| 12/1/1997 12:00:00 AM

Tigres de papel

El capital occidental sale al rescate del Asia y se encuentra con unos políticos renuentes al cambio.

Después de la caída del Dow Jones de 27 de octubre, que obligó a interrumpir las operaciones de la bolsa de Nueva York dos veces en pocas horas, el índice se recuperó al día siguiente. La serenidad volvió con relativa rapidez. Ya hay, incluso, una corriente de analistas que mira lo ocurrido como una prueba más de la fortaleza de la economía de Estados Unidos, pues fueron los inversionistas pequeños quienes salvaron la situación al salir en busca de papeles a precio de ganga en medio del desorden.



En otra época, los pequeños habrían huido despavoridos.



Pero otra historia está ocurriendo en Asia. La crisis financiera ha puesto al descubierto profundos problemas estructurales en estas economías que, hasta hace poco, eran consideradas un ejemplo insuperable para el resto del mundo.



Detrás de la caída del Dow Jones



Las conclusiones que los analistas sacan de lo ocurrido el 27 de octubre son tan variadas que a veces no parece que se refirieran al mismo hecho. Para algunos fue una advertencia de que las cosas están mal en Estados Unidos y es un anuncio de otros desastres por venir. Estos afirman que nada de esto habría ocurrido si los precios de las acciones en Wall Street no estuvieran tan altos.



Para otros, por el contrario, fue una demostración de la nueva fuerza de la economía, porque sólo en un país fuerte puede recuperarse tan rápidamente un mercado de acciones en un mundo de movimientos globales de capital. Otros consideran que la caída del Dow sólo se explica como una equivocación: el día en que el mundo se enloqueció.



La verdad está en un punto intermedio. Con la caída de la bolsa de Hong Kong el pánico se apoderó de los inversionistas al otro lado del mundo, que creyeron que había llegado el momento de la tan anunciada corrección y, descontrolados, dieron la orden de vender. Estos efectos sin duda se exageraron en medio de la histeria. En realidad, lo que pase en Asia poco influye en las utilidades de las compañías estadounidenses y menos aun en la economía de Estados Unidos, ya que sólo un 4% de las exportaciones de este país van al Asia.



Al día siguiente, el Dow Jones se recuperó, aunque no del todo. La gran duda es si ya se produjo el ajuste o si, por el contrario, todavía está por venir. La respuesta es que probablemente sí se vaya a dar una nueva corrección pues, de acuerdo con la mayoría de los indicadores, las acciones continúan sobrevaluadas.



Al rescate de Asia



Repentinamente, el 31 de octubre las bolsas de Asia dejaron de caer. La razón: el Fondo Monetario Internacional, FMI, anunció que iría al rescate de Indonesia mediante un préstamo de US$40.000 millones. La ayuda venía condicionada a un paquete de medidas entre las cuales figuraba el cierre inmediato de 16 bancos con problemas. Algo similar había sucedido en Tailandia en julio pasado cuando se produjo la gran devaluación de la moneda y el FMI puso US$17.000 millones para sacar a ese país de la crisis.



El paquete de ayuda a los países asiáticos no se limita a Indonesia y Tailandia. El FMI, junto con el Banco Mundial, el Tesoro de Estados Unidos, las naciones asiáticas y un grupo de bancos de inversión así como algunos bancos internacionales, están gestionado un préstamo para el Asia que podría superar los US$100.000 millones, el doble del de México. De éstos, US$40.000 millones irían a Indonesia, US$23.000 millones a Tailandia y Filipinas y US$40.000 millones a Corea, que se perfila como el próximo en caer. Esto sin contar los problemas financieros de los bancos japoneses, a los que los países asiáticos les deben US$263.000 millones.



Lo peor es que a pesar de toda esta estrategia para salvar al Asia, muchos en la región todavía no se han dado cuenta de lo mal que están las cosas y, menos aún, de lo peor que podrían llegar a ponerse. Entre ellos están los políticos, que son los más renuentes a seguir el paquete de reformas que les ha impuesto el FMI.



¿Milagro sobrevendido?



Y es que detrás del milagro asiático que con tanto entusiasmo le fue vendido al mundo se esconden unos Estados todopoderosos cuyos tentáculos se extienden al mundo empresarial y financiero. En las empresas y en las entidades del sector financiero no es muy claro dónde termina el Estado y dónde comienza realmente la actividad privada.



El caso más diciente es el que se acaba de presentar en Indonesia. No terminaba de aplicarse la medida del cierre de los bancos cuando Bambang Trihatmodjo, hijo del presidente Suharto, demandó al banco central y al ministro de Hacienda por haber incluido al banco del cual es accionista en la lista de las entidades que debían cerrarse. Trihatmodjo argumenta que todo esto no es nada más que un montaje político para desacreditar a su padre y evitar así su reelección.



La estrategia para rescatar al Asia corre un alto riesgo de fallar, pues los lazos políticos entre reguladores y regulados podrían impedir que se apliquen los correctivos de fondo. La mejor esperanza está en el empeño que el FMI, con sus múltiples recursos de presión, podría poner para convencer a los políticos de la necesidad de un cambio de actitud. Sin embargo, esto podría no resultar tan fácil al final pues, a pesar de los problemas, para los políticos de Asia la ayuda del Fondo no es más que una intromisión de Occidente en los asuntos de su región.



En todo esto hay algo de cierto, pues la ayuda no es desinteresada. A todos les conviene evitar un desplome en el sudeste asiático. Si no se le pone un límite a la caída de estas economías habría que pagar grandes costos sociales, al desaparecer una clase media de dimensión importante pero que aún no se consolida.



Las empresas estadounidenses necesitan a los países asiáticos para llevar a cabo sus planes de expansión. Los países asiáticos son grandes consumidores de todo tipo de productos desde cosméticos hasta computadores personales y carros lujosos. Si, como se ha estimado, el crecimiento económico de Asia se reduce en 1998 en 3%, los costos en términos de crecimiento serían del orden de US$75.000 millones. Esta suma no es suficiente para causar una debacle en los mercados bursátiles de Estados Unidos, pero sí puede afectar las perspectivas de algunos sectores de ese país, lo mismo que las posibilidades de seguir reduciendo el déficit comercial.



Durante años, los políticos y los empresarios asiáticos se endeudaron en el exterior en cantidades muy superiores a su capacidad de inversión en actividades productivas. Mientras que el mundo miraba con admiración el crecimiento económico de estos tigres asiáticos, concentrando su atención en el florecimiento de plantas para producir automóviles y chips para computador, pocos advertían que el dinero prestado se dirigía a construcciones, campos de golf y hoteles de primera. Se estima que entre 1992 y 1997 estos países se endeudaron en unos US$700.000 millones. Ahora que se están venciendo estos créditos, no tienen cómo pagar.
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