Y si...

| 3/16/2001 12:00:00 AM

Y si...

Frente a las expectativas , el año no comenzó bien. El gobierno anunció un crecimiento del 4% en el 2001, y los analistas esperaban un 3%: una lenta pero continua recuperación. La información reciente no alimenta esta percepción. El cuarto trimestre terminó a la baja: el PIB y el empleo decrecieron, y en los balances empresariales cayeron las ganancias, se retrasaron las cuentas de proveedores y se deterioraron los flujos de caja (ver página 70). Para este año, las encuestas de opinión empresarial muestran caídas en las ventas del comercio, en los pedidos a la industria y el uso de capacidad instalada. El consumo de energía se desaceleró, nada de la construcción y el empleo se deterioró mucho. El primer trimestre, probablemente será el segundo con caída consecutiva del PIB.

¿Qué pasa? Que el sector productivo, además del proceso de paz, resiente choques externos, fiscales y financieros. La economía estadounidense ha caído más rápido de lo esperado, arrastrando los precios primarios internacionales, los pedidos a nuestra industria, las inversiones en tecnología y el crédito internacional al sector privado. El segundo choque es fiscal: ¡tanto jolgorio por más impuestos antitécnicos y más deuda para mantener el gasto!!! Mayor tributación efectiva para empresas debilitadas es un contrasentido, y el aumento del IVA y del 3 x 1.000 francamente recesivo. La reducción de las inversiones locales, especialmente en Bogotá, agrava las cosas. El tercer choque negativo es financiero: la cartera se contrae brutalmente, y las tasas de interés reales del poco crédito han llegado al nivel más alto de los últimos 10 años. En estas condiciones, la política fiscal y monetaria, en lugar de amortiguar, magnifica los efectos del choque externo.



¿Qué hacer? Acelerar los ajustes estructurales de la economía y abrir más espacio en el corto plazo a la creación de empleo productivo.



En las nuevas sesiones del Congreso, el gobierno no puede cometer los errores del año anterior: una reforma política que copa la atención, un Ministerio de Trabajo que frena la iniciativa del gobierno, y globitos sobre el acceso al mercado estadounidense. Las esenciales reformas a las transferencias y a la seguridad social se han vuelto urgentes. Pero no bastan. Los mercados laborales y de capitales tienen que ser sacudidos con nuevas fórmulas de estímulo para movilizar empresas nuevas. Sobran los enunciados o las intenciones lejanas. El Presidente tiene que atreverse a convocar una ambiciosa agenda si quiere evitar el último año de gobierno en plena recesión.



Pero las reformas estructurales en el Congreso no afectan mucho la actividad de corto plazo, que ahora depende más del Banco de la República y del sector privado.



La nueva Junta tiene que hacer posible una expansión monetaria que no siga destinada, de una u otra forma, a financiar al gobierno central, contrayendo aún más la cartera empresarial. La fuerza productiva necesita más tasa de cambio y recursos más baratos, y la reciente baja de medio punto en las tasas de interés no puede ser sino el primero paso en tal dirección.



La responsabilidad del sector privado no es menor. Si mantiene la imaginación capturada por sus balances y la actitud al riesgo secuestrada por la guerrilla, ¿quién responderá por la inversión y el empleo? A las empresas les puede pasar lo que a tantas jovencitas: de tanto obsesionarse con enflaquecer (en nómina e inversiones), pueden terminar con anorexia. Y el vacío social de la anorexia empresarial genera, como efecto secundario seguro, populismo.



El país tiene que aterrizar. La recuperación económica está tambaleando. La prioridad es pensar y actuar, seria y constructivamente, para evitar la recaída que las cifras sugieren. Nada puede ser más importante.
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