Acciones, todo por hacer

| 2/2/2001 12:00:00 AM

Acciones, todo por hacer

El desarrollo del mercado de valores es indispensable para que Colombia vuelva a tener la inversión que necesita. La coyuntura de los próximos años favorecerá su desarrollo.

El pasado

El mercado de acciones en Colombia es uno de los más pequeños del mundo en comparación con el tamaño de la economía.



A pesar de innumerables diagnósticos, la situación no ha cambiado en las últimas 3 décadas.



El futuro



Una mezcla de cambios en la legislación, autorregulación privada e iniciativas empresariales

podría hacer despegar el mercado.



Hay demanda por papeles, como lo demuestran las emisiones de Aval e ISA.



El mercado es indispensable para reducir el costo de capital en Colombia.



El desarrollo del mercado de capitales es uno de los temas con mayor futuro en Colombia. Así ha sido siempre, pues llevamos 30 años hablando del desarrollo futuro del mercado de capitales y la promesa siempre queda para después. En el mundo entero, los mercados se transforman, millones de personas se enriquecen en las épocas de auge bursátil para arruinarse luego cuando llega la depresión. Pero en Colombia, nada.



El mercado de acciones de Colombia no solo es uno de los más pequeños del mundo en comparación con el tamaño de la economía, sino que permaneció inmutable durante las grandes transformaciones internacionales de la década de los 90. Mientras fueron muchos los mercados de valores del mundo en desarrollo que adquirieron profundidad y liquidez en ese período, en Colombia la situación permaneció sin cambios. España y Malasia crecieron vertiginosamente, pero aquí no se vio nada de eso. A veces, parece que no vale la pena seguir insistiendo en el tema.



La verdad es que la necesidad de un mercado de acciones que permita llevar recursos de los inversionistas hasta las empresas es más apremiante que nunca. La inversión privada en Colombia equivale hoy al 47% de la que teníamos en 1996. El elevadísimo costo del capital en Colombia nos resta competitividad en forma dramática, pues mientras que la tasa de interés activa en este país se acerca a los 20 puntos reales, en Estados Unidos una empresa se puede financiar con bonos de largo plazo al 2% real. Y no hay forma de que nuestro debilitado sistema bancario pueda apalancar la recuperación de la inversión en los montos en que se requiere. La cartera comercial del sistema bancario cayó un 13% real en el año 2000. La inversión extranjera directa no es salida, pues está llegando a cuentagotas. Si este no es el momento de tomar decisiones de fondo, no se entiende cuándo podría ser.



La evidencia muestra que en Colombia hay demanda por papeles empresariales de renta variable. El interés que despertaron las emisiones de acciones del Grupo Aval e ISA entre los pequeños accionistas confirma que existe en Colombia un grupo potencialmente importante de pequeños inversionistas que querrían colocar su dinero en instrumentos de inversión de riesgo.



Y para rematar, los factores que durante 30 años de diagnósticos fueron identificados como causantes del enanismo de nuestro mercado han desaparecido. La doble tributación, la deducibilidad del componente inflacionario de la deuda y la prevalencia del crédito de fomento fueron eliminados. Aparecieron, además, elementos nuevos como los fondos de cesantías y pensiones. Pero, a pesar de todo, el mercado no ha despegado. ¿Por qué motivo las cosas tendrían que ser diferentes hacia adelante?



Cambio de escenario



Hay una explicación sencilla de nuestro escaso desarrollo bursátil, sobre la cual los analistas pasan rápido porque no se ve fácil lograr un cambio: el mercado no despega porque quienes deberían ser los más interesados realmente no quieren que despegue. A los empresarios colombianos no les gusta el mercado de acciones. La transparencia que exige un mercado de valores auténtico no empata bien con las tradiciones del medio. No les gusta la idea de vivir presionados por divulgar información de sus empresas, porque les preocupa que llegue a manos de Tirofijo, la Dian, los competidores, los socios minoritarios y otros empresarios que quizás podrían hacer las cosas mejor que ellos.



El mundo, sin embargo, sí está cambiando. Y lo hace a gran velocidad. La transparencia en la información sobre las empresas ya no es simplemente un requisito para participar en el mercado de capitales; es condición insalvable para competir en un mundo globalizado. Los grandes compradores internacionales exigen acceso a información creciente sobre las empresas locales, para permitir que estas hagan parte de sus cadenas de suministro. Los socios en potenciales alianzas exigen información exhaustiva para involucrarse. Los procesos de calidad, esenciales para cumplir estándares mínimos de desempeño, implican que un volumen sustancial de información sobre la marcha de las empresas esté disponible para todos los involucrados. La tendencia hacia la transparencia en los negocios avanza sin parar. La creciente velocidad de las decisiones no puede aceptar otra cosa.



Si ese va a ser el entorno competitivo de esta década, hay que prepararse. En los años próximos, más y más empresas se van a hacer una pregunta obvia: si la transparencia de todas formas va a ser una exigencia del mercado, ¿por qué no apalancarse en ella para obtener capital y acelerar el crecimiento? El costo de los viejos hábitos será cada día mayor, pues la oposición a exponerse ante el mercado accionario va a ser interpretada en forma creciente como señal de falta de competitividad internacional.



Ese futuro de sinceridad y transparencia en la información empresarial no es lejano. Por el contrario, la crisis económica acelera su llegada inevitable. Si algo permitió que las empresas colombianas pudieran darse el lujo de eludir el mercado de acciones fue su aparente solidez a lo largo de décadas de crecimiento económico ininterrumpido. Pero la crisis del 99-2000 puso punto final a esto, pues demostró la fragilidad de sus condiciones reales. Los precios de las empresas tienen que bajar para hacerse acordes con esta situación, hasta el punto en que haya una rentabilidad de mercado para quien quiera comprarlas. Solo así podrán atraer la inversión que les permita crecer. No existen hoy, sin embargo, mecanismos expeditos para llegar rápidamente a los nuevos precios. Se necesita urgentemente un mercado de valores que cumpla esa función.



Para avanzar



El mercado de acciones despegaría si hubiera una confluencia de intereses empresariales decidida a lograr este objetivo. El gobierno debe renovar la legislación respecto al tema, esto es cierto, pues esta aún permite abundantes conflictos de interés en los intermediarios, que actúan a la vez en beneficio de los vendedores y los clientes. La legislación debería fortalecer los derechos de los accionistas minoritarios y acelerar el desarrollo de la infraestructura del sector.



Pero el punto más importante está en las decisiones de los propios empresarios. La absurda resistencia de las bolsas colombianas a unificarse es solo una muestra de falta de espíritu y visión. El empuje del sector privado es reconocido hoy como uno de los factores indispensables para el éxito en el despegue de un mercado de acciones. Esto va mucho más allá de tener empresas dispuestas a inscribirse en la bolsa. Se requiere tener un sector empresarial que asuma la iniciativa en el diseño de mecanismos que amplíen la apertura informativa y protejan los intereses de los inversionistas.



La autorregulación es el gran descubrimiento mundial de la década de los 90 en las bolsas de valores del mundo. Los inversionistas internacionales no quieren ver en todos los países unos esquema de regulación copiados de Wall Street. Quieren ver en cada lugar una iniciativa empresarial tan seriamente dedicada a atraer el capital internacional, que sea capaz de diseñar mecanismos autóctonos de protección a los intereses de los inversionistas. Ese tipo de iniciativa de ambición global es lo que nos ha estado faltando, porque no hemos tenido los empresarios que estos cambios requieren. Nuestro propio sector privado tiene que decidir si aspira a ponerse el pantalón largo algún día, para que una economía del tamaño de la colombiana pueda reclamar el puesto que le corresponde en el mercado internacional de capitales.
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