| 10/13/1998 12:00:00 AM

Las lecciones de Granahorrar

Una entidad sólida, de las mayores del país, tuvo que ser oficializada. ¿Qué debe esperar el resto del sistema?

A pesar de tener unos indicadores impecables, Granahorrar se convirtió en la primera entidad financiera de gran tamaño que ha sido oficializada desde la crisis de los años 80. El Fondo de Garantías de Instituciones Financieras hizo efectiva la deuda que Granahorrar había contraído con esa entidad y, en cuestión de horas, el valor de cada acción quedó reducido a centavos. El gobierno entró a responder por el dinero de los depositantes, mientras los acreedores veían cómo la garantía sobre sus deudas se evaporaba sin remedio.



En estos momentos de turbulencia de los mercados financieros en Colombia y el exterior, la oficialización de la segunda corporación de ahorro y vivienda del país (y la novena entre todas las entidades financieras) deja muchas preguntas. Los rumores corren a toda velocidad en la calle, afectan a otras corporaciones de ahorro y vivienda y, más allá, a todo el sistema.



El descalabro de Granahorrar, sin embargo, no implica que se haya iniciado una crisis sistémica, pues hubo problemas muy específicos del manejo de esta situación que tuvieron efectos decisivos en el resultado, pero no tienen por qué repetirse.



Por otro lado, es una clara señal de alerta para que las autoridades amplíen la batería de instrumentos a su disposición para enfrentar situaciones futuras. Es posible que se presenten otras situaciones puntuales en el futuro. La reacción de la autoridad tendrá que ser cada vez más rápida y decidida para aislar los brotes de problemas en un ambiente cargado de nerviosismo.



Solvente, pero ilíquida



Desde el punto de vista de los indicadores clásicos de balance, Granahorrar es una entidad solvente, que cumple las normas sobre relación entre patrimonio y pasivos, y cuyo nivel de cartera mala es inferior al promedio de las CAV.



¿Cómo llegó a una oficialización? Por una suma de problemas: a las deficiencias estructurales que están afectando a las CAV se sumaron el mal manejo de un conflicto entre socios, una coyuntura económica muy difícil y el hecho de que el socio mayoritario entregó sus acciones como garantía de una deuda que no pudo pagar.



La posición de Granahorrar no era la mejor para enfrentar una coyuntura como la de 1998. Era la única CAV que no pertenecía a un grupo económico capaz de darle respaldo en tiempos difíciles. Sus fuentes de financiamiento (y en esto no se diferencia de otras) cambiaron durante el auge de la construcción, desplazando a los clientes pequeños a los que se llega mediante la red de oficinas, en favor de las captaciones en el mercado institucional, en el que se negocia con grandes tesorerías.



Esta es una posición de mayor riesgo, pues los clientes individuales son mucho más leales y estables. La volatilidad de las captaciones por medio de tesorerías puede ser un problema muy grave en un sistema que tiene más de $11 billones de depósitos a la vista, frente a $12 billones de créditos de largo plazo. La estructura de su fondeo es, de entrada, vulnerable.



En este escenario, el conflicto entre los socios de Granahorrar, en 1997, el cual recibió amplia difusión en los medios de comunicación, le causó un daño enorme a la entidad. Julio Carrizosa, el accionista mayoritario (con 58%) y la familia González (con cerca del 18%) se enfrentaron públicamente. Los González buscaron vender su participación, pero entraron en conflicto con Carrizosa en cuanto al precio. Además, lo acusaron de pretender que Granahorrar comprar a Leasing Patrimonio, de su propiedad, en condiciones que cuestionaron.



Varios bancos se mostraron interesados en comprar las acciones de los González, pero siempre quisieron obtener la mayoría de la propiedad de Granahorrar. Carrizosa se negó a concederla y, después de un proceso largo, las acciones de los González fueron entregadas en dación de pago por sus deudas a algunos bancos.



El tire y afloje entre Carrizosa y los potenciales compradores (entre los que estaban los grupos financieros más grandes del país) unidos a las acusaciones de malos manejos fueron vistos desde fuera como señales de caos. En ese episodio perdió el principal activo: la confianza. La captación de depósitos por parte de Granahorrar se hizo cada vez más difícil.



Finalmente, Granahorrar resultó afectada por un factor adicional y decisivo. Julio Carrizosa había obtenido préstamos cercanos a los $146.000 millones con más de 30 entidades financieras y había puesto como garantía buena parte de sus acciones en la corporación. Cuando la crisis de la construcción afectó en forma grave sus negocios, la estabilidad de Granahorrar se vio comprometida.



Se la llevó la tempestad



En 1998 vino la hora de pagar las cuentas. Una iliquidez memorable en la economía, una crisis internacional y un cambio radical en las perspectivas de los negocios transformaron por completo el panorama. A finales de mayo, presionada por el mercado y en contra de la mala imagen que le podría generar, la entidad pidió al Banco de la República que le permitiera utilizar $144.674 millones de los cupos de apoyo de liquidez. El 2 de junio le aprobaron el cupo, pero el dinero sólo le fue autorizado un mes después, hasta que se completaron los requisitos legales para efectuar el desembolso. Esa demora provocó que el Banco de Colombia le devolviera un canje en el mercado interbancario el 2 de julio.



La devolución de un canje es el pecado mortal definitivo en el sistema financiero. Desde ese momento, Granahorrar pasó a ser vista como un animal herido de muerte. Ese mismo día, la entidad pidió aumentar el cupo en $45.161 millones. El riesgo de insolvencia crecía por horas, pues las captaciones se hacían cada vez más difíciles y costosas.



El Fondo de Garantías de Instituciones Financieras, Fogafin, intervino, al otorgar un aval que le permitiera a Granahorrar conseguir préstamos interbancarios. A pesar de esta medida, los costos de las captaciones siguieron siendo muy altos. Por último, Fogafin le inyectó liquidez mediante una operación de compra de cartera por $350.000 millones, que involucraba el compromiso de capitalizar a Granahorrar o encontrarle comprador rápidamente.



Para cumplir el compromiso, Carrizosa entregó sus acciones a una fiducia, manejada por Fiducrédito, con el mandato irrevocable de venderlas. La firma de banca de inversión Lehman Brothers fue contratada para estructurar la venta.



Falló el mercado



Cuando en Colombia sale a la venta una entidad financiera del tamaño de Granahorrar, sólo hay 4 grupos que pueden comprarla: los bancos españoles Santander y BBV-Ganadero, el Grupo Aval y el Sindicato Antioqueño. Todos ellos pasaron por Granahorrar y examinaron la posibilidad de comprar. Además, el español Argentaria y el inglés Lloyds Bank también demostraron interés.



Sin embargo, ninguno se decidió. La deuda que había adquirido Granahorrar con Fogafin y el Banco de la República (que ya llegaba a los $600.000 millones) le añadía un riesgo más al negocio, pues si las cosas no marchaban bien, Fogafin podía intervenir la entidad. Todos buscaron un compromiso de Fogafin para que les daría un margen de flexibilidad para cumplir la deuda en un escenario pesimista. Pero eso no se le podía garantizar a nadie. Además, Granahorrar debía recapitalizarse con $150.000 millones.



Finalmente, nadie se le midió a la tarea y a Carrizosa sólo le quedó la opción de entregar las acciones en dación de pago a sus principales acreedores (Bancafé, Corfivalle, Banco Ganadero, BanColombia, Banco Popular, Banco Superior, Interbanco, Comercia, Findesarrollo, Banco Santander y Banco del Estado).



Pero el acuerdo abortó el 2 de octubre, pues Carrizosa consideró que las exigencias de los bancos eran inaceptables. Entre ellas se encontraba que el precio de las acciones sería el 50% de su valor intrínseco, y que debía entregar un paquete de acciones adicional, que estaba en reserva, el cual se distribuiría proporcionalmente entre todos los acreedores. Carrizosa prefirió rechazar la oferta y aceptar las consecuencias. Granahorrar fue oficializada mediante la resolución 002 de Fogafin. De inmediato, el gobierno ordenó su capitalización en $157.000 millones.



Ganadores y perdedores



La oficialización aseguró el respaldo para los depósitos del millón y medio de ahorradores de Granahorrar. Ellos salen ganando con la medida.



Pero para los demás participantes en el drama, el balance no es tan inequívoco. Carrizosa es, por supuesto, el gran perdedor, pues ya no tiene la propiedad de Granahorrar y al mismo tiempo se quedó con la deuda. Sin embargo, hay otro ángulo: los bancos perdieron la garantía sobre la deuda. Ellos seguramente iniciarán nuevos procesos sobre otras propiedades de Carrizosa, pero serán nuevos pleitos, en los cuales el deudor gana tiempo. Además, siempre le queda la posibilidad de entrar en un concordato.



Para los bancos la situación es más difícil de evaluar. Por un lado, perdieron la garantía sobre la deuda y, en consecuencia, deberán provisionarla. Por otro lado, para ellos el impacto de la situación no se limita a un negocio en particular, pues también había que sentar un precedente para otros deudores. El precedente que escogieron los bancos fue el de la dureza. Están apostando a que, hacia el futuro, no serán muchos los que, como Carrizosa, deseen llegar hasta las últimas consecuencias.



Para Fogafin, el balance también tiene puntos buenos y malos. Por el lado positivo, la entidad se comportó como un agente coherente a lo largo de todo el proceso, siguiendo su mandato legal y actuando como un facilitador de soluciones basadas en el mercado. El aval que Fogafin entregó a Granahorrar en julio fue una acción dirigida a dar tiempo para encontrar una salida. Puesto que ésta no se produjo en el tiempo adecuado, procedió con la oficialización. Por el lado negativo, sin embargo, el Fogafin se encuentra con que la casi totalidad de su patrimonio ha quedado comprometida en las diversas operaciones de apoyo a entidades en las que se ha involucrado. Su director, Francisco Azuero, ha dicho que la entidad tiene un amplio margen para endeudarse en el mercado nacional e internacional, pues hoy no tiene deuda. Pero es difícil de creer que unas captaciones por parte de Fogafin puedan ser exitosas, a menos que esté dispuesto a pagar una fuerte prima de riesgo por los recursos.



Por otra parte, al quedarse con Granahorrar, Fogafin se ha hecho a un activo de buena calidad. La entidad ha quedado libre de su mayor deuda y sus indicadores financieros son buenos. Este activo podría servirle para apalancar sus operaciones futuras.



Hacia adelante, el gobierno tiene que actuar en dos frentes. Debe ampliar la base patrimonial de Fogafin, para tener el músculo necesario de llegar a presentarse de nuevo una situación como ésta. Pero tener la fuerza no debe ser equivalente a garantizar su uso, pues eso llevaría a las entidades a descargar su responsabilidad en el Fondo. Eventualmente, Fogafin deberá permitir que alguna entidad en problemas se vaya a pique.



Por otro lado, el gobierno debe acelerar el tránsito de la reforma financiera en el Congreso, pues ella afina los instrumentos de intervención en poder de las autoridades y les permite acelerar los procesos de salida de las entidades. En el actual entorno de crisis internacional, la velocidad de la actuación tiene más importancia que nunca. Si algo demuestra el caso de Granahorrar es que cuando la indefinición se apodera de una entidad, el mercado dicta su sentencia en muy corto tiempo. El costo de la demora en encontrar una solución será cada vez más alto.
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