| 9/17/2004 12:00:00 AM

Inmigrantes. Profetas en esta tierra

Extranjeros llegados a Colombia conformaron muchas de las mayores empresas del país. ¿Quiénes fueron?

Colombia, a diferencia de naciones como Argentina, nunca abrió realmente sus fronteras a los inmigrantes. Pocos extranjeros llegaron al país a establecerse definitivamente, pero muchos de ellos desarrollaron negocios que hicieron avanzar al país en materia empresarial. Estos son algunos ejemplos del empuje de los recién llegados.



Las cadenas comerciales de Held

El alemán Adolfo Held, siguiendo con la tradición de alemanes empresarios iniciada por Juan Bernardo Elbers a principios del siglo XIX con la navegación por el Magdalena y fortalecida luego por el comerciante Geo van Lengerke y por Leo Kopp en 1885 (ver artículo sobre Bavaria), se estableció en la Costa Atlántica colombiana en 1880. Inició una agitada vida de negocios en actividades como la ganadería, la exportación de tabaco y otros productos agrícolas, la importación de productos alemanes al país, la banca comercial, el transporte fluvial y creó la primera cadena nacional de almacenes: Helda. Fue representante, entre otros, de la Compañía Alemana de Vapores, de seguros Hamburgo-Bremesa y de bancos con sede en Londres y Nueva York.

Sus negocios le dieron grandes ganancias hasta la Primera Guerra Mundial, cuando la economía alemana se estancó. Abandonó entonces el comercio entre Alemania y Colombia y se concentró en el comercio nacional. En este momento, fundó el almacén Helda en Manizales. Siguieron sedes en Barranquilla (1921), Cali (1923), Pereira (1924), Buenaventura (1927), Girardot (1929) y Cartagena.

La Segunda Guerra Mundial produjo la detención en Fusagasugá, de los ciudadanos alemanes que aparecían en una 'lista negra' de Estados Unidos. Así, mermaron las actividades comerciales de Held y sus descendientes, tras el cierre de sus almacenes y su casa de representaciones.



Los siriolibaneses

Otro importante grupo de inmigrantes en Colombia fue el de los siriolibaneses. Discriminados por el gobierno del Imperio Otomano, miles de cristianos católicos y ortodoxos huyeron de su tierra con la intención de ir a un lugar donde pudieran vivir en mejores condiciones económicas. Muchos intentaban ir a Estados Unidos, pero algunos que no podían llegar, debían buscar otros destinos y Colombia fue uno de ellos.

Los siriolibaneses comenzaron a llegar al país desde 1880, en particular a Barranquilla. Otras familias se fueron a poblaciones del Caribe, y en menor medida, a Bogotá. Sin conocer el idioma, encontraron una buena posibilidad de trabajar en ventas ambulantes. Vendían en las calles de Barranquilla mercancía variada y cuando prosperaban, abrían almacenes. Ya para 1900, hay anuncios en prensa de Cartagena y Bogotá sobre "turcos" -como se les denominaba-, que anunciaban sus productos.

Estos primeros inmigrantes trajeron familiares y amigos con la intención de conseguir ayuda para sus negocios. Muchas veces, les enviaban el dinero o un pasaje, con la condición de que al llegar, se ocuparan del negocio para devolver el dinero a su pariente.

La asimilación de los siriolibaneses ha sido mayor que la de otros inmigrantes en Colombia. Crearon empresas comerciales muy importantes, entre las que se cuentan Supertiendas Olímpica (ver artículo de Olímpica) y Neme Hermanos (ver artículo sobre Chaid Neme).



Judíos polacos: un gran aporte a la economía

Para la década de 1920, en Colombia prácticamente no existía el crédito personal y la gente de bajos recursos tenía poco o ningún acceso al mercado de bienes manufacturados. Esa situación cambió con la llegada de los judíos polacos.

A mediados de ese decenio, llegó la primera oleada de inmigrantes judíos asquenazíes (judíos de Rusia y Europa Central), en su gran mayoría provenientes de Zelechów, Polonia, y establecieron sus primeras comunidades en Barranquilla, Medellín, Cali y Bogotá. Venían huyendo de las pésimas condiciones materiales y del antisemitismo. Llegaban a Colombia sin papeles ni recursos económicos; muchos tenían que pedir dinero prestado a familiares o amigos para poder pagar el pasaje del barco.

En su tierra natal se dedicaban a oficios artesanales, como la sastrería, la peletería y la zapatería. En Colombia pretendían ejercer su oficio, pero sin conocer el idioma y con muy poco capital, optaron también por dedicarse a las ventas ambulantes, sector en el cual la falta de capital no constituía un problema. Además, los que llegaban a las ciudades donde había judíos establecidos, recibían ayuda de algún correligionario.

Las mercancías que ofrecían incluían paños y cobijas. Su territorio estaba en los barrios populares, donde llegaban con sus maletas llenas de mercancía, golpeando de puerta en puerta. Por eso, se llamaban ellos mismos klopers -'golpeadores' de klapn en yiddish-. Facilitaban las ventas, comprometiendo a las personas a pagar en cuotas semanales con intereses que variaban según el artículo.

Cuando la situación económica de esos vendedores mejoró, abrieron almacenes de telas y paños importados y pequeñas fábricas. Gran parte de estos almacenes estaban localizados en Bogotá sobre la carrera Séptima, entre las calles 13 y 22.

La venta a plazos tuvo gran importancia en el desarrollo de la economía nacional. Para Santiago Montenegro, este sistema fue clave en la apertura del mercado nacional, especialmente para los textiles de fabricación local, a los sectores más humildes y más numerosos de la sociedad. El sistema de venta a plazos de los polacos fue el precursor del crédito personal en Colombia.



"El inmigrante debe ser un productor"

A pesar de que los inmigrantes se sentían a gusto en el país, la reacción del comercio hacia estos vendedores a plazos no fue buena, pues los veía como una amenaza, dado que monopolizaban la clientela de los sectores más pobres. Por eso en más de una ocasión el comercio promovió marchas que pretendían acabar con su presencia en Bogotá.

Un artículo al respecto de El Tiempo de 1938 es muy revelador. "El verdadero problema no reside en el número y la condición de los extranjeros que vienen al país, sino en las actividades que van a desarrollar. Si estas han de perjudicar directa y sensiblemente al nacional, el más elemental deber de la autoridad obliga a tomar disposiciones para impedirlo".

Los bogotanos además resentían el cobro de intereses, que los inmigrantes usaban para asegurar la viabilidad financiera de sus negocios. En un país fuertemente católico, esta práctica tenía una connotación de usura e, incluso, de acción pecaminosa.

Pero más allá de las consideraciones morales o económicas, los detractores de los judíos también se molestaban por razones sociales. En la Bogotá de los años 30, los señores de la élite usaban vestidos de paño y no dejaban de incomodarse con quienes les vendían telas y paños a los sectores populares que se vestían de ruana y andaban descalzos. Algunos sectores de la opinión pública nacional se mostraban favorables a las migraciones, bajo ciertas condiciones. Esperando imitar el caso argentino, algunas facciones políticas apoyaban la iniciativa de abrir la frontera a los judíos, con la condición de que se dedicaran al trabajo agrícola. En la práctica, esa propuesta no habría funcionado jamás, pues en Europa las normas les prohibían a los judíos tener tierras. En el diario El Espectador, del 10 de junio de 1938, un funcionario de la Cámara de Comercio de Bogotá sostenía que el problema de los inmigrantes judíos a Colombia, en especial a Bogotá, no era cuantitativo sino cualitativo, pues, señala, el "inmigrante debe ser un productor, no un intermediario".

Los casos de empresarios exitosos polacos o de otra procedencia, acabaron por mostrar la torpeza de estos comentarios. Entre los empresarios están el ucraniano Morris Gutt, filántropo, fundador de Grasco y de una cadena de teatros de cine; Jaime Peisach, fundador de Hilanderías Fontibón y Multiplas, entre otros negocios; Mauricio Cassin, importador y confeccionista con la marca Manhattan; el sirio Abbot Shaio, filántropo y fundador de Sedalana.



Otros casos

En 1928, se presentó en Colombia, particularmente en Buenaventura, la primera migración de ciudadanos japoneses. Siguiendo el camino de algunos compatriotas que habían viajado a Brasil y Perú, unas pocas familias japonesas optaron por un destino más al norte. El caso de Akira Nakamura, un inmigrante japonés, es sui géneris. Conoció sobre el Valle del Cauca en Japón por haber leído La María, de Jorge Isaacs. Esta novela romántica lo conmovió hasta el punto de elegir al Valle como su destino suramericano. Detrás de Nakamura, la colonia japonesa se concentró en ese departamento y se dedicó a la agricultura, trayendo importantes avances en esta materia al país. Utilizaron sistemáticamente tractores y aumentaron considerablemente la producción cerealera.

La migración española a Colombia de los siglos XIX y XX fue escasa, pero a comienzos del siglo XX, personas como Evaristo Obregón en textiles o José Carulla en comercio (ver artículo sobre Carulla), transformaron el panorama empresarial colombiano.

Los italianos llegaron a Colombia expulsados por la Segunda Guerra Mundial. Su llegada dio lugar a la creación de empresas importantes que hoy se mantienen, como Pastas Doria y Café Águila Roja. Pastas Doria fue fundada en 1953 en Bogotá por la familia Sesana, y Café Águila Roja en Cali por la familia Sangiovanni.

Los inmigrantes fundaron algunas de las empresas más reconocidas del país, como Bavaria, Olímpica, Carulla y Manuelita (Santiago Eder nació en lo que hoy es Letonia), e incorporaron nuevas visiones que ayudaron al desarrollo empresarial del país.
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