| 9/19/2003 12:00:00 AM

¿Quién va a financiar el crecimiento?

Necesitamos un sector financiero más eficiente, capaz de financiar el crecimiento económico a un bajo costo. No estamos avanzando a la velocidad deseada.

Cuando se piensa en cuáles son las perspectivas de crecimiento de las empresas colombianas hacia los próximos 10 años, obligatoriamente se llega a un punto crítico: el sector financiero. No tenemos en el país un sistema capaz de irrigar crédito en proporción suficiente para abastecer las necesidades de crecimiento de las empresas. Nunca lo hemos tenido, pero -además- la crisis financiera de finales de los 90 nos hizo perder mucho terreno. Si queremos desarrollo empresarial, Colombia debe comprometerse con el desarrollo de un sector financiero capaz de financiar el crecimiento a un costo competitivo. Para que esto sea posible, es indispensable aumentar la eficiencia, tanto desde la perspectiva de la regulación como desde la perspectiva de las entidades mismas.

No basta con que las entidades decidan que van a prestar recursos a un menor precio. Tiene que haber una decisión de política para que el esfuerzo no se quede cojo. En Colombia esto aún está lejos de suceder.

A raíz de la crisis financiera de 1999 y de la decisión del gobierno de sanear la banca pública, el sector financiero ha sido gravado fuertemente, lo cual ha aumentado sus costos y encarecido el crédito. El saneamiento del sector costó $12,1 billones, de los cuales el 95% fue utilizado en la banca pública y tan solo unos $600.000 millones en préstamos para la banca privada, garantizados por capital de las empresas. No obstante, los recursos para financiar este costo han salido del propio sector. Así, el impuesto a las transacciones financieras del 2 x 1.000, que se estableció de manera temporal, luego fue aumentado a 3 x 1.000 y declarado permanente. Igualmente se establecieron una serie de inversiones forzosas y se optó por una menor remuneración al encaje.

Pero estas no son las únicas cargas. Hay problemas de orden jurídico y de información que aumentan el riesgo crediticio para las entidades y, por ende, el costo para los clientes. La recuperación de garantías es muy lenta, más de seis años, con costos de oportunidad muy altos para las entidades y hay muy poco apoyo para la operación de las centrales de riesgo, cuando esta es una herramienta clave para acabar con la cultura de no pago. De hecho, el proyecto de ley que se presentó al Congreso para fortalecer las centrales de riesgo fue retirado posteriormente, bajo el argumento que atentaba contra la integridad de las personas.

La ley 550 de reestructuración financiera tampoco ayuda, pues es una ley pro deudor y en contra del acreedor. No obstante, no se ha avanzado en una nueva ley que la reemplace y que se adecue más a las necesidades.

La inseguridad también es un problema. Si en Colombia se le apuntara a la eficiencia exclusivamente, solo podría haber oficinas en Bogotá, Cali y Medellín, pues la distribución del efectivo se ha vuelto muy costosa por razones de seguridad. Las pólizas han subido más de 200% en los últimos años y es necesario llevar el efectivo en helicóptero a muchas zonas del país. Esto sin mencionar los deudores morosos en las zonas que han sido tomadas por la guerrilla o las autodefensas.

Todo este tema del entorno, que afecta la eficiencia del sector financiero, se entiende muy bien cuando se analiza la experiencia de la banca extranjera. A raíz de la apertura del mercado de capitales, llegaron varios bancos extranjeros que se caracterizan por operar a muy bajo costo en sus países de origen. Sin embargo, operan a costos muy similares a los de todo el sistema financiero y, peor aún, fueron afectados por la crisis financiera, igual que cualquier banco local.

Desde la perspectiva de las entidades mismas también hay mucho por hacer, sobre todo en el tema de servicios. Si, por ejemplo, el mercado de capitales se desarrolla para financiar proyectos de inversión de largo plazo, el sector bancario necesariamente tendrá que replantear su negocio y evolucionar de una banca dedicada al crédito hacia una más enfocada en servicios. Este es el caso de Estados Unidos, donde los bancos grandes se han convertido en bancos de inversión que asesoran a las empresas para sacar las emisiones de títulos al mercado y ofrecen servicios de cobertura. Esto les permitiría, además, obtener mayores recursos, sin el costo que implica el fondeo.

Los bancos solo pueden estar en el mercado de crédito a corto plazo, máximo cinco años. El crédito de más largo plazo necesariamente tiene que ser del mercado de capitales, porque un balance de un banco no aguanta una financiación a más años, por el costo del fondeo. La solución de los bancos colombianos para subsanar ese desfase ha sido transferir el riesgo de intereses a las empresas. El riesgo es que ocurra lo mismo que les pasó los deudores hipotecarios en la crisis de 1999, cuando el esquema colapsó y vino una insolvencia masiva entre los deudores.

El sector financiero también tendrá que trabajar en la bancarización de los clientes. La formalización de las empresas y de las personas es una necesidad apremiante. Esto es posible vía un mejor manejo del riesgo crediticio. En este sentido, la implementación del SARC, el Sistema de Administración de Riesgo Crediticio, es un gran avance.

Colombia tiene un sector financiero sólido, que salió relativamente bien parado de una crisis tan dura como la que vivió en 1999. Sin embargo, la penetración del crédito en la economía del país tiene que ser muy superior a la actual, si queremos que las empresas y el país crezcan.
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