| 4/29/2005 12:00:00 AM

Desde la academia

Las universidades se enfrentan al problema de medir el efecto de las políticas públicas de empleo.

Desde la academia
"Este era un tema de abogados y ahora infortunadamente nos metimos los economistas", dice Alejandro Gaviria, investigador de la Universidad de los Andes, refiriéndose a la evaluación de las normas laborales. ¿Modestia profesional? Tal vez sí, porque la llegada de esta disciplina a la discusión trajo un elemento crucial: la medida.

Medir el impacto de la ampliación de la jornada diurna de 6 de la tarde a 10 de la noche y la reducción del recargo por festivos y dominicales sobre la generación de empleo no es sencillo. Desde cuando se implantó la norma al final de 2002, las empresas, en especial las exportadoras y las de mayor tamaño, han aumentado sus ventas. Por eso, el reto de los investigadores es establecer cuántos de los empleos que se crearon en 2003 y 2004 se produjeron para atender el incremento de las ventas y cuántos por la reforma laboral.

Hugo López, economista de la Corporación Cide, estableció que la reforma de 2002 generó 260.000 empleos. La cifra sale de encontrar el aumento de la sensibilidad del empleo a cambios en el PIB urbano y el salario no calificado (la elasticidad producto y precio del empleo), antes y después de la reforma.

El método de López no permite distinguir el efecto de los diversos factores de la reforma, pero cree que la mayor parte viene de la extensión de la jornada diurna y de la reducción de recargos en domingos y festivos. Se apoya en una encuesta de la Andi, en la que algo más del 75% de los entrevistados mencionó estas dos modificaciones como las que más efecto tuvieron sobre sus empresas. "La disminución de los costos de despido y la extensión de aportes parafiscales parecen haber tenido una importancia secundaria", agrega López.

Alejandro Gaviria encuentra que la reforma pudo haber ayudado a disminuir el subempleo y a incrementar la contratación de aprendices. Sin embargo, no encuentra un resultado sustancial sobre la generación y la formalización del empleo (15.000 empleos nuevos en el sector de servicios). "Los efectos de algunas medidas parecen ser más redistributivos que de ganancia de empleo", argumenta Gaviria.

Jairo Núñez, economista de la Universidad de los Andes, estableció que la reforma aumentó en 6% la probabilidad de encontrar empleo en el sector formal y que este resultado fue mayor entre los jóvenes y las personas no calificadas. Esto podría traer consecuencias buenas sobre la distribución del ingreso. También aumentó la duración del empleo. En los sectores de servicios se redujo la probabilidad de despido cerca de 25% y en comercio e industria la probabilidad bajó 10%. "Esto representa la no destrucción de 30.000 empleos", dice.

En la misma línea, Verónica Amarante y Rodrigo Arim, consultores del Banco Mundial, señalan cómo la reforma tuvo efectos positivos sobre la probabilidad de empleo y el nivel de remuneraciones promedio, lo mismo que habría desincentivado el trabajo informal. Las horas promedio de trabajo por ocupado también habrían disminuido.

Stéfano Farné, economista del Externado, critica los métodos de los trabajos anteriores y concluye que "la reforma tuvo un efecto positivo pero de pocos millares de empleos". Afirma que teóricamente se puede identificar el efecto positivo de la reforma, pero que es muy difícil hacer una medición precisa porque hubo demasiados cambios en el entorno. "No hay un instrumento que limpie eso", añade. Sin embargo, no es amigo de dejar las cosas sin cuantificar, porque de lo contrario se adoptaría una posición política que califica de peligrosa. Hay que monitorear de cerca los programas, recomienda.
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