Estrategia para el campo

| 3/22/2002 12:00:00 AM

Estrategia para el campo

Las políticas de los últimos dos años han dinamizado los negocios en el campo colombiano. ¿Será posible mantener esos resultados hacia el largo plazo?Las políticas de los últimos dos años han dinamizado los negocios en el campo colombiano. ¿Será posible mantener esos resultados hacia el largo plazo?

El campo está sorprendiendo al país. Desde 1994, Colombia se había acostumbrado a tener una economía rural postrada, que parecía incapaz de recuperarse después del impacto que recibió cuando la apertura económica fue acompañada por varios años de revaluación del peso. En 1999, justo cuando el resto de la economía entraba en la mayor recesión desde la década del 30, el sector agropecuario (sin café) inició una recuperación que tuvo su momento más alto el año pasado, con un crecimiento superior al 5%. Este año, el crecimiento el sector será apenas similar al del resto de la economía, cercano al 2%.



La recuperación que viene ocurriendo desde 1999 es producto de un plan de choque aplicado por el actual gobierno. Aprovechando un entorno macroeconómico favorable para este negocio (pues al mismo tiempo hubo devaluación de la tasa de cambio y descenso en las tasas de interés), el Ministerio de Agricultura introdujo un nuevo esquema de crédito y una serie de estímulos a las cadenas productivas, que se están reflejando en mayor crecimiento.



Esta nueva vitalidad del campo colombiano es todo un logro. Entre 1994 y 1998, el número de hectáreas sembradas en Colombia se redujo en 700.000, para llegar a 3,7 millones, con una caída cercana al 16%. Para el año 2001, el área había aumentado de nuevo a 4 millones de hectáreas y la producción agrícola llegó a 23,2 millones de toneladas, superando los 21,6 millones del año 95.



El plan de choque sacó al campo del marasmo que traía y les ha devuelto dinamismo a los negocios, a pesar de la creciente violencia guerrillera y la incertidumbre general en la economía. La pregunta ahora es si esta tendencia que se asoma podrá sostenerse hacia el largo plazo, especialmente si se tiene en cuenta el alto componente de recursos de crédito y subsidios sobre el cual está fundamentada. Estos recursos sirven para apalancar e impulsar un proceso, pero son necesariamente limitados. No podrían ser el único combustible para el tránsito a un nuevo modelo de largo plazo. El campo colombiano necesita un cambio de fondo en sus prácticas empresariales y en la cultura de los actores económicos para que el impulso de los últimos dos años pueda proyectarse hacia adelante. De otra forma, el crecimiento reciente no pasaría de ser un salto fugaz dentro de una larga trayectoria de deterioro.



Los logros



"Después de la apertura, los actores del sector se dedicaron a dar un debate político inútil", afirma el ministro de Agricultura, Rodrigo Villalba. "La globalización es un hecho. Los factores que realmente causaron daño a la agricultura fueron la revaluación del peso y las altísimas tasas de interés. Se perdió mucho tiempo en un debate que no podía llevar a una salida".



A partir de 1999, las condiciones macroeconómicas cambiaron. El peso se devaluó en más de 50% entre septiembre de 1998 y febrero de este año. Las tasas de interés activas cayeron de 48,5% a 17,6%. En mayo del año 2000, el Conpes aprobó el Programa de Oferta Agropecuaria, Proagro, que es la columna vertebral del nuevo esquema. Proagro identificó 9 cadenas productivas que son críticas en el campo colombiano y tienen un mercado potencial nacional e internacional. Para cada cadena se conformó un acuerdo de competitividad, en el cual cada eslabón se compromete a entregar a los demás lo que necesitan para lograr mayor competitividad como conjunto. Así, los cultivadores se comprometen a utilizar semillas certificadas, la agroindustria a comprar volúmenes preestablecidos de producción y el gobierno a aportar recursos de crédito y subsidios y a coordinar los mecanismos de las políticas agropecuaria, industrial, fiscal y de comercio exterior para que las cadenas cumplan sus metas. Hay metas concretas a tres años en cuanto a número de hectáreas sembradas, volúmenes de producción y generación de empleo.



La idea es avanzar hacia un modelo de agricultura por contrato, como el de otros países, donde se reduce la volatilidad en precios y cantidades, lo que permite a cada componente de la cadena trabajar con base en una planeación. A cambio, cada uno debe cumplir sus compromisos, aunque deba asumir el costo de oportunidad que representa perder otras oportunidades de corto plazo que podrían aparecer en los mercados. Hasta ahora, las metas fijadas en el 2000 se han cumplido en su mayor parte.



El elemento dinamizador en este esquema ha sido el crédito. "En 1999, Finagro era una entidad financiera subutilizada, pues tenía cerca de $1 billón en operaciones de tesorería", dice César Pardo, presidente de Finagro. "Eso cambió radicalmente en los últimos dos años". Dentro del plan de choque aplicado en 1999, los recursos se convirtieron en el factor dinamizador del concepto de las cadenas productivas. Se cambiaron los criterios para facilitar el acceso al crédito a los productores agrarios de todos los tamaños y también a los eslabones industriales de las cadenas. Se ampliaron los porcentajes financiados. Las tasas de interés son muy favorables, pues se mueven entre 5 y 8 puntos por encima de la DTF (entre tanto, el promedio nacional de tasas de interés activas es 17,6%).



Un aspecto innovador ha sido la creación de la figura de las entidades integradoras. En este esquema, quienes solicitan los créditos no son los productores directamente, sino las empresas privadas, entes territoriales o asociaciones productivas que actúan como entidades integradoras. Ellas se encargan de coordinar a pequeños productores para lograr grandes volúmenes de producción. El esquema reduce el costo administrativo del manejo del crédito y además permite comprar insumos en grandes cantidades, con lo cual se obtienen mejores términos en la negociación.



El crédito juega un papel fundamental para conformar las cadenas, pues el acceso está condicionado al cumplimiento de los compromisos. Cuando Finagro entrega un crédito a una industria como la Nacional de Chocolates, por ejemplo, la empresa asume compromisos específicos de compra de cosecha de cacao. Idealmente, la entrega de crédito está atada al fortalecimiento de los vínculos entre los miembros. La búsqueda de mayor calidad en la agroindustria debería llevar a esa parte de la cadena a trabajar con los cultivadores para mejorar prácticas empresariales y productivas, en beneficio de todas las demás.



Esa es la tarea más ardua hacia adelante. Si bien las metas para las cadenas se han logrado en su mayor parte en esta fase, también han aflorado problemas que revelan lo difícil que resultará consolidar este modelo como base de la agricultura colombiana hacia el largo plazo. El exceso de leche que hay actualmente en el mercado nacional, se produjo en medio de un agrio conflicto entre las multinacionales que operan en el país, los procesadores nacionales y los productores, que llevó a que se hicieran mayores importaciones a las que se habían planeado dentro de los lineamientos de la cadena. El régimen de lluvias cambió, la producción es mayor que la esperada y se desató el conflicto entre los miembros de la cadena. Otro caso se presentó cuando productores de papa de Boyacá, que se habían comprometido a producir para semilla, decidieron vender para consumo en un momento de escasez y altos precios. Esa decisión alteró toda la planeación de los miembros de la cadena que contaban con un suministro de semilla de alta calidad.



El largo plazo



El cambio en el entorno de devaluación y tasas de interés permitió dar inicio a una nueva fase de dinamismo en el campo colombiano. Sin embargo, para que este proceso tome vuelo, los actores empresariales deben asumir la necesidad de cambio y el enorme trabajo que requiere para salir adelante, a medida que se profundice la globalización y se cumplan los compromisos de integración generados por el Area de Libre Comercio de las Américas (Alca) y la Organización Mundial de Comercio (OMC). Para sobrevivir en ese entorno, las cadenas tienen que desarrollar rutinas de trabajo que permitan incrementar permanentemente su competitividad.



Para empezar, habrá que romper modelos mentales. La tradición del agro colombiano, en la cual el foco del esfuerzo colectivo es pedir más aranceles y créditos baratos, debe ser reemplazada por otra en la cual lo fundamental es el incremento de la competitividad. Es buena noticia ver que la Sociedad de Agricultores de Colombia (SAC) ha superado la crisis financiera que la tenía al borde de la liquidación hace apenas un año. La SAC está dedicando buena parte de su energía a este tipo de trabajo, mediante, por ejemplo, el programa de modelos asociativos de producción que ha llegado por medio de seminarios a más de 10.000 pequeños productores en el país. "De este trabajo se han decantado más de 100 proyectos empresariales que ahora están buscando soporte para salir adelante", afirma Rafael Mejía, presidente de la entidad.



El sector rural tiene que capitalizar los cambios empresariales que han venido ocurriendo en los últimos años. "Siempre hemos fijado la atención en productos como el arroz, la cebada o la caña de azúcar, pero hay productos que vienen creciendo y podrían tener alta competitividad internacional, como papa, plátano, tomate, hortalizas y frutas, que se adaptan mejor a nuestro ecosistema y son desarrollados por pequeños y medianos productores. Aquí se está dando una revolución silenciosa.



El reto es que esas pequeñas producciones se pongan al día en tecnología y capacidad empresarial. Ese debería ser el foco de un gran esfuerzo en este país", afirma Juan José Perfetti, director de la Corporación Colombia Internacional, CCI. "Para el desarrollo empresarial del campo se necesita educación, tecnología e información. Allí es donde se requiere el apoyo del Estado; lo demás tienen que hacerlo los empresarios. Si nos concentráramos en desarrollar fortalezas en esas tres áreas, los habitantes de las zonas rurales colombianas podrían tener un nivel de vida igual o superior al que hoy tienen los habitantes de las ciudades".



Esa es, en últimas, la meta del esfuerzo que debería estar en el centro de las preocupaciones de largo plazo del país.
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