| 9/17/2004 12:00:00 AM

Bancos. El crecimiento de un país

La banca tiene una importante tarea: apoyar el crecimiento empresarial. No es fácil, como lo demuestran las recurrentes crisis financieras. Qué hicieron los bancos que han sobrevivido a todo.

Los bancos son un negocio singular. Los banqueros son administradores profesionales de riesgo que se enfrentan a la fragilidad del balance de sus clientes y a los vaivenes de la economía, y su materia prima, más que el dinero, es la información.

Mirar su evolución es particularmente interesante, porque los cambios en el entorno han puesto a prueba su capacidad de supervivencia más que la de otros sectores. Con las crisis financieras, el sector hace una selección muy fuerte, en una especie de darwinismo empresarial, que descabeza muchos de los jugadores. La crisis de la banca libre dejó solo 4 sobrevivientes de 90 que habían iniciado sus operaciones.

A pesar de la cautela normal, estos episodios se repiten con frecuencia. ¿Qué tienen en común? ¿Por qué se quiebran algunos bancos? ¿Por qué prosperan otros?



Bancos libres

La historia bancaria no empieza en 1923, con la creación del Banco de la República, sino 70 años atrás, con la apertura en Medellín de Restrepos y Cía., en 1854 y luego en 1859 con Botero Arango e Hijos. La explotación de las minas de oro antioqueñas había generado un gran volumen de ahorro que podía prestarse a otros negocios por medio de casas bancarias.

Estos primeros bancos prestaban dinero respaldados en una factura de venta que se pagaría en el futuro. Por eso, fueron un instrumento financiero ideal para los comerciantes que se convirtieron a la vez en fundadores y clientes de las primeras sociedades bancarias paisas. Los bancos recién creados también podían emitir sus propios billetes respaldados en oro, sin restricciones distintas a las que les imponía la confianza de su clientela.

En esas condiciones, 90 bancos regionales abrieron entre 1871 y 1922, en lugares como Salamina, Popayán, San Gil, El Socorro y Jericó. No obstante, como ha sido el rasgo usual de la banca colombiana, dos entidades bogotanas y una de Medellín fueron las más poderosas de la época: en la capital, los bancos de Bogotá y de Colombia y en Medellín, el Banco Alemán Antioqueño, que había sido fundado en Bremen (Alemania). En 1888, los dos primeros tenían el 53% de las existencias de oro monetario de todo el país.

Los bancos de esta época no abrieron sucursales, lo que les facilitó establecer una gran reputación entre sus clientes, pero también los hacía pequeños y vulnerables a los pánicos financieros locales. De hecho, al inicio de cada una de las guerras civiles de finales del siglo XIX se presentaron crisis financieras, y en bancos individuales, siempre que los clientes pensaban que había riesgo de que no les devolvieran sus ahorros.

La Guerra Civil de 1876, por ejemplo, produjo una fenomenal corrida de depósitos en Medellín. Sin un banco central que les prestara, los banqueros sortearon la crisis convenciendo a los comerciantes para que siguieran recibiendo los billetes, bancarios mientras arreglaban sus finanzas. Pero no pudieron salvarse de todas las crisis. Solo los más prudentes en la emisión sobrevivieron a los sobresaltos de las guerras civiles en 1885, 1895 y en 1899 y, a pesar de todo, para 1920 los bancos de la época de la 'banca libre' se habían quebrado, con excepción de los bancos de Bogotá, de Colombia, el Alemán Antioqueño y el del Estado de Popayán. En 1915, desapareció Restrepos y Cía., precursor de la banca nacional.

La especulación llevó a la bancarrota a muchos de ellos. En particular, los que se habían creado al inicio del siglo XX para especular con el tipo de cambio, perdieron su capital cuando se presentó una inesperada revaluación del peso en 1904. Habían comprado oro esperando que la devaluación de principios de siglo continuara.

El manejo de estos bancos precursores es de gran interés para la historia empresarial, por varias razones. De un lado, permite observar cómo se transfieren destrezas administrativas a negocios nuevos. Así, parece que la mezcla de importadores, comerciantes y políticos que fundaron los tres grandes bancos en Bogotá y Medellín (los Samper, Santamaría, Gómez-Cásseres, Koppel, Camacho Roldán, Ángel, Del Canal, Obregón y Restrepo, entre otros), tenía una mejor capacidad de competir que las familias banqueras de Cartagena (Vélez, Daníes y Martínez Bossio), que provenían de la ganadería, o las de Barranquilla (Márquez, Dugand y Cortissoz) inmigrantes de primera generación dedicados al comercio exterior.

Esta habilidad fue importante porque sin banco central, sin 'red de seguridad' de ningún estilo, las casas bancarias tenían un mayor riesgo de quebrar con las fluctuaciones económicas. Los bogotanos aplicaban técnicas bancarias aprendidas en Londres, y los antioqueños llevaron sus socios alemanes a la dirección de la compañía. Por su organización, fueron capaces de autoimponerse límites a la emisión de billetes y a la toma de riesgos y sobrevivieron.



Bancos para el fomento de todo

La mortalidad de los 'bancos libres' hizo evidente que se necesitaba un banco central para evitar esos problemas. En 1923, la Misión Kemmerer, dirigida por el economista estadounidense Edwin Walter Kemmerer, estableció el Banco de la República, para manejar el monopolio de la emisión de billetes y hacer préstamos a los bancos que lo requirieran frente a una corrida de depósitos.

En este entorno -más seguro, desde 1923 hasta 1929-, entraron al país bancos extranjeros como el de Londres y de América del Sur (1920), el Banco Francés e Italiano (1924), el Royal Bank of Canada (1925) y el National City Bank of New York (1929), atraídos por la posibilidad de financiar la expansión industrial y de infraestructura colombianas. El Banco de la República, en su nueva ortodoxia, tenía límites estrictos para la emisión y, por ello, los proyectos de infraestructura tuvieron que financiarse con créditos externos.

Si bien el número de bancos se redujo, se inició una fase de apertura de sucursales, que permitió un crecimiento de la cartera de crédito de 60% anual entre 1926 y 1929. Los banqueros operaban con una norma de liquidez que usaba la banca inglesa y solo prestaban para operaciones de corto plazo. Por eso, el crédito de esa época les servía a los comerciantes, pero no a los industriales nacientes.

La Gran Depresión de 1929 redujo la cartera 54% entre 1928 y 1933, pero la norma de préstamos líquidos les permitió pasar sin dificultades la recesión mundial. Tampoco se afectaron con las periódicas crisis cambiarias que siguieron al final de la guerra con Perú en 1935 y la cartera aumentó a una tasa de 12% anual 1934 y 1941.

La actividad de los bancos entonces era muy limitada. Por eso, el gobierno quiso llevar financiación a las actividades que consideró prioritarias en su agenda. Entonces, en 1924 creó el Banco Agrícola Hipotecario para prestarle al sector rural, en 1932 constituyó el Banco Central Hipotecario para "salvar el crédito hipotecario, afectado gravemente por la crisis", dice el economista Jorge Franco. También abrió el Instituto de Crédito Territorial (1939), para financiar vivienda de clases populares y el Instituto de Fomento Industrial, IFI (1940), la primera corporación financiera, para financiar e invertir en la industria. Para cada necesidad, el gobierno fundaba una entidad.

Además, la banca pública ofrecía condiciones especiales a sus deudores. En 1932, el Agrícola condonó el 40% de los préstamos vencidos a los agricultores afectados por la Gran Depresión de 1929, una de las primeras reestructuraciones de la banca de fomento. En los tres primeros años de operación, el Central Hipotecario prestó solo para refinanciar deudas hipotecarias contraídas con otras entidades, el primer rescate oficial a los deudores de vivienda. Esta forma de actuar de la banca pública se mantuvo por años.

Con la mejora en las carreteras y las comunicaciones, empezó una nueva ola de apertura de sucursales. En la segunda mitad de los 40, el número de bancos bajó de 26 a 24, pero el de sucursales pasó de 420 a 517 y la cartera de los bancos creció a una tasa de 19% anual. En ese momento, los bancos seguían sirviendo básicamente al comercio. Este sector recibía la mitad del crédito, la agricultura cerca de 16% -aunque aportaba el 30% del PIB-, y la industria el 22%. No obstante, cumplían una tarea interesante en la movilización de capitales. Mientras el 40% de los depósitos se generaba en Bogotá, esta ciudad recibía el 26% de los créditos.

Entretanto, se siguieron fundando entidades públicas de crédito para financiar sectores específicos como el Banco del Comercio (1948), el Banco Cafetero (1953), el Banco Ganadero (1956) y el Banco Popular (1951), creado por el municipio de Bogotá. La banca estatal pasó de 233 sucursales en 1950 a 723 en 1963, mientras que los bancos privados tuvieron un crecimiento menor: aumentaron en número de 13 en 1951 a 17 en 1963 y en sucursales de 171 a 522.

En 1959 se operó un cambio profundo en la organización del sistema financiero. El gobierno había identificado la necesidad de ofrecer créditos de largo plazo para la industria. Entonces, por primera vez, en vez de crear otro intermediario estatal para hacer esos préstamos, le encargó la tarea al sector privado por medio de las corporaciones financieras. Algo similar ocurrió con la creación de corporaciones de ahorro y vivienda en 1972 y con la de las compañías de financiamiento comercial en 1975. Con la conformación de estos intermediarios, quedó bien cimentado el régimen de banca especializada, en el cual cada tipo de intermediario operaba en un nicho específico, definido por ley.



La crisis de 1981

¿Por qué no hubo crisis financieras entre 1935 y 1980? Tal vez por dos razones. La primera, porque la expansión de la cartera en el mercado doméstico permitió superar la reducción de la actividad económica durante la Segunda Guerra Mundial. La segunda, que las operaciones fueron bastante seguras por los plazos cortos.

El récord se perdió en 1981, cuando inició una de las mayores crisis financieras de la historia, que se originó en varios desajustes. La Superbancaria identificó tres: las prácticas que ocultaban en el balance operaciones importantes en los bancos, el sobreendeudamiento de las empresas y la falta de pericia en algunas compañías de financiamiento comercial.

Con la crisis económica que empezó al final de 1981, las empresas empezaron a perder valor y los socios de algunos bancos vieron una oportunidad de comprarlas con dinero prestado en sus bancos. Autopréstamos, jugadas imprudentes y aun dolosas llevaron al gobierno a nacionalizar el Banco de Colombia, otras entidades del Grupo Grancolombiano (ver artículo Los que fueron), los bancos Tequendama, de Los Trabajadores, del Comercio y a desmontar la compañía de financiamiento Prisa.

¿Lecciones de esa crisis? Muchas. La primera, que la especulación con activos tiene altos riesgos para los bancos. Esta vez no se trató de oro y dólares como en 1904, sino de acciones y de empresas, pero el resultado en quiebras fue igual. La segunda, la importancia de la información. Por la forma en la que se contabilizaban, las deudas de dudoso recaudo solo se registraban dos años después de su vencimiento. Por eso, los indicadores que habrían podido mostrar el inicio de la crisis solo se vieron con claridad en 1984, cuando ya estaba en su peor momento.

Resueltos los problemas de la economía y del sector con créditos y ayudas, se reinició el ciclo. Hacia 1985, revivieron los créditos de corto plazo para consumo, en particular los de tarjetas de crédito.



La crisis más reciente

En 1990, con una reforma financiera, desapareció la banca especializada y se adoptó un esquema de grupos financieros centrados en matrices bancarias. La reforma y sus adiciones posteriores fueron borrando fronteras entre las entidades. A las corporaciones financieras se les permitió captar en cuentas de ahorro que habían sido exclusivas de los bancos. A los bancos prestar a plazos largos -el nicho de las corporaciones financieras-, a las corporaciones de ahorro y vivienda prestar para fines diferentes a la vivienda. En general, se les permitió a los bancos hacer la mayor parte de las operaciones y ofrecer servicios como las de fiducia o el corretaje de valores, por medio de sus filiales.

Con las nuevas reglas, algunos empresarios vieron una buena oportunidad de negocios en la financiación del consumo que crecía al doble del PIB. Compraron o conformaron compañías de financiamiento comercial con inversiones relativamente bajas, con la intención de transformarlas en bancos en plazos medianos. En esta democratización de la propiedad, por segunda vez se crearon entidades con poco respaldo y a veces con poca experiencia administrativa. Por eso, en 1995, cuando algunas empresas de transporte entraron en problemas financieros, las compañías de financiamiento comercial especializadas en leasing que las financiaban también entraron en crisis. El problema para el sector no fue tan grande. pero preludió el desastre de 1997.

En ese año, se revirtió el ciclo de la construcción que había sido extraordinariamente bueno. Para prevenir problemas de cartera con los constructores, muchas entidades financieras dejaron de prestarle al sector, lo cual agravó su situación y la de sus proveedores y clientes y se desaceleró la economía. En los 90, las empresas habían aumentado su endeudamiento. Por eso, cuando el Banco de la República subió sus tasas de interés hasta 50% nominal para defender el peso de un ataque especulativo, las empresas y los consumidores dejaron de pagar sus acreencias y por esa vía se desencadenó la recesión económica más aguda y prolongada que el país haya visto en 100 años.

Los problemas de pago fueron graves entre los deudores de vivienda, lo que afectó sensiblemente las corporaciones de ahorro y vivienda, que tuvieron que ser rescatadas. El gobierno, por medio del Fondo de Garantías de Instituciones Financieras, Fogafin, estatizó 6 bancos y se quedó, como en 1981, convertido en el mayor banquero del país. El costo de esta crisis financiera se contuvo en 4% del PIB, cuando en México fue de 19%.

Por la ausencia de oferta y demanda de crédito que siguió a la crisis de 1997, los bancos aumentaron el manejo de inversiones. La cartera pasó de representar el 59% de los activos en 2000 al 54% en mayo de 2004, mientras las inversiones pasaron de 18% a 31% en ese mismo lapso.

Para salir de la crisis, la historia se repitió. De nuevo, de vuelta a préstamos de plazos cortos para consumo. Sin embargo, los bancos de hoy son diferentes. Han puesto un gran énfasis en la administración del riesgo. La diversificación de la cartera entre regiones, sectores y tamaños de empresas parece abrir una nueva etapa de crecimiento para las operaciones bancarias que les sirva tanto a sus balances como a los de las firmas del sector real que necesitan financiación.
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