| 7/16/1999 12:00:00 AM

Reestructuración, revolución cultural

Las reestructuraciones de deuda obligarán a los empresarios y a los bancos a cambiar toda la cultura de financiación y capitalización de las compañías.

El proceso de reestructuración de deuda empresarial que se viene en los próximos meses es la prueba de fuego para los empresarios y banqueros colombianos. La reestructuración exige que las dos partes abandonen sus viejas maneras de pensar y se comprometan con una nueva forma de hacer empresa en Colombia. El tamaño de la deuda es tan grande que lo que está en juego ni más ni menos son las posibilidades de existencia de la base empresarial de este país en el largo plazo.



No se trata simplemente de calcular flujos de caja y ajustar tasas de interés. La reestructuración exige que el banquero y el empresario lleguen a una claridad meridiana sobre cuáles fueron las causas que llevaron a la empresa a la crisis, cuáles son las soluciones que se deben aplicar y cuál es la forma como se va a manejar la empresa en el futuro. Esto implica que el banquero y el empresario van a trabajar durante largo tiempo en una colaboración mucho más estrecha que en el pasado.



El Gobierno ha allanado el camino para las reestructuraciones de deuda con un conjunto de medidas recientes. Por un lado, anunció líneas de crédito para apoyar los procesos por $1,1 billones. Las entidades financieras serán las encargadas de estudiar y aprobar las reestructuraciones con cargo a líneas de redescuento administradas por el IFI, que formará parte del Fondo Financiero Nacional, y Bancoldex. Miguel Gómez, presidente de esta entidad, estima que entre las exportadoras vinculadas a créditos de la entidad unas 150 compañías van a necesitar con urgencia planes de reconversión de pasivos y otras 250 podrían mejorar sus condiciones de deuda. Por otro lado, con la circular 039 de la Superintendencia Bancaria quedó allanado el camino para que incluso las empresas que aún no se encuentran en dificultades puedan realizar procesos de reestructuración de pasivos financieros, puesto que permite que las entidades financieras no reduzcan la calificación de riesgo de las empresas cuya deuda es reestructurada.



Primero, las barreras



Es importante que todos los implicados entiendan bien la naturaleza del proceso de reestructuración y sus limitaciones. Lo primero es ver cuál es el alcance de los recursos que han sido dispuestos para este fin. El endeudamiento financiero de las 5.000 empresas más grandes del país superaba los $33 billones en diciembre de 1998 (ver Dinero No. 86). Por su parte, la cartera vencida de los bancos colombianos era superior a los $3,1 billones a junio de este año. Podría decirse que casi 3.000 empresas son candidatizables a reestructuración de pasivos. En suma, reestructurar todo costaría el equivalente a la mitad del déficit fiscal del Gobierno.



Obviamente, no hay plata para cubrir toda la demanda y no todos los casos podrán ser atendidos. Además, hay otros problemas: más de $300.000 millones asignados por el gobierno están denominados en dólares, moneda poco demandada ahora, cuando la devaluación vuelve a galopar.



Además, los bancos no van a facilitar el proceso con mecanismos laxos. Todo lo contrario, los sistemas de evaluación de riesgos serán incluso más severos que los iniciales. A ello se une la atomización de créditos de una empresa con el sector financiero. Lo más común es encontrar firmas endeudadas con más de 15 y 20 intermediarios financieros que tendrán que ponerse de acuerdo a la hora de negociar. Por otro lado, falta aclarar algunos puntos. Aún no ha salido, por ejemplo, un decreto que se requiere para facilitar la firma de planes de desempeño que no se estrellen con las normas establecidas en el Código de Comercio en lo referente al porcentaje de acreedores requerido para aprobar un acuerdo y el reparto de dividendos.



Pero la barrera más seria a la entrada de empresas en un proceso de reestructuración, y el factor que va a determinar el cambio en la relación entre empresarios y banqueros, es la evaluación de la viabilidad de las firmas hacia adelante. Para entregar el crédito, el banquero ya no se limitará a verificar que se cumplan dos o tres razones financieras, que haya garantía y que el dueño ponga su firma, como se venía haciendo desde siempre. Lo que va a determinar su decisión será la capacidad de pago de la empresa hacia el futuro.



Por este motivo, el primer efecto de las reestructuraciones puede ser, paradójicamente, un incremento en el número de liquidaciones, porque en la medida en que los bancos demanden información se detectarán las empresas sin futuro. En una primera mirada al sector real colombiano, las entidades financieras encontrarán cuatro tipos de empresas. Primero, aquellas cuyas utilidades operativas cubren el costo financiero y dejan ganancias; éstas, en primera instancia, no necesitan reestructurar. Segundo, aquellas cuyas utilidades operativas apenas alcanzan para cubrir los costos del pasivo financiero, pero con un futuro incierto; podrían mejorar sus condiciones de crédito. Tercero, aquellas cuyas utilidades operativas no alcanzan a cubrir el pasivo financiero; son firmes candidatas a reestructurar. Y cuarto, un grupo cuyas utilidades operativas no cubren ni los costos financieros ni los operativos. Son las principales candidatas a la liquidación.



Pero esta mirada al balance no es más que el primer paso. A partir de allí viene un cuidadoso trabajo de análisis destinado a establecer la capacidad de pago de las empresas hacia el futuro.



Se trata de ejecutar un análisis estratégico a fondo de cada empresa, conocer la posición de sus productos en el mercado, calibrar las amenazas que enfrenta -las actuales y las potenciales-, y valorar la calidad de los gerentes y los sistemas de administración, para llegar a visualizar los pagos de deuda que la empresa puede asumir en el futuro. La pregunta que el banquero debe contestar es "¿esta empresa es un buen compañero de viaje para mi banco en el largo plazo?".



Mirar el futuro



Estas son las palabras claves: largo plazo. La transformación que deben dar los banqueros, de evaluar garantías a evaluar proyectos, equivale a evolucionar desde un banquero que sólo se compromete en el corto plazo y está listo a abandonar el barco ante el primer problema, a un banquero que le apuesta su propio crecimiento al éxito de un proyecto empresarial de largo plazo.



Esto implica una serie de cambios importantes dentro de los bancos. El primero es un reentrenamiento de su gente. El funcionario de antes, que aprobaba un crédito chequeando ítems en una lista, es muy diferente al banquero que se necesita ahora, quien tiene que compenetrarse con la empresa, conocerla a fondo y desarrollar un criterio mucho más autónomo y sofisticado para llegar a la decisión. Tiene que ser un experto en inteligencia empresarial. Esto implica, a su vez, que las entidades financieras tienen que adelgazar sus procesos y permitir que las personas que están en la "línea de batalla" tomen las decisiones. De nada sirve tener funcionarios capaces, si luego la acción se dilata porque hay que consultar veinte veces a un comité.



La reestructuración también exigirá cambios en los empresarios y en el gobierno. A los empresarios les va a demandar una mentalidad más amplia, para aceptar al banquero como un compañero de viaje permanente y una educación financiera más completa, para entender que la estructura de financiación de una empresa no es un procedimiento operativo rutinario, sino que es un tema estratégico de la mayor importancia en el largo plazo. La función financiera no puede limitarse a pagar la nómina y a conseguir financiación para terminar el año, sino que tiene un papel esencial en la planeación de largo plazo.



Para el gobierno, por su parte, es importante entender que su tarea apenas ha comenzado. Las medidas adoptadas despejan barreras inmediatas, pero es indispensable tomar decisiones mucho más estructurales.



Por una parte, el dinero que se ha dispuesto no es suficiente para consolidar el proceso. Es necesario abrir el espacio para la inversión extranjera y para nuevas capitalizaciones en los próximos años. La estabilidad jurídica y los beneficios tributarios para la inversión también son urgentes e indispensables.



Por otra, la flexibilización de la legislación laboral puede resultar esencial para que tengamos empresas viables. En un buen número de las más importantes empresas colombianas, no habrá reestructuración de deuda ni reducciones de costos que permitan la salvación, si no se permite acomodar los gastos laborales al nuevo tamaño que impone una economía que se ha contraído. No asumir en el corto plazo la tarea de resolver la rigidez laboral podría ser equivalente a colocarles una lápida a estas empresas.



Además, si se examinan a fondo las causas que llevaron a la situación actual, aparece que tener la atención del sistema financiero concentrada en el corto plazo es un componente crítico del problema. La obsesión de los bancos por asegurar una puerta de salida cuando empiezan los problemas con una deuda ha llevado a que sólo hagan préstamos a las empresas a plazos muy cortos, sabiendo que éstos no coinciden con los flujos de los proyectos y que va a ser necesario rotar el crédito al vencimiento. Sin embargo, la crisis ha demostrado que aunque los préstamos sean de muy corto plazo, los banqueros no pueden liberar sus recursos cuando llegan las vacas flacas, pues los montos comprometidos son demasiado grandes y deben seguir refinanciando.



Pero la banca presta a corto plazo porque sólo puede captar dinero a corto plazo. Y el único que puede romper la vocación de esta estructura de captaciones y colocaciones es el gobierno. Este es el momento para salir con un paquete de estímulos tributarios al ahorro de largo plazo que permita reactivar la inversión y el crecimiento en esta economía. No vamos a salir de la crisis hacia un desarrollo empresarial sostenible, si no hacemos inmediatamente algo para impulsar el ahorro de largo plazo. Sin una base de ahorro que aporte un piso firme para la inversión, no puede haber futuro.
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