| 7/20/2006 12:00:00 AM

Del viejo trapiche a la moderna planta de etanol

El cultivo de la caña y la producción de azúcar dejaron una huella imborrable en la historia empresarial del Valle, que se extiende hasta nuestros días. La vieja molienda se transformó en una moderna y poderosa industria que ahora le abre las puertas al futuro con la producción de etanol.

Hay quienes aseguran que la historia empresarial del Valle del Cauca empezó a escribirse en 1864. Ese año, Santiago Eder fundó el Ingenio Manuelita y dio origen a 142 años de tradición agrícola de una región que desde entonces basó su desarrollo agroindustrial en el cultivo de la caña, y que con el paso de los años logró convertir el azúcar en una de las industrias más pujantes del país. Esa primera piedra la colocó este visionario que llegó a Buenaventura en 1861. Su nombre de pila era James Martin Eder, oriundo de Mitau, en las Provincias Bálticas, más tarde convertida en Letonia. En 1851, cuando tenía 12 años, emigró a Estados Unidos con su familia donde estudió derecho en Harvard.

No se sabe a ciencia cierta por qué desembarcó en tierras colombianas. Pero una vez llegó a Buenaventura, se quedó para siempre en el país. Desde su arribo, mostró su inclinación por los negocios, pues no tardó en montar en el puerto su propia compañía de exportaciones e importaciones. Unos años más tarde, Eder se interesó por varias propiedades que estaba vendiendo en el Valle del Cauca Jorge Isaac (el padre del escritor y poeta que lleva su mismo nombre), entre ellas la finca La Manuelita, dedicada al cultivo de la caña y la fabricación de azúcar, miel y panela, lo que despertó su mayor interés. Su intuición le decía que en el azúcar había un gran potencial por aprovechar, y el tiempo se encargó de darle la razón.

Una vez que asumió como único propietario, Eder decidió transformar su molienda por azúcar centrifugado, para lo cual contrató la fabricación de la maquinaria con la firma McOrnie Harvey & Co. de Glasgow, Escocia. De esta manera, Manuelita pasó a la historia por operar, en 1901, la primera fábrica de azúcar con centrifugado a vapor. Contaba, además, con un motor central, transportador de caña, torre de sulfitación, clarificadores, filtro de prensa, evaporadores, tacho al vacío y centrífugas. Toda una novedad industrial para la época.

Para entonces, la demanda de azúcar se había incrementado pues ya no solo se utilizaba para el consumo de los hogares, sino como materia prima para las nacientes fábricas de dulcería, galletería y chocolatería en Bogotá, Medellín y Cartagena. Por eso, otros empresarios de la región decidieron seguir los pasos de Eder. Así, en 1926, Modesto Cabal, junto con otros inversionistas, construyó el Ingenio Providencia, luego de negociar con la Casa Squire un trapiche para obtener 500 toneladas de azúcar al día. También se utilizó la tecnología del vapor con la incorporación de tres calderas que por medio de turbinas generaban electricidad.

Posteriormente, en 1928, se inauguró el ingenio Riopaila. Esta vez, la iniciativa estuvo a cargo de Hernando Caicedo, quien en 1925 había adquirido la tradicional hacienda La Paila, en la cual decidió montar su propio ingenio tres años más tarde. Pero su inquietud en el negocio azucarero fue mucho más allá, y por aquella misma época Caicedo fundó la Sociedad Colombina S.A., para producir bombones, almendras, bananas y confites. La maquinaria y equipos se importaron de Nueva York y se instalaron en Cali y luego en Riopaila.

Motor de crecimiento

Poco a poco, en las fértiles tierras del Valle del Río Cauca fue surgiendo una poderosa industria azucarera, la cual se convertiría en fuente de desarrollo para toda la región y en promotora de nuevas empresas. De hecho, en 1937, el Valle ya era reconocido por el manejo ecológico que se le daba al cultivo de la caña de azúcar, sin interrupción, durante los 12 meses del año. Esto motivó la creación de ocho nuevos ingenios en esta zona del país entre 1930 y 1939, entre los cuales estaban Bengala, Perodías, Mayagüez, La Industria y María Luisa. En la década del 40, surgieron otros 10: San Carlos, Pichichí, Oriente, El Papayal, La Esperanza, El Arado, Castilla, El Porvenir, Meléndez y San Fernando. Al culminar esta década, había 19 ingenios que producían azúcar centrifugado. El departamento se convirtió así en la región azucarera por excelencia, lo que llevó a que los ingenios se concentraran allí y fueran desapareciendo otros polos de desarrollo azucarero.

A estas alturas, Colombia ya era autosuficiente en azúcar. A medida que la población de las ciudades aumentaba, se consumía cada vez más en gaseosas, dulces, helados, galletas, a la vez que surgían nuevas empresas dedicadas a elaborar estos productos. La producción se había triplicado. Finalmente, la industria se dividió en dos sectores: el azucarero, con fábricas poderosas en el Valle del Cauca, y el panelero con una multitud de trapiches distribuidos por las laderas del país.

La expansión de la industria continuó en los 50 con la aparición en el Valle de los ingenios Central Tumaco, Central Amaime, La Quinta y Buchitolo. Desde la perspectiva etnológica, se introdujo el diseño urbanístico de las suertes, se mejoró el microrrelieve para beneficio de riegos y drenajes de superficie, se cosechaba en verde y se hacía explotación de las aguas subterráneas.

Otro hecho importante lo constituyó la creación, en 1959, de Asocaña, el gremio que agrupó a la industria azucarera. Por esta misma época, a causa de la Revolución Cubana, Estados Unidos distribuyó las importaciones que hacía desde Cuba entre diversos países. Colombia, que ya estaba preparada para exportar, ingresó a la OIA y adhirió al Pacto Mundial del Azúcar. En 1965, nació el Ingenio del Cauca (Incauca).

En los 70, la industria continuó su expansión, lo que llevó a un aumento de la producción de 45%. En 1977, se fundó el Centro de Investigación de la Caña del Azúcar de Colombia (Cenicaña), como corporación de derecho privado que se financiaría con el 0,05% de la venta de azúcares blancos. En 1978, apareció en escena el Ingenio Risaralda.

Con los 90, llegó la apertura económica, lo que cambió definitivamente el panorama del sector: se acabó el control a las exportaciones y se liberó el mercado. Esta época coincidió con el establecimiento del arancel externo común (AEC) y la industria adquirió un nuevo dinamismo. El mercado externo representó 45% de las ventas del sector. Hacia 1996, la producción de azúcar había aumentado a 2.149.224 toneladas al año y la participación del azúcar en el PIB fue de 1,32% y de 9,4% en el PIB agrícola, mientras que las exportaciones de azúcar representaban un 40% del total de las agroindustriales.

Ahora, el sector le apuesta a la producción de biocombustibles y lidera la fabricación de etanol en Colombia. Las cinco plantas de alcohol carburante que hay en el Valle del Río Cauca: Incauca, Providencia, Manuelita, Mayagüez y Risaralda, producen un millón de litros diarios de etanol hecho a base de caña de azúcar, con lo cual se cubre el 57% de la demanda, que se genera debido al requisito de incorporar un 10% de etanol en la gasolina, que por ahora solo está vigente en Bogotá, Valle del Cauca y Eje Cafetero. Se prevé que en esta región se construirán por lo menos otras dos plantas procesadoras en los próximos años. Además, las negociaciones del azúcar en el Tratado de Libre Comercio (TLC) con Estados Unidos finalmente dejaron satisfechos a los productores colombianos, quienes tendrán el control de las exportaciones y podrán acceder a precios más altos en el mercado estadounidense.

Santiago Eder se daría hoy por satisfecho ante el enorme crecimiento que generó la iniciativa que emprendió hace más de 100 años y que marcó el camino que muchos siguieron para convertir a la caña y al azúcar en una de las industrias más admiradas del país.
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