acuerdo con el contenido de los seguimientos hechos por las autoridades, hacen parte de las comisiones cobradas por Tapia sobre contratos con varias entidades territoriales.

De la relación entre ambos se desprende un dato que no deja de sorprender. Pese a sus antecedentes, Tapia seguía teniendo injerencia en la contratación de Bogotá, ya durante la administración de Gustavo Petro y también en los negocios asociados con macroproyectos viales.

La empresa, manejada por sus dos jóvenes testaferros, mantenía una relación de negocios en calidad de proveedor de Conalvías, firma que se hizo cargo de la ejecución del contrato de malla vial de la calle 26 cuando le fue declarada la caducidad por incumplimiento al grupo Nule. Las autoridades buscan establecer si son ciertas las versiones rendidas por dos declarantes dentro del proceso que afirmaron que Tecmach es “el verdadero controlante de Conalvías”. También prestó servicios de alquiler de equipos a la empresa de Acueducto durante la gestión del hoy destituido gerente Diego Bravo.

Andrés Jaramillo, gerente de Conalvías, alegó por intermedio del penalista Jaime Granados, su apoderado, que la especie no es cierta y que su intención es causar daño a alguien que ha construido su reputación con el manejo eficiente de negocios como la Ruta del Sol en la que están comprometidos recursos por $1,2 billones.

A diferencia de Tapia, que se desacreditó como testigo y que con sus manejos echó por la borda los beneficios judiciales a los que hubiera tenido derecho, sus testaferros aún tienen la opción de acogerse al principio de oportunidad o atenuar sus penas contando todas las verdades que saben. Ellos podrían ayudarle a la Justicia a ponerle fin a un largo ciclo de mentiras que el ‘zar’, finalmente caído en desgracia, logró prolongar desde el 10 de mayo de 2010, cuando una investigación de Dinero lo puso en evidencia, hasta el día en que la Justicia decidió llamarlo a rendir cuentas.

Fiestas y afrentas

El pasado 20 de enero, durante una corrida en Sincelejo, Emilio Tapia se ubicó en un palco especial y quiso regalar un toro para ampliar las faenas de lidia. El alcalde de la ciudad, Jairo Fernández, se opuso para liberar a su administración de la que llamó una “afrenta” por recibir atención de alguien con cuentas pendientes con la justicia. En ese momento estaba fresco en el recuerdo colectivo lo ocurrido el 28 de diciembre en Cartagena, cuando ‘el zar’ se puso cerca a los invitados de honor al concierto de Carlos Vives y Marc Anthony y fue fotografiado por Cristina Plazas, la consejera presidencial que, indignada, puso la imagen en la red para quejarse de que no era justo que una persona sindicada del saqueo de las arcas bogotanas estuviera dándose la gran vida.

La Fiscalía recibió quejas similares de los residentes del sector del paseo peatonal de Bocagrande, que bordea la bahía de Cartagena, donde Tapia, dueño de un exclusivo apartamento en el edificio Ibiza, se paseaba con sus amigas y mascotas, custodiado por una camioneta blindada en la que eran vistos agentes del CTI.

Si la justicia decidiera hacer un álbum con las farras recientes de Tapia, encontraría material suficiente en los festivales de Sahagún, Sincé y Arjona.

Antes de su captura vivió más en Cartagena que en Bogotá, pues pocos saben que en la capital bolivarense se movió detrás de bambalinas en las licitaciones de los tramos 4 y 5 de Transcaribe.
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