| 7/1/1994 12:00:00 AM

Todo bien, todo bien

Una cosa es la campaña y otra el gobierno. Al presidente electo Samper le corresponde pasar de las propuestas a las decisiones. El inicio es clave.

A pesar de todo lo que se dijo sobre lo "estructurado" del programa económico de Samper, la verdad es que hay mucha confusión. En un noticiero de televisión internacional se presentó al ganador de las elecciones colombianas como un candidato que iba a echar para atrás las reformas económicas en favor del libre mercado que ha instrumentado la administración Gaviria (una perla de noticia para los inversionistas extranjeros). En otros círculos se comenta que el nuevo gobierno va a subir los aranceles, que no le importa la inflación ni el déficit fiscal, que va a hundir a los recién creados fondos de pensiones y que no va a continuar con el proceso de modernización del Estado que inició Gaviria.

Es probable que haya mucho de exageración en los comentarios anteriores. Pero el presidente electo y su equipo económico harían bien en ponerle atención a lo que se está diciendo en la calle. Parte de esa confusión viene de las posturas ambiguas del candidato electo con respecto a la apertura y al gobierno de Gaviria. Frases que quieren decir todo o nada como la de ponerle "corazón" a la apertura no contribuyen a despejar la incertidumbre.

A lo anterior se agrega el estilo ecléctico del nuevo presidente. En actuaciones anteriores, por ejemplo, en su paso por el Ministerio de Desarrollo, se dedicó a difíciles y enrededados procesos de concertación, que buscaban dejar contentos a todos los intereses involucrados, pero que a la postre retrasaban innecesariamente la toma final de decisiones. Y cuando éstas finalmente se adoptaban el resultado era una entelequia antes que una política con objetivos claros.

Ese estilo ecléctico del nuevo presidente se refleja en su amplia gama de asesores, que van desde neoliberales hasta acérrimos intervencionistas. La preponderancia la tienen, quizás, los asesores que se pueden catalogar como "moderados". Y aunque la moderación es positiva en determinadas circunstancias, en otras es disculpa para no adoptar las decisiones difíciles o impopulares que enfrenta todo gobierno o disculpa para no definir un rumbo con todas las consecuencias que ello implica.



Uno de los aspectos sobre los cuales Samper fue reiterativo es el de la devaluación del peso o mejor, el de la no reevaluación del peso. Su visión de este problema es bastante simplista, pues supone que la tasa de cambio no es exactamente un precio de mercado sino un precio que puede ser manipulado sin problemas por las autoridades cambiarias, en este caso la junta Directiva del Banco de la República.

En especial, nunca hubo una referencia por parte del candidato electo a las implicaciones de la política fiscal sobre el nivel real de la tasa de cambio. Por un lado ofreció gastar en lo divino y lo humano y por el otro, no revaluar, cuando en las circunstancias actuales un incremento del déficit fiscal atizaría las presiones reevaluacionistas. Pero pareciera que estas interrelaciones de la política macroeconómica no desvelarán ni a Samper ni a su equipo económico.

Ello lleva a otro punto de profundas implicaciones de política. Tanto a Samper como a sus asesores, por lo menos hasta ahora, no les, preocupa el objetivo de bajar la inflación. A duras penas se les escucha la idea de que ella no se acelere. De ahí que sean generosos ofreciendo una mayor protección al sector agropecuario, como si ello no tuviera efectos inmediatos sobre la canasta familiar y sobre los costos de la agroindustria o anunciando incrementos en el ritmo de devaluación nominal sin medir sus consecuencias inflacionarias.

En este último punto podría estar la raíz de un enfrentamiento indeseable con la Junta Directiva del Banco de la República, cuyo mandato constitucional es el de reducir la inflación. Ya hubo pronunciamientos de la campaña Samperista en el sentido de que hay que torcerle el brazo a la junta del Banco para que sea más laxa en sus metas de inflación y para que devalúe más aceleradamente. Incluso se ha hablado privadamente de reformar la junta para quitarle independencia y volverla dócil a los deseos del nuevo presidente, perdiéndose así una de las reformas constitucionales más valiosas que a buena hora impulsó la administración Gaviria y que evita posibles desmanes populistas de los gobiernos de turno.



A la poca importancia que el nuevo presidente y sus asesores le asignan a las metas de control a la inflación se suma la tendencia a considerar que las metas fiscales deben estar subordinadas al objetivo de crear empleo. La mezcla puede

ser explosiva, particularmente con la anunciada meta de subir el llamado gasto social del 9% del PIB al 15%.

Para dar una idea de lo que esto implica sobre el equilibrio de las finanzas públicas basta decir que actualmente, aun después de los aumentos de impuestos de la administración Gaviria, los recaudos por concepto del impuesto a la renta ascienden a menos del 6% del PIB. ¡Y esta es la principal fuente de ingresos del gobierno nacional!

De otra parte, el campo de maniobra del gobierno nacional se ha ido reduciendo paulatinamente por el aumento explosivo que han tenido los gastos de funcionamiento en los últimos años y por las crecientes transferencias de recursos del nivel nacional hacia los niveles municipales y departamentales, sin que ellas hayan estado acompañadas de unas transferencias equivalentes en . lo relacionado con las funciones (o sea por el lado del gasto).

Adicionalmente, ni Samper ni sus asesores se han mostrado partidarios entusiastas de los procesos de privatización ya sea del sector financiero o de determinados servicios públicos, que podrían proporcionarle recursos adicionales al gobierno, por ejemplo, para financiar programas de gasto social. Todo el mundo sabe lo difícil que es avanzar en estas privatizaciones si no existe una verdadera voluntad política para hacerlo.

El tema de las privatizaciones toca con otro que virtualmente no fue mencionado por Samper y sus asesores en la campaña: el de la eficiencia del gasto público. Desde tiempo atrás se ha reconocido que el problema del gasto social no es solamente el de cómo aumentarlo, sino el de cómo garantizar que verdaderamente llegue a los grupos más vulnerables de la población. Si se utilizan los actuales canales clientelizados y corruptos de asignación de los recursos públicos, buena parte del aumento adicional del gasto simplemente se pierde a mitad del camino. Se requiere de mucha imaginación y de esquemas novedosos con mayor participación de gestión privada para superar la ya proverbial ineficiencia del sector público en estas vitales áreas.



De todo lo anterior sólo queda la impresión de que, a diferencia de lo que sucedió con el gobierno de Gaviria, el gobierno de Samper no tendrá un rumbo definido y unas metas claras de política económica.

Sus compromisos de campaña con los "intereses creados", tanto gremiales como políticos son muchos y contradictorios. Sus propuestas de campaña no orientan sobre los logros concretos y específicos que deben esperarse durante el próximo cuatrienio.

Solamente el presidente electo puede desenredar el nudo gordiano de intereses y políticas contrapuestas que hasta ahora lo han distinguido, tanto en su campaña como cuando fue ministro de Desarrollo. Entre más rápido lo haga al inicio de su administración mejor.

Desde el punto de vista del sector privado, esas señales tempraneras son muy importantes. Por ahora, mientras se demuestra lo contrario, toca trabajar bajo el supuesto de que el próximo será un gobierno que tratará de gastar mucho en todo: en infraestructura, en sectores sociales, en subsidios y en todo lo que un momento dado parezca importante (que es prácticamente todo). No se vislumbra que el país avance en el proceso de privatización y modernización del Estado. Tampoco que se avance hacia una menor inflación, o que se resuelvan los conflictos macroeconómicos que están originando la reevaluación del peso.

Se prevé un mayor intervencionismo que puede desembocar en concertaciones de precios para tratar de contrarrestar los efectos inflacionarios de un aumento en la protección de sectores considerados "estratégicos" como el agropecuario y el petroquímico. Y el gobierno buscará objetivos de política aumentando las regulaciones y los permisos, incluyendo controles a los ingresos de capital externo.

- Podríamos, entonces, pronosticar que el país va a pedalear mucho para mantenerse más o menos en el mismo sitio. Pero el gobernante que recién inicia su mandato tiene siempre el beneficio de la duda. De todas maneras, el país está próspero y. el nuevo presidente tendrá la posibilidad de demostrar que los pronósticos pesimistas sobre su futura gestión son infundados. Todo el mundo espera, y con razón, que los equivocados sean los pesimistas.
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