| 9/17/2004 12:00:00 AM

Café. Generación de riqueza

Durante casi un siglo, el café jugó un papel preponderante en el desarrollo económico del país. Hoy, su importancia es mucho menor, pero sigue siendo un fuerte creador de empleo.

Cuando se trata de mirar la historia económica y empresarial del país es imposible desligarla de la del café, pues la una no es posible sin la otra. Precisamente, el empleo que generó el cultivo del café y la consolidación de un gran número de pequeños propietarios con capacidad de compra desarrollaron el mercado interno del país. Esta demanda, a su vez, fue determinante para el surgimiento de los bancos, de los ferrocarriles y de muchas empresas del sector industrial.



La expansión

El café fue traído a América, más específicamente, a Guyana y las Antillas, por los franceses hacia finales del siglo XVII. A partir de ahí, el cultivo se fue expandiendo al resto del continente hacia la primera mitad del siglo XVIII. En Colombia, la expansión corrió por cuenta de los jesuitas que lo introdujeron en las haciendas que tenían en los Llanos, el Valle del Cauca y otras regiones. Por esa época, no obstante, el café era una bebida exótica que tomaba la aristocracia europea. Únicamente en el siglo XIX, cuando su consumo se popularizó en Europa y Estados Unidos, empezó la verdadera historia de la industria del café.

En Colombia, la expansión del café se dio como un subproducto del auge cafetero que tuvieron los Andes venezolanos después de la Independencia. El cultivo, en el país, se desarrolló hacia 1830, en la región de Cúcuta, esencialmente por la cercanía y la importancia de Maracaibo para la comercialización del producto. Se fue extendiendo a Pamplona y Ocaña, Norte de Santander y, posteriormente, hacia Santander, Cundinamarca, y el Occidente colombiano. Para esa época, las exportaciones de café eran entre 30.000 y 40.000 sacos, apenas un 4% de las exportaciones totales.

A lo largo del XIX, la producción de café siguió aumentando, pero únicamente a finales de ese siglo se constituyó en un producto de exportación importante. Pasó de representar el 20% de las exportaciones del país en 1884 a 55%, en 1895. La producción aumentó impulsada por los precios internacionales, pasando de 173.000 sacos a 358.000. Desde esta época y a lo largo del siglo XX, cada expansión de la producción fue el resultado de los estímulos que generaban las bonanzas cafeteras.

En los últimos años del siglo, la Guerra de los Mil Días y el derrumbe de los precios internacionales llevaron a la reducción de la producción y, por tanto, de las exportaciones y se produjo la primera crisis de este sector.



El fin de la economía precapitalista

En la primera década del siglo XX y, particularmente, a partir de la administración del general Rafael Reyes, que se empeñó en el desarrollo de empresas económicas, el café tuvo un nuevo auge. Se iniciaron siembras que se tradujeron en mayores exportaciones a partir de 1910. La producción sobrepasó el medio millón de sacos y la participación del grano en las exportaciones colombianas llegó a 60%.

Entre 1914 y 1920, vino una nueva expansión a raíz, primero del aumento del precio internacional que se dio como consecuencia de la especulación en los precios de las materias primas que produjo la Primera Guerra Mundial y, luego, por una helada en Brasil, que ya para esta época participaba con las tres cuartas partes de la producción mundial. En estos años y hasta 1930, la producción creció a una tasa de 7,5%. El café no solo se consolidó como el principal producto de exportación, sino que Colombia se convirtió en el segundo productor mundial y el primero de cafés suaves.

El aumento en la competitividad, debido a la apertura de nuevas tierras cafeteras en Antioquia y Caldas, también contribuyó a esta expansión. En este momento, hubo un cambio radical en la frontera agrícola del país y en las formas de explotación del cultivo del café. La gran hacienda perdió importancia y la finca pequeña y mediana, administrada por sus propietarios, surgió como la principal forma de producción cafetera.

A este desarrollo contribuyeron actividades complementarias como el transporte, la comercialización, la producción de sacos de fique, la cría de mulas, el comercio de importación, la creciente producción industrial en las ciudades, el crecimiento en los ingresos fiscales y, particularmente, la trilla, que se convirtió en la principal actividad industrial en Medellín y Cali. El café trajo el fin de la economía precapitalista.

El crecimiento de la producción se concentró en las áreas de la colonización antioqueña en el Viejo Caldas, el sur del departamento de Antioquia, el norte del Tolima y el Valle del Cauca. Aquí había una masa de población importante. La producción de café se diseminó además en nuevas regiones del país, Cauca, Nariño, Huila, Boyacá y Magdalena. Norte de Santander, Santander y Cundinamarca fueron perdiendo importancia.

La comercialización externa, que hasta los años 20 se hacía por medio de comisionistas a quienes se les enviaba el café, cambió radicalmente. Las casas comerciales más grandes del país (Sáenz Hermanos, Vásquez y Correa, Londoño Hermanos, Alejandro Ángel y Compañía y Pedro A. López) se establecieron en Nueva York, el principal centro de comercialización del café colombiano.

Con la crisis de los años 20, las firmas que habían acumulado grandes inventarios quebraron, con excepción de Pedro A. López. Esto dio lugar a la inyección de capital extranjero en el negocio del café y a la creación de firmas comercializadoras locales.



El café se impone

La importancia que fue adquiriendo el sector cafetero en Colombia, como dinamizador de la demanda interna y principal fuente de divisas, y la gran vulnerabilidad del grano en el exterior generaron entre los productores la necesidad de organizarse como grupo. A esto se sumaban la falta de asistencia técnica, de líneas de crédito, de facilidades de almacenamiento y, más grave aún, el escaso poder de negociación frente a las grandes casas comercializadoras. Así, el 1 de julio de 1927, se creó en Medellín, la Federación Nacional de Cafeteros, por iniciativa de los caficultores y con el apoyo de la Sociedad de Agricultores de Colombia, SAC, y el gobierno nacional. También se creó el Comité Nacional de Cafeteros como cuerpo permanente de la Federación.

Entre 1928 y 1931, el recién formado gremio tuvo la oportunidad de intervenir a su favor a raíz del desplome de los precios. Convenció al gobierno de la necesidad de devaluar la tasa de cambio, para compensar de esta manera a los productores y evitar la caída de la producción. En efecto, así sucedió, y la participación del café colombiano en el mercado mundial pasó de 10% en 1929 a 16% en 1938-39.

En los años 40, los precios se recuperaron, gracias al Convenio Interamericano del Café o Pacto de Cuotas que se firmó el 28 de noviembre de 1940 en Washington entre los países latinoamericanos y Estados Unidos para contrarrestar el impacto de la baja temporal del consumo en Europa, como consecuencia de la guerra. Los precios pasaron de US$0,30 en 1947, a US$0,53 en 1950 y US$0,60 en 1953.

Con el pacto, se hizo necesaria la creación de una entidad que se encargara de comprar las existencias que se dejaran de exportar, precisamente para cumplir la cuota asignada. Para tal fin, el 22 de noviembre de 1940, se fundó el Fondo Nacional del Café en el gobierno de Enrique Santos. En su creación fue determinante la participación de Carlos Lleras Restrepo, como ministro de Hacienda, y de Manuel Mejía López, como gerente de la Federación de Cafeteros. Se encargó a la Federación de Cafeteros de la administración del Fondo por medio de un contrato de carácter temporal, que terminó siendo permanente.

Entre 1954 y 1956, los precios llegaron a niveles récord de US$0,80 por libra en promedio, como resultado de la bonanza que generó la helada en Brasil. Los ingresos de divisas aumentaron considerablemente tanto por el mayor volumen exportado como por precios más altos.

Ya para esta época no había duda de la enorme dependencia del café que tenía la política macroeconómica. De hecho, para contrarrestar el impacto de la bonanza de los precios sobre la economía, las autoridades optaron por adelantar la liberalización de importaciones que se había iniciado en 1951. Introdujeron también los controles cambiarios como una manera de regular el mercado de divisas. Así, pocos meses más tarde, en plena bonanza, los precios del grano empezaron a caer y se utilizó entonces el control de cambios.

Entre 1956 y 1968, los precios internacionales cayeron rápidamente a US$0,40 por libra, a pesar de los intentos por restringir las exportaciones. El impacto sobre la economía de esta crisis fue severo, pues el café representaba el 80% de las exportaciones. Se presentó un déficit en la balanza de pagos, la economía se desaceleró y se disparó la inflación. En esta época, el país tuvo que dejar de pagar sus obligaciones externas y frenar la liberalización de importaciones.



Los años 70 y la bonanza del 75

Hacia 1969, los precios internacionales del café empezaron a recuperarse y alcanzaron su nivel nominal histórico máximo y real entre 1975-80. Primero, por efecto del pacto de cuotas y en 1975, por la helada en los cafetales de Brasil. Los precios pasaron de US$0,40 a US$2,36 en 1977 y se mantuvieron por encima de US$1,60 hasta finales de 1980. Las exportaciones, a su vez, aumentaron de US$300 millones a más de US$2.000 millones en 1980. La respuesta de las autoridades en esta oportunidad fue elevar los precios internos en menor proporción a los internacionales para evitar un aumento en la demanda agregada y, por tanto, en la inflación.

No obstante, el aumento en el precio interno se tradujo en mayores siembras, lo cual junto con la Revolución Verde impulsada por la Federación de Cafeteros llevó a un inusitado incremento de la producción, que pasó de 7,3 millones de sacos en 1971 a 13,5 millones en 1981, una tasa de crecimiento anual de 7,2%. En esta época, se introdujo el café caturra, una variedad de alto rendimiento, se aumentó la densidad de árboles por hectárea y se empezaron a utilizar fertilizantes para aumentar la productividad.

Desde la perspectiva macro, el auge tuvo un impacto positivo sobre la balanza de pagos y las reservas internacionales, que de niveles negativos a finales de los 60 pasaron a US$5.400 millones en 1980. La situación fiscal mejoró también y se aceleró el crecimiento de la economía. La inflación se disparó, con una tasa promedio de 25,5% entre 1976 y 1980 y la tasa de cambio se revaluó.



Los años 80 y la bonanza del 86

Entre 1980 y 1985, los precios externos se redujeron nuevamente, aunque gracias al restablecimiento del Pacto de Cuotas una vez se terminó la bonanza, las cotizaciones externas se mantuvieron entre US$1,30 y US$1,50. Los volúmenes de exportación se redujeron a 9,5 millones de sacos y los ingresos de exportación cayeron a US$1.500 millones. La producción aumentó y los inventarios crecieron.

El Fondo entró en déficit y tuvo que recurrir a crédito externo y papeles de deuda interna. La situación general del país fue complicada. El crecimiento económico fue lento, el desempleo aumentó, el déficit fiscal y el déficit en la cuenta corriente de la balanza de pagos llegaron a niveles sin precedentes. Se restablecieron los controles a las importaciones, pero aun así las reservas internacionales disminuyeron fuertemente. El peso se devaluó, lo que favoreció a los cafeteros y al Fondo.

En 1986 se produjo la sequía en las regiones cafeteras de Brasil y las cotizaciones llegaron a US$2 por libra. Las exportaciones colombianas de café volvieron a aumentar a 11,4 millones de sacos y el valor de las mismas ascendió a US$3.046 millones. Esto permitió la eliminación de los déficits fiscal y de cuenta corriente, el aceleramiento del crecimiento económico y la disminución del desempleo. Los precios internos del café se duplicaron. Las finanzas del Fondo se fortalecieron.

Los últimos años de la década del 80, no obstante, fueron difíciles. Después de la caída de las cotizaciones que siguió a la bonanza del 86, en julio de 1989 se produjo el rompimiento de las cláusulas económicas del Acuerdo Internacional del Café, lo que implicaba el fin del Pacto de Cuotas entre países productores y consumidores.

Este fue el comienzo del declive de este sector que durante casi un siglo había acompañado el desarrollo económico del país.
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