Revista Dinero

En los recintos de Culto hay oficinas reservadas para el depósito de diezmos y otros aportes con medios de pago electrónicos.

| 3/16/2012 7:00:00 AM

En el nombre del Padre

Iglesias de todos los cultos reportan anualmente ingresos por $7 billones, pero no pagan más de $200 millones en impuestos. ¿Es hora de revisar las dádivas?

Jesús nunca dijo que no había que pagar impuestos. Cuando fariseos y herodianos lo andaban poniendo a prueba con celadas dialécticas en las que cualquier mortal habría podido caer, el Hijo de Dios tuvo siempre a mano una respuesta certera, incluso en materias tan complicadas como la tributaria: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Mateo 22:21), les respondió a los solapados enemigos que querían forzarlo a que se pusiera en trance de rebeldía contra el Imperio Romano.

El episodio bíblico –quizá el único que presenta a Jesús con un denario en la mano– viene a colación en momentos en que se avecina en Colombia una reforma tributaria. En la antesala de la llegada del proyecto al Congreso, expertos de distintas vertientes parecen estar de acuerdo en que los contribuyentes paguen en la justa medida de sus posibilidades y en que aquellos que son beneficiarios de importantes exenciones aporten cabalmente lo poco que les resulta obligatorio.

En esta última categoría encajan las 3.597 iglesias, confesiones y denominaciones religiosas reconocidas actualmente por el Ministerio del Interior, al amparo de la libertad constitucional de cultos. Según bases oficiales y públicas de datos del Gobierno, en 2010, el último año del que ya hay información consolidada, esas organizaciones declararon ingresos y patrimonios por un poco más de $7 billones, cifra comparable con la mitad de las utilidades que produce una empresa como Ecopetrol.

Sin embargo, cuando la masa de capital reportada pasó por los cedazos tributarios, los impuestos pagados por todas ellas sumaron apenas $198 millones. Según los especialistas consultados, estas cifras sugieren a primera vista una desproporción sobre la que no parece se haya reparado lo suficiente.

En virtud del Concordato entre Colombia y el Estado Vaticano y del derecho fundamental a la igualdad, no solo la Iglesia Católica goza de gabelas fiscales. Todas las demás tampoco están obligadas a presentar declaraciones de renta, no pagan impuestos sobre estas y tampoco tienen la obligación de registrar sus libros de contabilidad en cámaras de comercio. Al igual que las ONG, los movimientos religiosos son considerados congregaciones sin ánimo de lucro. En consecuencia, solo tienen que pagar retención en la fuente por servicios distintos a los pastorales (un salario o una contraprestación por conceptos de asesorías, por ejemplo) y actúan como agentes retenedores de IVA por ventas de productos.

Salvo las donaciones que reciben del exterior, sometidas al pago de una retención equivalente a 3% de su valor, el resto de los movimientos financieros de las iglesias está lejos de la vigilancia estatal. Así, nadie les garantiza a los fieles que el grueso de sus diezmos, limosnas y aportes en general, entregados con fervor, vaya realmente a obras sociales o sean garantía para la redención de los pecados.

“Que tu diestra no lo sepa...”


El domingo 11 de marzo, poco antes del mediodía, a la sede del Centro Mundial de Avivamiento, sobre la Avenida 68 de Bogotá, no le cabía un alma más. Ricardo Rodríguez, pastor principal de esa comunidad, traducía simultáneamente las prédicas de tres líderes espirituales que habían venido de Estados Unidos invitados a ser testigos del creciente fervor de las “ovejitas”, como llama esa iglesia a sus iniciados. El redil era numeroso: se acercaba a unas 30.000 personas que con sus manos levantadas al cielo daban, al unísono, voces de alabanza. 

El recinto, demarcado con señales y banderas de distintos países, parecía una ciudadela. Las ‘avenidas’ y ‘calles’ (así estaban denominadas) se encontraban guardadas por un equipo de logística en cuyas camisas blancas se leía “Avivapolice”. En la zona periférica se extendía un cordón de seguridad compuesto por efectivos de la Policía Metropolitana de Bogotá.

Los callejones más expeditos eran los que conducían hacia las ventanillas habilitadas para el recibo de los diezmos y todo tipo de contribuciones. Se podía pagar con tarjeta de crédito, caso en el cual los encargados de manejar los datáfonos agradecían que los aportes no fueron menores a los $100.000. Lo demás iba a sobres y a bolsas, cuyo contenido sería recogido por tres carros transportadores de valores en diferentes turnos. Cada aportante recibía una credencial que lo identificaba como “sembrador en el avivamiento” (ver facsímile).

Esta escena no solo se repite los domingos de cada mes, sino los viernes de todas las semanas. Ese domingo 11, según cálculos hechos por servidores de ese culto que pidieron no ser citados por sus nombres, las donaciones fueron estimadas en $150 millones.

En fuentes del sector bancario y financiero y en bases de datos de centrales de riesgo, Dinero encontró que entre 2009 y 2011 fueron reportados por el Centro Mundial de Avivamiento (NIT 830042038-0) un total de 30 giros que, a manera de donación, provinieron del exterior. El más alto en monto individual fue de US$14.686. El valor total de las ayudas económicas en ese lapso sumó US$99.412 (cerca de $200 millones).

En contraste, los giros personales de su pastor principal, Ricardo Rodríguez, al exterior son más significativos. Entre 2010 y 2011 fueron hechas desde cuentas que figuran a su nombre al menos 35 transacciones por US$727.000 (unos $1.280 millones al cambio actual). Dos de las cuentas están identificadas con los nombres “Ricardo-Mery” o “Ricardo Marina”. Pero en ambas figura la cédula número 19.393.072, que corresponde en efecto a Ricardo Rodríguez Bermúdez.

Un ex pastor de la comunidad y un ex empleado de la parte administrativa, que dijeron haberse retirado de la iglesia decepcionados por su notoria inclinación hacia las “virtudes materiales”, revelaron que una importante porción de los dineros que maneja la congregación es utilizada en operaciones de finca raíz y otras inversiones en Colombia y en el exterior, casi todas ellas a nombre del pastor principal. En los círculos sociales, Sonia Villegas, asesora del pastor en estas materias, asegura que no son pocas las inversiones que se mueven a través de brokers en Miami y otras ciudades de Estados Unidos. De hecho, miembros del cuerpo de pastores anuncian que en breve será abierta una sede de la iglesia en Manhattan.

Todas las fuentes consultadas coincidieron en que podría estarse presentando un subregistro en los datos financieros y fiscales. En este caso, se aplicaría literalmente y al extremo el mensaje bíblico según el cual “cuando des limosna, que tu mano diestra no sepa lo que hace la izquierda”. (Mateo 6:3). Aquí, el destino de las limosnas no es conocido ni siquiera por el Estado. Nadie niega que esta y otras iglesias realizan obras sociales, pero no existe un registro público documentado que dé cuenta detallada de ello.

”Esa falta de información se ve favorecida por la dispersión de controles: el Ministerio del Interior lleva el registro de cultos, pero no tiene capacidad para investigarlos; los alcaldes, los gobernadores y hasta las propias divisiones eclesiales tienen atribuciones que en muchos casos chocan entre sí”, dice un alto funcionario del Ministerio de Hacienda.

Dinero llamó en varias oportunidades al Pastor Rodríguez y lo buscó en la sede de su iglesia. También le hizo llegar cuestionarios por correo electrónico a través del pastor Álvaro Pardo y de Angélica Valdés, una de las coordinadoras del trabajo pastoral. Sin embargo, al cierre de esta edición no había obtenido respuesta. El abogado Carlos Salom Bejarano, administrador del Centro de Avivamiento, dijo que sólo su jefe está autorizado para hablar sobre asuntos financieros y que le llevaría mucho tiempo reunir la información solicitada por la revista.

Aunque se parta del principio de la buena fe, los órganos fiscales y de control podrían promover reformas legales para que el Estado logre alguna vez saber a ciencia cierta cuánto se recoge y a qué se destinan los frutos de las cosechas espirituales.
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