| 3/19/2004 12:00:00 AM

Emprendedor toda la vida

En 1957 Gumercindo Gómez fundó Colchones Eldorado. Hace 12 años, su familia tomó el control de la empresa y casi la llevó a la quiebra. Antes de la bancarrota, el empresario regresó a la presidencia para rescatarla. Esta es su historia.

Se equivocan quienes piensan que hacer empresa es labor de jóvenes. Experiencias como las de Gumercindo Gómez, empresario boyacense de 67 años, muestran que no hay edad para emprender sueños y proyectos. Justo cuando se pensó que quien fuera un muchachito sumido en la pobreza en la desconocida vereda de Ciénaga, había alcanzado la prosperidad, enfrentó el mayor desafío de su vida. En una junta de accionistas, su familia lo retiró de la presidencia de Colchones Eldorado. Pero luego de seis años al frente de la compañía, prácticamente la quebró. Hubo que llamar al viejo Gumercindo para que la sacara de la tumba. Para que la creara de nuevo.



Historia por contar

La vida de Gumercindo Gómez tiene muchas lecciones. Muy niño, su convicción de sacar adelante a su mamá, viuda antes de que él naciera, lo obligó a trabajar. Su frase de batalla "yo no sé que quiero ser en la vida, lo único que sé es que quiero ser alguien", lo empujó a viajar a Tunja y luego a Bogotá. Trabajó en panadería, carpintería y tapicería, actividad esta última que lo llevó a concentrarse en el oficio de su vida, hacer colchones. La primera máquina de hacer resortes, fundamental en su éxito, la creó él mismo. Le costó $50 y el trabajo constante de seis meses. También fue singular la forma en que consiguió su primer lote: lo cambió por la producción de un año. Mientras tanto, se quedó sin dinero para pagar sus obligaciones y atender con holgura el sustento de su familia; pero él estaba convencido de la necesidad de contar con el terreno y tenía razón. Fue la base de la expansión de su firma.

En los años 80, Colchones Eldorado vivió su momento de mayor brillo. Gumercindo solo había hecho estudios en el Instituto Nacional de Capacitación Obrera -origen del actual Sena-, pero resultó muy hábil en mercadeo y publicidad. El mismo ideó el nombre, el logotipo y el mensaje de sus campañas. Logró que los colombianos conocieran sus colchones anunciando en televisión en espacios disponibles, que si bien muchas veces no tenían mucha sintonía, eran muy económicos, pues le costaban alrededor de $50.000, recuerda. De esta manera, Eldorado creció hasta tener 150 empleados y proyección nacional.

Pero la historia de emprendimiento más apasionante de su vida no se había escrito todavía. En 1986 uno de sus gerentes le sugirió dejar el 68% de las acciones de la empresa a sus hijos. El aceptó y, seis años más tarde, la junta que se conformó con los nuevos accionistas tomó las riendas de Eldorado. En parte, la decisión se justificó en la construcción de un edificio de 8.500 m2 que endeudó a la empresa como nunca y que no aportaba al corazón del negocio. Hoy es evidente que el proyecto fue un error.



Decision dificil

Al frente de la empresa quedó su hijo profesional de 29 años. Gumercindo no participaba en las decisiones del negocio. Sin embargo, la juventud no logró los resultados de la experiencia. Además del endeudamiento heredado, la nueva administración cometió grandes errores. El esquema de pautar en tiempos disponibles de televisión se cambió por espacios triple A que costaban $3 millones en promedio. Además, con la idea de que la imagen de la compañía era anticuada, la rediseñaron a un costo de $500 millones, desechando el tradicional logotipo con el que siempre se conoció. Finalmente, el gasto desbordado y la entrada de nuevos competidores sepultaron la era dorada de la empresa.

Fueron años difíciles para Gumersindo, quien veía su sueño derrumbarse sin poder intervenir. De pronto, en la peor parte de la crisis, lo llamaron de nuevo para que les comprara la empresa. El tenía unos lotes y un edificio con los que habría podido vivir cómodamente de la renta, pero que también podía dar a cambio de la fábrica. Se enfrentaba a la decisión de comprar un muerto, o seguir su vida en calma pues ya era un hombre reconocido y un destacado conferencista.



Otra vez

y desde cero

En 1998, Gumercindo cambió sus propiedades por el 78% de las acciones de Eldorado. Desde entonces, trabaja día y noche por recuperar el terreno perdido. "Hoy tengo a mi empresa corriendo los 100 metros, pero espero correr con ella los 1.000 metros", es la forma en que explica lo que ha pasado desde entonces.

Los resultados de su gestión son palpables. Para protegerla, consiguió llevarla a Ley 550. Hoy da utilidades y se prepara para entrar en nuevos mercados. Así lo hizo en Perú el año pasado en un intento exploratorio. La estabilidad financiera se acompañó de esfuerzos en mercadeo, en la gestión de recursos humanos y en la oferta de productos con nuevas tecnologías.

"En la vida hay dos empresas, una grande y otra pequeña. La empresa pequeña puede ser una tienda de barrio o un gran negocio, pero la empresa grande es la vida y esa es la que hay que valorar", así se refiere a su forma de asumir las cosas. Asegura que para ser empresario, lo primero que hay que hacer es ser feliz. Ama a su empresa, pero sin apegos. Estaría dispuesto a venderla, una vez haya terminado de sacarla adelante.

La relación con su familia, la cual ve con frecuencia, es amable y cordial. Hace 8 años vive solo en un apartamento de 60 m2, cuando en algún momento vivió en una casa de 600 m2, pero así está más a gusto. Este empresario es una muestra de que el espíritu emprendedor perdura en la vida. No es nuevo que sus experiencias les sirvan de ejemplo e inspiración a muchos. Su tesón y su éxito tal vez hagan entender que las empresas no se deben olvidar de aquellos emprendedores dueños de la experiencia.
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