| 12/7/2006 12:00:00 AM

Cómo se sale de la 550

Carlos Enrique Cavelier, como muchos empresarios, sufrió en carne propia la crisis económica y la ley de reestructuración económica. Esto fue lo que aprendió.

Alquería es una familia, ante todo, llena de pasión. Nos apasiona el consumidor, que en nuestro caso son las mamás de Colombia y sus hijos de todas las edades y sus familias. Nos apasionan sus hábitos, sus necesidades, sus sueños, sus expectativas. Nos apasionamos con nosotros mismos dentro de nuestro equipo: nos apasiona el bebé recién nacido de la mercaderista, nos apasiona el premio que se gana el director de producción, nos apasiona el ascenso del auxiliar de oficina. Nos apasiona el bienestar del colombiano común y nos apasiona que cada miembro de la familia Alquería disfrute su trabajo y lleve una vida plena. Para parafrasear a Nicolás Gómez Dávila1, no creemos de manera alguna que las personas sean un medio. Las personas son el fin mismo de nuestro esfuerzo.

¿Qué relación tiene esto con la 550? El profesor John Kotter2 se hubiera preguntado lo mismo al leer el manual de inducción de Kyocera, en el que esperaba encontrar misión, procedimientos, etc. Encontró valores, formas de comportamiento, sentimientos respecto a la vida y al trabajo.

Cuando una compañía prioriza sus utilidades sobre sus clientes, contraviene lo que pudiéramos llamar el teorema de valor de Peter Drucker3: "Las compañías no producen dinero. Producen zapatos y si los producen bien, solo entonces podrán producir utilidades". Cuando las prioriza sobre sus colaboradores contraviene uno de los axiomas del liderazgo de Heifetz y Linsky4.

Alquería salió de la Ley 550 esgrimiendo precisamente esos valores que nos inundan la mente y que nos deben ahogar el pensamiento cada día más. Cuando hubo que ahorrar en costos, nunca tocamos la calidad de la leche; por el contrario, fue con la ayuda de los ganaderos y de su esfuerzo que corrimos un pago, pero siempre esforzándonos a mejorar la calidad. Cuando tuvimos que recortar presupuestos, nunca dejamos de querer al consumidor y de comunicarle los beneficios de calidad que hemos esgrimido siempre.

El equipo de la familia Alquería se reunió creyendo ciegamente en el norte que nos habíamos trazado para seguir subiendo el top line. Si es cierto que nuestro bache era de muy alto apalancamiento y una muy mala estructura de deuda —coronadas con tasas del 60%—, ni el equipo técnico, ni el comercial, ni ninguna de sus cabezas perdió nunca el foco de seguir alimentando ese top line. Cuando tuvimos que recorrer aduanas y supermercados para evitar faltantes, el equipo siempre se desveló con ahínco. Nos remangamos todos. Nos entusiasmamos todos. Teníamos una meta en la cabeza que no nos permitía claudicar. Sí, es cierto: nunca miramos el bottom line. Solo la caja desde las ventas. Sacando productos nuevos. Creciendo la distribución. Transmitiendo entusiasmo, manteniendo la fe. Agradeciendo los sacrificios de todos.

Cuatro ángeles se pusieron al frente; primero mi padre, Enrique Cavelier, ya en retiro, desenfundó su carácter tomador de decisiones, retomó la caja y la sacó adelante. Daniel Sarmiento, siempre con una fórmula jurídica innovadora pero acertada. Orlando Jiménez le puso el orden ingenieril a la administración de un antropólogo. Y el doctor Gilberto Arango Londoño, con todo su tamaño de estadista, su asertiva paciencia y su templado carácter tan familiares a este caldense enorme, empujó con la mirada lo que había que hacer ceder.

Con todo el equipo mantuvimos la llama de nuestra pasión viva. La alimentamos. Sabiendo de nuestros entonces 700 ganaderos, que hoy despuntan 2.000. Sabiendo de nuestras entonces 700 almas de la familia Alquería, que ya despuntan las 3.000. Sabiendo que la Alquería, como la patria, merecían otra oportunidad, pero que la tendríamos que labrar nosotros mismos. Con todo el amor y con toda la pasión de colombianos con esperanza.
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