| 2/1/1994 12:00:00 AM

Quayleconomics

Si no fuera por la guerrilla y el narcotráfico el país estaría en paz. La jerga de los economistas no puede transmitirse peligrosamente a otras esferas.

Recientemente el gobierno anunció que, de acuerdo a estimativos preliminares, el crecimiento económico en 1993 había alcanzado 5.2%, y que el mismo habría sido superior si no se hubiese presentado la crisis cafetera y la recesión en la mayoría de los países desarrollados, y si, además, los precios de varios de nuestros productos primarios de exportación no hubiesen caído tanto. Por supuesto, el crecimiento habría sido menor si a la construcción no le hubiese ido tan bien, si a todo el mundo no le hubiera dado por comprar carro nuevo, si el gasto público hubiese sido más bajo, o si, más generalmente, a cualquier sector que le fue mejor que al promedio le hubiese ido un poco peor.

En un artículo de 1988, Rudolf Hommes planteaba que "no se puede ser optimista responsablemente respecto a las perspectivas para 1989 aunque se afirme alegremente que `sin café o petróleo' la economía creció por encima del 5% en 1988, ya que `sin café y petróleo' no tendríamos una economía viable". Creo que esa afirmación está todavía plenamente vigente.

Esa costumbre que tenemos los economistas de decir que "lo malo no hubiese sido tan malo si a lo que peor le fue no le hubiese ido tan mal" y de que "lo bueno no hubiese sido tan bueno si a lo que mejor le fue no le hubiese ido tan bien" es, sin temor a exagerar, prácticamente universal. En Estados Unidos se suele afirmar que si se descuentan los gastos militares, la situación fiscal es sólida. En varios países latinoamericanos hizo carrera aquello de que descontado el servicio de la monumental deuda externa, la situación de balanza de pagos era buena. En Alemania todavía se insiste en que, dejando de lado los gastos originados en la reunificación, la disciplina fiscal sigue incólume. En los años setenta era usual escuchar aquello de que descontado el impacto petrolero, la situación inflacionaria estaba bajo control.

Por supuesto, entre economistas eso de quitar lo más malo o suprimir lo mejor, es un ejercicio válido y, en algunas ocasiones, ilustrativo. Al fin y al cabo se trata de personas que, se supone, entienden bien la diferencia entre el PIB total y el PIB sin café o entre la inflación total o la inflación sin alimentos. Evidentemente, para hacer política económica es importante entender cómo le va a la economía no cafetera, en tanto la misma tiene determinantes e implicaciones diferentes a las de la economía cafetera. Pero una cosa es lo que discuten los técnicos; otra bien distinta el despiste en que suele quedar el ciudadano.

No me imagino la emoción de un cultivador de café al enterarse de que "sin café, la economía habría crecido por encima del 6%". O la del ama de casa a la que le acaban de informar que "descontados los servicios públicos, la inflación en 1993 fue inferior al 20%". Y qué tal el afortunado jornalero que se ha enterado que, deflactado por la inflación del IPP, su ingreso real se ha incrementado en cerca de diez puntos.

Sería funesto que la forma en que solemos comunicarnos los economistas se extendiera a otras esferas. El Mindefensa podría hablar de "un país que, excepción hecha de la guerrilla y el narcotráfico, está completamente en paz"; la canciller diría que "dejando de lado el problema limítrofe, el diferendo con Venezuela está resuelto"; Maradona habría dicho que "si no es por los cinco goles, Colombia no le habría ganado a la Argentina" y los santafereños pregonarían que "dejando de lado los otros quince equipos, ellos juegan el mejor fútbol de Colombia". Y, como en el caso del economista, todos tendrían razón. Como también la tuvo ese otro célebre político, el ex vicepresidente Quayle, quien en el Foro Republicano de 1990 afirmó que "si no tenemos éxito, corremos el riesgo de fracasar".
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