Dinero.com Revista Dinero

La impronta de la inventiva en el campo del desarrollo empresarial colombiano no se encuentra en los registros de patentes.

| 5/3/2010 7:00:00 AM

Antología de la innovación

Desde el Grito de Independencia, numerosas empresas colombianas han sido el producto de los esfuerzos de creadores consumados. Sus logros son también lecciones de vida.

Aún en el preludio de la Guerra de los Mil Días, Manuel Antonio Sanclemente -el último presidente conservador del siglo XIX- destinaba parte de su agenda a verificar las esporádicas novedades del incipiente desarrollo empresarial de la época. Acompañado por un amanuense de finos rasgos caligráficos, solía patentar personalmente las invenciones. El 25 de febrero de 1899, por ejemplo, otorgó un reconocimiento al creador del "evaporador continuo", nombre dado por el comerciante Arturo Valenzuela a la primera secadora de café construida con el fin de preservar el aroma del grano.

Su gobierno sucumbió en medio de la guerra bipartidista y en los anaqueles de su despacho parecían haber quedado abandonados los documentos que daban testimonio de su gusto por la innovación, la cual Sanclemente inculcaba a sus alumnos en un colegio construido en predios de su hacienda Pochichí, en el Cauca. Pero la evocación de su memoria en este contexto no podría sugerir, en absoluto, que en la historia de Colombia la proclividad al conflicto haya inhibido los esfuerzos creadores de quienes han hecho empresa en el país.

La impronta de la inventiva en el campo del desarrollo empresarial colombiano no se encuentra en los registros de patentes. Si así fuera, el panorama no sería nada alentador porque, según cifras de la Superintendencia de Industria y Comercio, de cada 100 novedades allí certificadas, tan solo diez tienen un origen genuinamente colombiano. Si el rasero para medir la innovación fuera estrictamente científico, habría que concluir -sin más fórmulas de juicio- que los mayores logros colombianos consistirían en adaptar o replicar formatos internacionales.

No obstante, también los modelos de adaptación han sido novedosos y han servido para dar soluciones originales a las necesidades propias de cada sector y en cada región. La agricultura cafetera de Cundinamarca, por ejemplo, fue uno de los sectores más beneficiados gracias a invenciones revolucionarias como el secador solar de café, del empresario bogotano Alí Cardoso, a comienzos del siglo XX, anticipando una tendencia mundial.

El sociólogo y escritor vallecaucano Alberto Mayor Mora recuerda que para superar al inventor solitario o de taller y lograr la transición hacia el inventor especializado de laboratorio industrial, con las patentes como su principal producto, tal y como sucedió a finales del siglo XIX en el mundo desarrollado con especialistas como Thomas Edison, el estado colombiano se propuso, en 1930, la tarea de crear instituciones tales como laboratorios químicos e institutos tecnológicos.

Sin embargo, el innovador colombiano de hoy no es un producto de laboratorio. La realidad, como lo demuestran las historias contadas en las páginas de este informe especial preparado con ocasión de la celebración de bicentenario de la independencia de nuestro país, es que la innovación en Colombia equivale a la iniciativa inquebrantable de quienes han forjado aquellas empresas líderes en los campos de la industria, agroindustria, comercio, sector financiero, telecomunicaciones, publicidad y medios masivos de información e infraestructura.

Mientras en los campus académicos internacionales se intensifica el debate en torno a los rasgos más dinámicos de la innovación, en el país el concepto se hace tangible en la obra de esos emprendedores. Por eso, en la galería de los innovadores tienen reservados lugares de privilegio nombres como el del Padre José María Campoamor, fundador, hace 100 años, de un círculo de obreros cuya sección de ahorros dio origen al banco que es hoy matriz de la Fundación Social. También los de Diódoro Sánchez y Roberto Becerra que, aunque frustrados en su empeño por montar en la Bogotá de 1880 la primera empresa de telefonía a larga distancia, legaron un proyecto que serviría para acortar distancias en un mundo encerrado en las talanqueras de la geografía.

Desde esa perspectiva, habría que decir que la innovación ha sido un concepto presente a lo largo de los doscientos años que han transcurrido desde la Independencia. Lo ha sido desde 1810, cuando federalistas y centralistas pugnaban por hallar un modelo económico genuino en medio de una disyuntiva crítica: continuar con el impuesto durante la colonia u optar por otro con fundamentos liberales y republicanos. Así, al cabo de 40 años, la actividad comercial encontró destinos transfronterizos. Fue así como hace 160 años, por 1850, Barranquilla desarrollaría el puerto que le permitió a la navegación a vapor conectar a Colombia con el mundo a través del Atlántico.

También el comercio fue desde sus inicios uno de los sectores más favorecidos por este tipo de logros. Mientras los vapores se abrían paso en territorios de ultramar, los dueños de los negocios del centro del país veían llegar la prosperidad. De eso encontró prueba el historiador Luis Fernando Molina al revisar un directorio telefónico de Bogotá en 1893, en cuyas páginas figuraban los datos de 990 comerciantes, un número que superaba con creces la oferta de servicios de médicos y abogados en la capital del país.

Sin fronteras

Sin embargo, esa proyección internacional no significaría necesariamente una apertura. Pese a su probada capacidad para adaptarse a los cambios, la industria nacional consiguió sus mayores periodos de auge encerrada en sus fronteras y basada en dos fuentes de recursos: la acumulación de riqueza derivada del café y la minería, y la actitud proteccionista que los sucesivos gobiernos conservarían hasta 1990.

Aun en esas condiciones, la apertura tampoco sería la debacle. El desplome de las barreras proteccionistas puso a prueba la innovación nacional y, prevalidas de ella, las empresas colombianas supieron hacer las alianzas justas y necesarias para afrontar la competencia.

De esa misma capacidad de adaptación ha hecho gala el sector financiero en su tránsito del metálico a lo virtual, un proceso que ha transcurrido sin mayores rezagos. Tras ponerse a tono con las tendencias mundiales, el sistema financiero nacional sigue creando las condiciones para que la bancarización de los más pobres deje de ser una utopía. Aquí los liderazgos se han alternado al ritmo de la innovación: en 1980 el Banco de Bogotá fue el primero que operó un sistema en línea y tiempo real para los clientes de todas sus oficinas. En 2007, el banco AV Villas aplicaría un modelo similar a través de las redes de la telefonía celular.

Y mucho antes de que el reputado Consenso de Washington diera rienda suelta a la globalización, los medios de comunicación colombiana trascendieron los límites fronterizos. De la mano de poderosas industrias como Coltejer, Fabricato y Cervecería Unión, la radio colombiana se hizo famosa, desde 1930, cuando la potente Voz de Antioquia abrió el camino para la apertura de cadenas.

Así mismo, la inversión extranjera ha encontrado un terreno abonado en este mismo campo. Muestra de ello es el control y operación que los conglomerados españoles Prisa y Planeta ejercen sobre medios tan importantes como Caracol Radio y El Tiempo.

En el mismo ámbito de los medios masivos, la publicidad ha jugado un papel crucial durante ya casi 20 lustros, no solo en el posicionamiento de marcas, sino como faro de los hábitos de consumo. Detrás de eslóganes como "Fabricato, la tela de los hilos perfectos" y de íconos como la figura del indio en los cigarrillos Pielroja (diseñado por Rendón) se esconden altas dosis de genialidad Made in Colombia.

En estas historias de contrastes tienen cabida también aquellas protagonizadas por sectores que, si bien no han descollado, libran hoy pruebas de largo aliento. La infraestructura sobresale entre ellos. En la bitácora de su historia resalta la industria de la aviación, que se desarrolló a temprana edad en el país como respuesta a la crónica incapacidad del Estado para construir una red férrea integral y en su búsqueda por trascender la fase histórica de los caminos reales de herradura.

Expertos como el historiador Gustavo Pérez Ángel aparecen aquí y allá en las páginas de este especial, explicando por qué, por ejemplo, a diferencia de lo ocurridos con Canadá, Estados Unidos y Europa, Colombia no encontró la senda de su desarrollo alrededor de los hilos del ferrocarril. Esfuerzos encomiables, logros que conducen al liderazgo y no pocas frustraciones que se convierten en lecciones de vida concurren en las siguientes páginas evidenciando que la innovación, aún en condiciones extremas, no es un atributo ajeno a las empresas colombianas.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.

>

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×