| 10/1/1993 12:00:00 AM

Déficit inflacionario y revaluacionista

La discusión entre revaluacionistas y devaluacionistas debe centrarse en el peligroso déficit fiscal que se avecina.

Recientemente se ha presentado un interesante debate en torno a cuál es el manejo cambiario más apropiado para Colombia. En el mismo han participado académicos, consultores, funcionarios públicos y dirigentes gremiales.

En un extremo están quienes claman porque se mantenga la competitividad de las exportaciones, devaluando para compensar por inflación (y que podemos llamar devaluacionistas). En el otro están quienes consideran que la política cambiaría debe coadyuvar a la reducción de la inflación ( los revaluacionistas). Los primeros acusan a los segundos por ser obsesivos en la lucha contra la inflación, al punto de mostrar insensibilidad con el sector exportador. Los segundos atacan a los primeros por querer favorecer a los exportadores, que son pocos, con políticas inflacionarias que nos perjudican a todos.

Para poner la disputa en perspectiva, tengamos en cuenta lo siguiente: (i) la evidencia empírica internacional es contundente, y la nacional bastante diciente, respecto a que, en el largo plazo, las economías crecen más entre más baja sea la inflación; (ü) todos los estudios sugieren que las exportaciones colombianas dependen positivamente de la tasa de cambio real (TCR); (iii) el ritmo de devaluación es un determinante importante de a la inflación, pero, no el único.

Los tres aspectos mencionados confluyen a que es fácil alcanzar consenso en torno a que sería deseable una TCR competitiva, a niveles de inflación bajos (nirvana). Para una TCR dada, todos preferimos una inflación baja a una alta; para una inflación baja, todos preferimos que la TCR sea competitiva a que no lo sea. Es claro que ni los devaluacionistas son amigos de la inflación ni los revaluacionistas enemigos de los exportadores.

El problema radica en que en estos momentos el país tiene una TCR adecuada (un índice cercano a 100), pero con una inflación alta. Los devaluacionistas consideran que bajar la inflación utilizando activamente el manejo cambiario puede eventualmente llevarnos a nirvana, pero con una inaceptable reevaluación real en el camino. Los revaluacionistas consideran a ésta última como un costo que bien vale la pena asumir. Coinciden en que el costo es menor entre más ajustadas estén las finanzas públicas.

Entre un extremo y otro se ha ubicado la junta Directiva del Banco de la República (JDBR). No es devaluacionista, pues ha expresado que no está dispuesta a compensar con mayor devaluación nominal ni los desatinos del sector privado al negociar generosos aumentos salariales ni un eventual deterioro de las finanzas públicas. Tampoco es revaluacionista, pues no ha utilizado intensivamente la política cambiaría para bajar la inflación. Prueba de esto último es que el ITCR ha permanecido relativamente estable (o quizás ha caído un poco si se utiliza como deflactor el IPC en lugar del IPP).

La junta, los devaluacionistas y los revaluacionistas tienen todos un terreno común. A ninguno le conviene un deterioro de las finanzas públicas. Según el informe de la JDBR al Congreso, el déficit del sector público como porcentaje del PIB fue de 0.6% en 1992 y se estima que supere 1% este año y el entrante. El Presupuesto Nacional para 1994 contempla erogaciones que superan en 27.7% a las del presupuesto de este año, a pesar de que en el del año entrante no están incluidos antiguos establecimientos públicos que pasaron a ser empresas industriales y comerciales del Estado (ISS, Telecom, Corelca, Icel y Adpostal). Si del presupuesto de 1993 se excluyen dichas empresas, para tener uno más comparable con el de 1.994,

el incremento en las erogaciones totales alcanza 53%. Ello, junto con el reciente aumento en el precio interno del café, que fue tan exagerado que dejó satisfechos incluso a los cafeteros, atenta contra la reducción de la inflación y, por lo mismo, se constituye en importante fuerza revaluacionista. Un déficit fiscal alto siempre es inflacionario. Ello es lo que ha mantenido la hiperinflación en Brasil, por ejemplo. Quizás los devaluacionistas, que quieren un ITCR alto, y los revaluacionistas, que quieren una inflación baja, deberían entonces preocuparse más por la política fiscal y menos por la cambiaría.

Para mantener la competitividad de nuestras exportaciones me parece más importante evitar un deterioro fiscal que pedir una devaluación más acelerada. Claro está, no se trata simplemente de solicitar menor déficit; es importante que la reducción del mismo sea macroeconómicamente consistente. Poco serviría que el ajuste fiscal provenga, por ejemplo, de un súbito aumento en el precio internacional del café, el cual mejora las finanzas públicas pero sirve muy poco para bajar la inflación. Hay que cuestionar el tamaño del Presupuesto Nacional; desafortunadamente, ya no hay nada que hacer con el precio interno del café. Por cierto, mientras todos los exportadores hablan de la política revaluacionista de la JDBR, todavía ninguno se ha referido a los efectos revaluacionistas tanto de las recientes decisiones de política cafetera como del presupuesto que está a consideración del Congreso. Como si la reevaluación real no fuera función de la inflación.
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