La paciencia se acabó

| 5/12/2000 12:00:00 AM

La paciencia se acabó

El gobierno perdió su margen de maniobra económica. Si no actúa rápido, se podría desatar la peor crisis económica en la historia del país.

Mientras que en el país se debate si el dólar y los spreads se dispararon por las amenazas de la guerrilla o por la crisis política, los mercados están llegando peligrosamente a la conclusión de que los 4 años del gobierno de Pastrana podrían perderse en materia económica. Frente a esta posibilidad, los inversionistas externos y locales están liquidando sus posiciones en activos colombianos para pasarlas a dólares, limitando la posibilidad de diferir el ajuste. ¿Qué podría atajar esta tendencia? Unicamente la decisión del gobierno de acelerar la reducción del hueco fiscal, hoy convertido en una bomba de tiempo. Un ajuste sustancial del tamaño del sector público sería la única señal para recuperar la muy perdida credibilidad de las autoridades económicas y de los mercados de crédito para Colombia. El discurso del gobierno está gastado y los mercados no quieren oír de más promesas que nunca se llevan a cabo. La paciencia se acabó.





Una bomba de tiempo



Para nadie es un secreto el tamaño del hueco fiscal del gobierno central, cercano al 8,0% del PIB en este año, y la imposibilidad de seguirlo financiando interna o externamente. Sin reformas y sin la voluntad política del gobierno para reducir el gasto, en el mediano plazo el país no es viable económicamente.



El crecimiento de la deuda pública desde mediados de los 90 fue desmesurado, especialmente en los dos últimos años. Pobre disculpa tienen aquellas que encuentran bajo el stock de deuda frente al PIB -35%- comparado con otros países. El crecimiento de la deuda en más de un 22% real por año es verdaderamente explosivo. El problema de la deuda no se mide en relación con el PIB sino al ahorro interno, y allí la deuda colombiana es una de las más altas entre los países en desarrollo. Con semejante crecimiento, el país no está enfrentando seriamente el problema de la deuda, sino por el contrario echándole leña al fuego. Según lo ha ilustrado Liliana Rojas, del Deutsche Bank, el gobierno, con la complacencia del FMI, ha fallado en diagnosticar la insostenibilidad de la deuda pública colombiana y actuar en consecuencia.



Esta es la deuda que se conoce e incorpora en las cuentas. Pero, además, el gobierno todavía tiene por resolver el problema de la banca pública que le va a costar unos $2 o $3 billones adicionales y el de la deuda territorial que al 31 de marzo valía $7,8 billones. A esta situación ya de por sí crítica, el gobierno le va a sumar este año deuda interna por $2 billones más y deuda externa por US$1 billón. Al igual que sucede con las empresas con deuda insostenible, los países muy endeudados también se quiebran e incumplen sus pagos. Esto lo están viendo las calificadoras y por ello todas han anunciado que revisarán la calificación de riesgo de Colombia.



Se perdió el momentum



Las cosas iban bien hasta hace poco o al menos así lo percibían los mercados. Se hizo el acuerdo con el FMI, la recuperación de la economía estaba empezando y se anunciaron las reformas económicas para solucionar los problemas fiscales. Los inversionistas estaban volviendo a creer en al país. Inclusive, cuando Juan Mario Laserna, el director de Crédito Público, anunció que las privatizaciones se demorarían y que saldría a emitir más bonos, los mercados no lo tomaron a mal. Un país en recuperación y con los ajustes necesarios para evitar una hecatombe en la deuda no tendría problema para colocar una nueva emisión de bonos.



Todo esto cambió a raíz de los acontecimientos políticos de las últimas semanas. Los indicadores de confianza en el país se voltearon y la lectura que ahora tienen los mercados sobre Colombia cambió radicalmente. La recuperación de la economía no solo podría demorarse sino embolatarse, con lo cual la probabilidad para los inversionistas de obtener rendimientos atractivos sobre sus activos con la recuperación es cada vez más reducida.



Con los hechos de las últimas semanas, el mercado externo de bonos desapareció para Colombia. Es lo que el economista Guillermo Calvo ha llamado un Sudden Stop: el financiamiento desapareció. La restricción de financiamiento es compatible con una nueva tasa de cambio de equilibrio, cuya dinámica ha comenzado a manifestarse en el mercado cambiario. No hay que sorprenderse. La gente hace cuentas y se anticipa. Si el gasto no solo se mantiene sino que aumenta, el ahorro interno no alcanza y el externo está costoso y difícil de conseguir, lo más seguro es que el nuevo equilibrio requiera mayores tasas de interés o mayor tasa de cambio, en una combinación que depende de la respuesta de política.



¿Qué puede pasar?



El virtual y rápido cierre de los mercados de bonos indica simplemente que el gobierno se quedó sin margen. El ajuste que antes del referendo se podía hacer de manera gradual ahora tiene que hacerse mucho más rápido, dando señales más fuertes para convencer a los mercados de que Colombia sí, por fin, habla en serio. Esto es aún más cierto ahora que, al retirar el referendo del Congreso y lanzarlo al pueblo, el nuevo Congreso seguramente va a tomar aún más tiempo para entrar en operación. En este escenario, el gobierno ya no puede seguir como va, y la economía solo tiene dos caminos: o el mercado hace el ajuste, o el gobierno lo anticipa.



Si el gobierno sigue como va...



El gobierno, interpretando como irracional y temporal el cierre de los mercados en Wall Street, puede insistir en el ritmo de gasto que trae y buscar financiamiento de emergencia. El gobierno podría acudir a un crédito upfront, con una emisión externa de bonos garantizados por las entidades multilaterales. O también podría conseguir, con la unanimidad del voto de la Junta, que el Banco de la República lo financie. El gobierno podría conseguir tiempo, aunque solo para sí mismo y agravando la restricción de recursos externos para el sector privado. El aumento adicional de la deuda limitaría aún más el acceso a recursos en el mediano plazo. En el caso del financiamiento monetario del déficit, es posible que en el corto plazo no se perciban mayores dificultades: las tasas de interés subirían poco, y la tasa de cambio y la economía se estabilizarían. En el 2001, el panorama sería fatal: la emisión conduciría a un aumento de la inflación, y el desajuste externo conduciría a una contracción de 3 ó 4 puntos del PIB en los próximos 12 meses. Posponer el ajuste con cualquier modalidad de financiamiento conduce a un esquema explosivo e insostenible.



El mercado hace el ajuste



Si el gobierno sigue creyendo que la recuperación continúa en camino, que los mercados de Wall Street se manejan con una sonrisa y decide no adoptar una verdadera política de ajuste, lo más probable es que el mercado le haga el ajuste. La inacción del gobierno podría aumentar la reacción negativa que sobre el país ya tienen los mercados. Las agencias calificadoras de riesgo volverían a bajar la calificación al país, los spreads aumentarían aún más y el gobierno no encontraría quién lo financie en el exterior. El flujo de capital externo se reduciría aún más ­tanto en inversión directa como de portafolio­ y el gobierno se vería en dificultades para atender sus obligaciones externas. Sin financiación previsible, la economía se ajustará a una nueva combinación de tasas de cambio y actividad económica. Sin financiamiento, el ajuste cambiario se haría con gran rapidez, pero a costa de una gran recesión. El PIB podría contraerse 2 puntos en los próximos 12 meses. Y ante la restricción de financiamiento, es posible que la tasa de cambio se sobreajuste, llegando en pocos meses a los $2.400.



La modalidad del ajuste del mercado cambiaría según la política monetaria. Desde septiembre del 99, el precio del dólar lo fija el mercado, sin que el Banco de la República intervenga para defender la moneda. Si la oferta excede la demanda, el dólar baja y, al contrario, si la demanda excede la oferta, el dólar sube. La herramienta que tiene el Banco de la República para evitar una corrida cambiaria es el manejo monetario. Si responde al ataque cambiario restringiendo la liquidez, subiría las tasas de interés. Pero los bancos locales tienen muchos TES, que siempre se vuelven redimibles, proveyendo liquidez para comprar dólares. Esto es exactamente lo que pasó en México cuando el Tequilazo. Ante la falta de un panorama claro, podría pagarse casi cualquier precio con tal de salirse del país. Si el Banrepública actúa inconsistentemente en contra del mercado, las tasas de interés podrían dispararse y el dólar, finalmente, devaluarse también en un 100%. El crecimiento sería nulo y la inflación podría llegar a un 25 ó 30%.



El gobierno decide,por fin, ajustarse



Ante el cierre de los mercados privados de bonos, y la amenaza cambiaria que ello significa, la salida racional que le queda al gobierno es, por iniciativa propia, una enorme reducción del gasto público, hasta hacerlo compatible con los ingresos. En lugar de la combinación que se ha propuesto, de confiar en el mantenimiento del 2 x 1.000, y hacer un recorte por $1,1 billones al tiempo que hace una adición de $2 billones, de lo que se trata es de generar un recorte de $2 billones en el presupuesto actual, y anunciar una meta de reducción de gasto en el presupuesto del 2001 de 1,5 ó 2 puntos del PIB, emprendiendo simultáneamente una profunda reforma en la estructura del Estado central. Con base en una emergencia económica, podrían anticiparse algunos de los beneficios de corto plazo de las reformas estructurales que han sido aplazadas. Aunque estas son decisiones difíciles y no muy populares son el camino macroeconómico más seguro y es además el que están esperando los mercados. Al reducirse las necesidades de financiamiento del gobierno, se le abre espacio al sector privado y, por tanto, a la reactivación, la inversión y el empleo. La economía mantiene la recuperación que trae, crece entre 1,5 y 2% en el 2000, las tasas de interés y de cambio se estabilizan alrededor del 15% y $2.150 por dólar, respectivamente.



Y, ¿entonces?



Los mercados internacionales están hablando en serio. Y es mejor que el gobierno comience a tomarlos también en serio. En este momento definitivo de cambio político, las decisiones económicas no pueden demorarse ni pueden ser tibias o vacilantes, porque la crisis se profundizaría. Para las nuevas autoridades económicas, con nuevos rostros o con nuevo espíritu después del reajuste ministerial, ya pasó el tiempo de seguir echándoles la culpa de los problemas al gobierno anterior, al Congreso o al Mono Jojoy. Tienen verdaderamente el futuro del país en sus manos.
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