| 9/17/2004 12:00:00 AM

Empresas que fueron

En 150 años desaparecieron algunas empresas que fueron el símbolo del éxito y la prosperidad en su época. ¿Por qué se derrumbaron?

La historia empresarial colombiana también tiene fracasos. Algunas de las fortunas y las empresas más grandes del país se evaporaron pocos años después de la muerte de su fundador. Otras desaparecieron con las crisis sectoriales o los remezones económicos. Así como los éxitos, la autopsia de estos casos de dificultades o fracasos deja lecciones sobre la manera en la que se hacen y se pierden esfuerzos empresariales. Estos son algunos de esos casos.



Un caso de derroche: Coriolano Amador

Carlos Coriolano Amador nació en Medellín en 1835, en una acomodada familia de origen cartagenero. Estudió en el Colegio de Antioquia, que se convirtió en la Universidad de Antioquia, en Jamaica y Londres. Se casó con Lorenza Uribe, "la mujer más rica de la ciudad y quizá del país, gracias a la herencia que le dejó su padre, José María Uribe", dice de ella Luis Fernando Molina en su libro Empresarios colombianos del siglo XIX.

Por su matrimonio, accedió a la fortuna de las minas de oro, en particular a la mitad de la mina El Zancudo. Las constantes ampliaciones que requirió la mina entre 1865 y 1873, obligaron a Amador a hipotecar sus propiedades con el banco Restrepos y Cía. (ver artículo sobre bancos) y estuvo varias veces al borde de la quiebra. En 1880, llegó la fortuna. Molina señala que los socios avaluaban los activos de la Sociedad de El Zancudo en $4 millones y en 1885 podían valer algo más de $8 millones. Era la empresa más grande del país, superando las ferrerías, textileras y cerveceras.

En la época de prosperidad, los Amador tuvieron una vida lujosa y aumentaron sus deudas. Con todo, su riqueza se mantenía con la explotación minera. Para 1890, tenía participación en cerca de 16 minas.

Amador entró en grandes negocios de café, compró y urbanizó la zona conocida como Guayaquil en Medellín, construyó la plaza de mercado, la carretera hasta Santa Elena, fue accionista de la Empresa del Telégrafo Eléctrico, intentó vincularse en el negocio de ferrocarriles, pero sobre todo, vivió de manera espléndida en Europa.

En 1898, cuando había malgastado su fortuna, la mina dejó de producir como antes. Los accionistas de la empresa -Juan B. Mainero, Sinforiano Hernández, Leocadio Arango y Agapito Uribe- nunca previeron un hecho así. Amador conformó una sociedad en París, con la cual trató de conseguir capital para hacer flotar financieramente la mina. Respaldó los préstamos de la nueva firma con sus acciones de El Zancudo. Cuando no pudo pagar, sus acreedores franceses embargaron las acciones y tomaron el control de la mina. Una secuencia de decisiones desacertadas llevó la mayor empresa colombiana a la quiebra.

Con la muerte de su hijo mayor y la locura de su esposa, las empresas de Amador se esfumaron por completo.



Un nombre de leyenda: Pepe Sierra

José María Sierra, más conocido como Pepe Sierra, protagonizó una de las expansiones empresariales más sorprendentes de la historia. Uno de los colombianos más ricos de principios del siglo XX, consiguió su fortuna con la administración de rentas estatales, y con la compra y explotación de terrenos en Antioquia, Cundinamarca y Valle del Cauca.

Pepe Sierra nació en 1848 en la población antioqueña de Girardota, al norte de Medellín. Desde los 14 años se dedicó a la agricultura de la caña panelera en una parcela que había heredado de su padre. En las madrugadas araba el campo con la ayuda de un par de bueyes para aprovechar el día y en la tarde los cargaba con su panela para vender en Girardota. El sábado ofrecía en San Pedro lo que le sobraba de la semana. A los 16 años, sus hermanos le habían cedido sus parcelas y empezó a trabajar en el trapiche de su tío, Jorge Cadavid.

Producía tres cargas diarias de panela, pero eso no era suficiente. Sabía que tenía caña para producir un poco más de 20 cargas diarias, así que construyó el primer trapiche hidráulico de la región y aumentó la producción a lo esperado.

El montaje panelero fue todo un éxito y Pepe lo aplicó en otras fincas de la región. Sus ganancias le permitieron comprar cuanto terreno le ofrecían, al punto de que fijaba el precio de la tierra en toda la región.

Desde los inicios de la República, existía la tendencia a rematar los monopolios estatales para mejorar las finanzas nacionales. En 1875, gracias al dinero acumulado por la venta de panela, Pepe Sierra participó en su primer remate de renta de licores en Girardota.

Usaba un método que llamó 'subremates'. Consistía en negociar previamente con posibles rematadores. Concertaban lo que ofrecerían y dividían las ganancias. Hacían un estudio de la capacidad de consumo del municipio, su número de habitantes, las empresas de importancia y los datos que les permitieran proyectar las ventas en la región. Así consiguió buena parte de las rentas de Antioquia.

En 1886, Sierra llegó a Bogotá con la intención de defender a un socio suyo en un pleito judicial, y le pareció que el clima de la capital era propicio para negocios de ganadería.

Compró terrenos por toda la Sabana: en Nemocón, Zipaquirá, Sopó, Tibitó. donde la tierra fuera buena. Algunas personas no veían las tierras como Sierra. Cuando le compró la Hacienda El Chicó, al 'Mono' Saíz, por una suma escandalosa, Sierra explicaba: "la carrera Séptima empieza en la Plaza de Bolívar y termina en el Puente del Común", refiere Molina en sus trabajos.

Bogotá le sirvió a Pepe Sierra para darse proyección nacional; su dinero financió al Estado colombiano. Cuando Rafael Reyes subió a la Presidencia de la República en 1904, creó un banco de carácter nacional, que centralizaba la emisión, el giro y el depósito de dinero. El Banco Central fue fundado gracias al decreto legislativo 47 de 1905 y tuvo la necesidad de financiarse con dinero privado. Entre estos inversionistas se encontraba Pepe Sierra. De la misma manera, se integró en la construcción de ferrocarriles nacionales, como el de Amagá y el del Pacífico. Se hizo de los monopolios del hielo en Panamá y el de la sal en Antioquia.

Desde 1914, el empuje empresarial de este antioqueño no volvió a ser el mismo. Ya viejo, se dedicó a hacer negocios rápidos solo para pasar el rato. Murió en 1921 a los 73 años y ninguno de sus hijos continuó su labor. A su muerte, se desató una lucha entre los jueces de Bogotá y Medellín acerca del lugar en el que se debería radicar el juicio de sucesión. Al tener propiedades en tres departamentos, el trámite fue lento; diez años les tomó a los herederos entrar en posesión de sus bienes.

Bogotá, ciudad que ganó el pleito sobre la herencia, vino a participar de la fortuna de los Sierra con la muerte de Mercedes Sierra de Pérez, hija de don Pepe, quien donó la residencia de la Hacienda El Chicó, que se convirtió en el Museo del Chicó, y al municipio de Sopó la Hacienda Hatogrande. Esta propiedad pasó después a ser residencia campestre del presidente de la República.



Rafael del Castillo, comercio caribe

El comerciante cartagenero Rafael del Castillo abrió su almacén en la Ciudad Amurallada a mediados del siglo XIX. En 1861, después de años de vender mercancía local, fortaleció su negocio con telas importadas desde la isla antillana de Saint Thomas. En un principio, la mercancía era adquirida por mujeres de la ciudad que, en cuotas de $10 ó $12, pagaban la mercancía diferida a seis o doce meses, dependiendo del monto de la factura.

Con el tiempo, señala María Teresa Ripoll en sus investigaciones sobre el empresario, Del Castillo creó una red regional que abastecía de telas inglesas de algodón a bajo costo a un buen número de tenderos y comerciantes itinerantes. Diez años más tarde, la tienda no solo vendía telas. Sus inventarios incluían botas, medias, sombreros, vestidos, artículos de ferretería y otras mercancías importadas directamente desde París o Londres.

A medida que se ampliaba, la parentela de Del Castillo se involucraba más en el negocio. Con las utilidades, la familia abrió una destilería que vendía en una tienda de propiedad de su madre, compró propiedades y más tarde ganado.

En la década de 1870, Rafael del Castillo amplió su negocio a la exportación de caucho y tabaco con destino a Nueva York y Londres. En 1891, ya con 60 años, vinculó al negocio a sus dos hijos mayores, que estudiaron en Estados Unidos. Él se dedicaría a disfrutar sus rentas, mientras sus hijos administraban el almacén y las tierras.

Para 1910, la sociedad Rafael del Castillo & Co. era socia de los grandes empresarios cartageneros, entre los que se encontraba Diego Martínez Camargo, fundador de Cartagena Oil Refining Company. Incursionó más tarde en el transporte, cuando formó parte de la Compañía Fluvial de Cartagena.

A partir de 1913, cuando la segunda generación de los Del Castillo había entrado a la administración, se creó la Rafael del Castillo & Co. Corporation, que abrió sucursal en Nueva York para facilitar la importación de artículos estadounidenses, entre los que se encontraban automóviles. Los primeros años fueron de un crecimiento impresionante, pero la llegada de la Gran Depresión de 1929 y su elevado endeudamiento la pusieron en dificultades serias. La Compañía Fluvial de Cartagena con sus tres vapores, consiguió mantener los balances en negro.

Hacia 1930, con las reformas laborales, aumentó el costo de operación de la navegación por el Magdalena. Por eso, en 1942, los Del Castillo optaron por cambiar su empresa por acciones en la Naviera Colombiana, la más importante en esa época.

La quiebra de la Naviera al final de los 50 puso a Rafael del Castillo & Co. en aprietos insalvables. Tras una corta agonía financiera, la sociedad fue liquidada en 1960 en Cartagena.



Leonidas Lara, emporio sobre ruedas

Después de 40 años de estar montando a caballo, Leonidas Lara, un huilense visionario y emprendedor, comprendió que había llegado la hora de cambiar la cultura del transporte y de introducir en forma masiva los automóviles al país. Cuando pasó la Segunda Guerra Mundial, los almacenes de don Leonidas ya ofrecían vehículos Pontiac y Cadillac, y luego los Jeep Willys.

Leonidas Lara e Hijos llegó a ser una de las empresas más sólidas del país a mediados del siglo XX, con negocios en exportación de café y en general de exportación e importación de toda clase de bienes, inversiones en ganadería (la finca Larandia, en Caquetá, tenía 28.500 hectáreas), transporte con la Compañía Naviera de Cundinamarca y con la flota de Taxis Rojos, muy popular en Bogotá e, incluso, ensamblaje de automóviles, primero en sus bodegas y luego como fundador de la Compañía Colombiana Automotriz.

Nacido en Yarumal, en 1855, Leonidas Lara había iniciado su vida como empresario con la siembra y cultivo de añil, un pigmento que utilizaban las famosas telas de Manchester, Inglaterra, para darles color a sus paños. Pero con la aparición de las anilinas alemanas, la demanda por este producto se estancó y don Leonidas sufrió su primera quiebra.

En 1911, cuando se trasladó a Girardot, fundó su propia empresa, Leonidas Lara, y se dedicó con bastante éxito al negocio de la sal en Tolima, Huila, Cundinamarca, Antioquia y el occidente del país. Pero la suerte le volvió a ser esquiva, y perdió sus bienes en el incendio de Girardot del 10 de febrero de 1913.

Con tesón y confianza, se recuperó de la crisis y para 1924 ya había montado Leonidas Lara e Hijos, con sus hijos Luis, Rómulo y Oliverio, mientras que su hija Amelia se dedicó a administrar los bienes personales de su padre.

En 1976 venció el término legal de constitución de Leonidas Lara e Hijos, y la familia no lo prorrogó. La muerte de don Leonidas en 1951, y el secuestro y posterior asesinato de su hijo Oliverio en 1965 dejaron secuelas que no se pudieron superar.



Jaime Michelsen, águila de corto vuelo

Hacia 1970, cuando Julio Mario Santo Domingo, Carlos Ardila Lülle y Luis Carlos Sarmiento Angulo apenas empezaban a consolidar sus fortunas, y no había nacido el Sindicato Antioqueño, Jaime Michelsen Uribe ya era el empresario más poderoso del país.

Banquero hábil para unos, sin entrañas para otros, Michelsen supo aprovechar los vacíos en la legislación financiera para crear su grupo económico, el primero que hubo en el país, y que él mismo llamó Grupo Grancolombiano.

En 1983, controlaba el 20% del sistema financiero y, por su intermedio, 64 compañías. No obstante, su poder se extendía a 168 sociedades, que se entrecruzaban. Sobre todas ellas estaba la Compañía Industrial Grancolombiana, Cingra, propiedad en 56% de Michelsen (Semana, ediciones 194 y 773).

Este hombre poderoso terminó prófugo de la justicia y vivió en la clandestinidad, durante 5 años hasta que, en febrero de 1997, tuvo que internarse con una identidad falsa en la Clínica del Country, en Bogotá, donde el DAS lo encontró semiinconsciente, tras una cirugía para tratarle un cáncer de estómago y esófago.

¿Por qué le cambió tanto la vida? La historia de su caída está íntimamente relacionada con su ascenso como empresario. Michelsen utilizó su agudeza financiera para montar su imperio aprovechando los recursos que captaba por medio de sus fondos de inversiones Grancolombiano y Bolivariano para adquirir empresas. Todo iba bien, hasta cuando se metió con las empresas antioqueñas. Obtuvo el control de Simesa y de Cine Colombia, pero cuando iba por el control de la Nacional de Chocolates, las alarmas se prendieron y el gobierno decidió reglamentar los fondos de inversión para evitar la especulación agresiva y les puso un tope del 10% para invertir en acciones de una misma empresa.

Así se originó una espiral de acusaciones, que se acrecentaron cuando luego de una maniobra en la bolsa con las acciones de la Nacional de Chocolates, las empresas del Grupo Grancolombiano obtuvieron fuertes ganancias con la operación, mientras los fondos que administraban perdieron $180 millones, con el consiguiente perjuicio para los inversionistas. Fruto de sus maniobras, las principales empresas antioqueñas decidieron blindarse de sus ataques cruzando entre ellas su propiedad accionaria, con lo que conformaron lo que se llamó el Sindicato Antioqueño (hoy, Grupo Empresarial Antioqueño).

Michelsen terminó acusado de abuso de confianza y de violar la reglamentación sobre autopréstamos. En 1986, el gobierno nacionalizó cuatro de sus principales compañías: Banco de Colombia, Pronta, Granfinanciera y la Compañía de Financiamiento Comercial Grancolombiana. Michelsen murió en 1998, con la convicción de que el gobierno de Belisario Betancur le había cobrado caro tratar de meterse con las empresas de su región.
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