| 12/7/2006 12:00:00 AM

Cómo aprovechar el TLC

Carlos Gustavo Cano tiene una amplia experiencia en el sector agropecuario. Fue ministro de Agricultura, presidente de la Caja Agraria y presidente de la SAC. Hoy es codirector del Banco de la República, y explica por qué el TLC es conveniente.

El TLC suscrito con Estados Unidos no será la panacea para todos los problemas de nuestro aparato productivo, ni mucho menos la fuente de nuevas desgracias colectivas, como se podría colegir de la sobreventa y los ataques de que ha sido objeto de parte de sus defensores a ultranza y de sus detractores, respectivamente. De otro lado, no se trata de un genuino acuerdo de libre comercio, sino apenas de un pacto mercantil de alcance limitado, cuya mayor virtud inicial será, en la práctica, la continuación del acceso al mercado estadounidense de algunos sectores claves de nuestra economía exportadora como flores, confecciones, calzado y manufacturas de cuero, entre otros. Pero con un costo que, durante la vigencia del Atpdea —o sea, el régimen bajo el cual han operado hasta ahora tales preferencias—, nunca nos había sido cobrado, consistente en la apertura de nuestro mercado a su oferta agropecuaria, en particular de avicultura y cereales, altamente subsidiadas por el gobierno de Washington. En verdad, en economía no hay almuerzo gratis, como solía afirmar Milton Friedman, recientemente fallecido.

Un estudio del Banco de la República revela que un primer efecto será de desviación de comercio, por cuanto algunas fuentes tradicionales de abastecimiento podrían ser reemplazadas por el vecino del Norte. Por ejemplo, las importaciones de soya de Bolivia y trigo de Argentina seguramente les cederán espacios a las provenientes de Estados Unidos, generándose presiones deficitarias con este país, compensadas con presiones superavitarias con aquellos. De ahí la acertada estrategia de celebrar más tratados a fin de diversificar el comercio y evitar la dependencia excesiva de un solo mercado. Pero sin dejar de insistir en escenarios multilaterales, que constituyen la salida óptima para las economías emergentes en la medida en que allí su poder de negociación no se vería tan recortado por cuenta de las ostensibles asimetrías propias de los acuerdos bilaterales. Comenzando por las originadas en las hasta hoy colosales e inamovibles subvenciones al agro en las naciones ricas, cuya competitividad por esa razón no es el resultado de una confrontación entre grados de eficiencia, sino de una atroz guerra de tesorerías.

Como lo expuse en mi libro ¿Después del TLC qué , en tanto subsista esa situación sería insensato cifrar el crecimiento de las exportaciones en rubros sujetos a semejantes distorsiones. En su lugar habría que hacerlo preferiblemente en aquellos que, sin estar sustentados en tales ayudas, acusen alta elasticidad, ingreso de demanda, o sea una gran dinámica entre los consumidores más prósperos, y en cuya elaboración el país exhiba ventajas relativas a su geografía. En la economía rural, ello implicaría un viraje radical hacia líneas de producción casi inexistentes, o al menos aún incipientes en tecnología, sanidad e inocuidad en el caso de alimentos, economías de escala y oferta exportable. Como frutas y hortalizas, acuicultura, carne, genética bovina, caucho, especies forestales y maderables, y biocombustibles a partir de materias primas tropicales.

Sin vacilación alguna el primer paso tiene que ser la adopción masiva de biotecnología de punta en su desarrollo y agregación de valor. Por ende, los fondos que se asignarán por ley al programa 'Agro, Ingreso Seguro' deberían destinarse en su totalidad a esa prioridad, en vez de desviarlos a planes de índole meramente asistencialista, al vaivén del cabildeo de grupos particulares de interés a costa del bien superior de la Nación.
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