| 9/19/2003 12:00:00 AM

Horizonte: devaluación

El precio del dólar dependerá de la productividad de las empresas y de la disciplina fiscal del gobierno. ¿Qué esperar?

La tasa de cambio está en el corazón de la economía de cualquier país. ¿Quién no querría poder anticipar cuál va a ser el precio del dólar durante los próximos 10 años? Sin embargo, predecir el precio de la divisa es imposible e intentarlo sería pérdida de tiempo. Quizás resulte más útil tratar de entender cómo han cambiado los mecanismos con los cuales se fija el precio de la divisa, y cuáles serán las implicaciones de este cambio. Para resumirlo en una sola frase, la posibilidad de hacer "política cambiaria", como se la entendía en el pasado, está acabada. En una economía globalizada, la tasa de cambio depende del balance entre ingresos y egresos de divisas y de la solidez de las cuentas fiscales. Fin de la historia.

Esta conclusión aún no es evidente para muchos. Todavía es común escuchar que se le pida al gobierno o al Banco de la República una tasa de cambio "competitiva", como si la competitividad pudiera ser otorgada por el precio del dólar o por cualquier otra variable diferente al aumento de la productividad. Es un hábito viejo del cual es difícil separarse. Pero habrá que hacerlo y cambiar de modelo mental, o, de lo contrario, pagaremos.

En los 10 años inmediatamente anteriores, Colombia abandonó un modelo de manejo cambiario intervencionista que fue un éxito en su momento y del cual el país se sentía enormemente orgulloso. En 1993 acabó con el sistema de devaluación "gota a gota" (crawling peg), vigente desde 1968. En su lugar, optó por un sistema de bandas cambiarias dentro de las cuales debía fluctuar la moneda. Esta fue una solución de compromiso que aspiraba a permitir más libertad cambiaria y, al mismo tiempo, mantener control sobre el nivel de la tasa de cambio. No obstante, el ingreso masivo de capitales en la primera mitad de la década, que llevó a la sobrevaloración del peso, obligó a las autoridades a correr las bandas hacia abajo, con lo cual se aceptó el hecho de que no era posible evitar una revaluación de la moneda si ese era el resultado de los flujos de divisas en el mercado.

Hacia finales de la década, las cosas cambiaron radicalmente. Los problemas en Brasil y posteriormente el default de la deuda externa de Rusia indujeron una salida masiva de capitales, que las autoridades no pudieron detener, a pesar del fuerte aumento de las tasas de interés. Como resultado, Colombia abandonó el esquema de bandas cambiarias y estableció un régimen de tipo de cambio flexible en el cual el precio del dólar se mueve de acuerdo con el mercado. Además, se establecieron unos criterios explícitos para la intervención del Banco de la República en el mercado cambiario.

Hoy el Banco maneja una estrategia en la que combina el tipo de cambio flexible con objetivos de inflación (inflation targeting). El Emisor trata de estabilizar la inflación y utiliza como instrumento un tipo de interés de corto plazo, que se ajusta en respuesta a una serie de factores; el tipo de cambio, entre ellos. Entonces, el valor del peso, que hasta hace diez años era considerado como una variable capaz de inducir desarrollo económico, ahora es tan solo un dato más del problema.

¿Qué significa esto, cuando la perspectiva apunta a la consolidación de un área de libre comercio en el hemisferio o un tratado bilateral con Estados Unidos?

En primer término, que el precio del peso colombiano va a depender directamente de la capacidad de generar divisas, justo cuando el café y el petróleo han perdido su dinámica. En particular, en los 10 años anteriores, el gobierno vivió de los ingresos del petróleo y quedó muy mal acostumbrado. Colombia tiene que encontrar fuentes alternativas de divisas para reemplazar estos recursos.

En segundo lugar, el problema fiscal va a seguir teniendo graves implicaciones en el terreno cambiario. Cuando hay un fuerte déficit fiscal y el país depende de la deuda externa, las dudas sobre la capacidad de pago tienen un impacto inmediato sobre el valor del peso. Si no se logra la estabilidad de las finanzas públicas, el ajuste podría venir por la vía de la tasa de cambio mediante una devaluación masiva.

La solución, entonces, es doble: exportar más y reducir el déficit fiscal. Parece simple, pero no lo es. Los países latinoamericanos han intentado toda una gama de regímenes cambiarios en los años recientes para resolver el dilema. Argentina ensayó la convertibilidad de la moneda, con el fin de forzar una disciplina fiscal. La disciplina no llegó y en cambio ocurrió una sobrevaluación que casi acaba con la economía. Ecuador persiste en su dolarización, con consecuencias similares. Venezuela, por su parte, está ensayando una ruta diferente, la de mantener tasas de cambios diferenciales. No tendrá éxito.

Ante la debilidad de las fuentes de ingresos externos de Colombia y la incapacidad para reducir sustancialmente el déficit fiscal, es posible que en los próximos años tengamos de nuevo ese debate que va y viene entre la dolarización y los controles cambiarios. La lección de fondo sigue siendo la más difícil de aprender. Si no tenemos una economía saneada en lo fiscal y orientada hacia la productividad, la ruta de largo plazo para el peso será la devaluación. Y lo que vendrá con la devaluación no será mayor competitividad para las exportaciones, sino mayor pobreza para todos.
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