La primera mitad del año resultó tremendamente complicada e incluso sorpresiva para los mercados financieros y los inversionistas del mundo. Luego de un arranque positivo –en el cual se pensaba en una sólida recuperación mundial–, el entorno internacional comenzó a cambiar y a recrudecerse.
La crisis del norte de África y del Lejano Oriente, por las rebeliones contra las dictaduras en Libia y Egipto y el terremoto de Japón, con su posterior crisis nuclear, le imprimieron volatilidad al mercado petrolero y comenzaron a reducir las perspectivas de crecimiento mundial. Luego vino la crisis fiscal en Grecia y demás países de la zona del euro, junto con la desaceleración de Estados Unidos y su problema de endeudamiento, que dispararon los temores de los inversionistas y desplomaron las bolsas del mundo.
Con esto, los portafolios de inversión redujeron sus rentabilidades y los mejores desempeños del primer semestre provinieron de los más conservadores, que invierten más en renta fija.
El segundo semestre del año pinta igual de complicado. Por lo menos hasta que no se disipen las preocupaciones en torno a la crisis fiscal en Europa y Estados Unidos. El panorama es bastante incierto pues la solución de estos problemas depende de consensos políticos difíciles de alcanzar en periodos pre-electorales.
Si el congreso estadounidense llega a un acuerdo sobre la clase de ajuste fiscal que se debe hacer, y si no hay ningún tipo de default en Europa, el último trimestre del año debería ser bueno para las inversiones en acciones, especialmente de Estados Unidos y los emergentes. Para los más arriesgados, y a largo plazo, puede ser incluso un buen momento para comprar ante las bajas cotizaciones que han tenido las bolsas del mundo.
Sin embargo, un recrudecimiento de estos eventos podría seguir presionando los mercados a la baja, en cuyo caso lo mejor sería estar más líquidos y en renta fija a corto plazo o activos refugio.