| 9/14/2011 6:00:00 PM

Verdades que duelen

Por fin alguien se atrevió a decirle al pan, pan y al vino, vino. Las palabras proféticas de Lagarde ponen en claro el riesgo de una crisis financiera global. Los bancos europeos, al banquillo.

Las declaraciones de la nueva jefa del Fondo Monetario Internacional, Christine Lagarde, alborotaron el avispero mundial. Lagarde advirtió sobre el alto riesgo de contagio de los líos de Europa sobre el resto del planeta y la recesión global que se precipitaría por esta razón. Sin pelos en la lengua, afirmó que los bancos centrales y los gobiernos se quedaron sin gasolina para conjurar la crisis, pues se gastaron la mayor parte de las municiones en los años pasados.

Sus palabras cayeron como baldado de agua fría en los mercados financieros mundiales, que se desplomaron como un castillo de naipes. Las principales autoridades económicas del planeta casi se la comen viva y algunos la tildaron de imprudente y amarillista. No faltó el comentario machista, que le echó la culpa de todo a un cambio hormonal.

Sin duda, el momento de mayor sinceridad de la francesa fue cuando dijo, palabras textuales, que “se necesita una recapitalización de los bancos europeos a fin de que sean lo bastante fuertes para hacer frente a los riesgos que ocasionan los prestatarios de deuda soberana”.

He ahí el quid del asunto. El gran temor mundial es que los líos de Grecia terminarán por quebrar alguna institución bancaria europea. En concreto, se habla de los bancos franceses, dueños de miles de millones de euros de deuda griega, pública y privada. La preocupación tiene nombre propio: Société Générale, BNP Paribas y Crédit Agricole, considerados la columna vertebral de la economía francesa. Ya se anuncia una inminente reducción de la calificación de riesgo de estos bancos por parte de Moody’s.

Si alguno de estos tres gigantes llega a tener problemas de solvencia, o a sufrir una retirada masiva de depósitos –como sucedió en Estados Unidos en los casos de Washington Mutual, Wachovia, Citi, Barclays, Dexia y muchos otros más tras la quiebra de Lehman– se podría repetir la historia de 2008. En aquel momento, los bancos dejaron de prestarse dinero entre sí y el crédito se congeló. El pánico cundió en todo el planeta y miles de empresas y hogares que dependían de préstamos a corto plazo enfrentaron problemas de liquidez. Ese es el verdadero susto de la señora Lagarde.

Un indicio preocupante de una crisis bancaria que podría venir en camino es el nivel de la Libor. Esta es la tasa a la que se prestan plata entre sí los bancos en todo el mundo. Hoy, la Libor a tres meses para créditos en dólares está en 0,3%, su nivel más alto en cuatro meses y medio. Ya varios bancos franceses y europeos están empezando a tener problemas para financiarse y muchos de ellos están pagando tasas bastante más onerosas en este proceso.

Los hechos comienzan a darle la razón a la nueva jefa del FMI. Las cosas en Europa pintan color de hormiga y los planes de rescate para Grecia son solo pañitos de agua tibia. La moratoria de la deuda parecería ser cuestión de tiempo. Y la salida de Grecia de la Zona Euro, también. De nada sirve tener una moneda fuerte cuando se tiene un desempleo de 16% y una contracción de la economía de 7,3%. Al final, nadie puede justificar el sacrificio de una población entera a cambio de mantener una moneda.

Si Europa no toma pronto medidas para proteger su sistema financiero ante el inminente default griego, esto se puede convertir en una crisis financiera global. Europa necesita ayuda del resto del mundo. La solución no está en los eurobonos, ni en la unión fiscal, ni en las garantías de los gobiernos a sus bancos. La solución –como plantea Barry Eichengreen en un editorial en el Financial Times– es conseguir el apoyo de un grupo de países asiáticos, en especial de China, para que entren a capitalizar la banca europea. Sería algo similar a lo que le tocó hacer a Estados Unidos en 2008, cuando usó el Tarp (Trouble Asset Relief Program) para capitalizar todos los bancos, incluidos JP Morgan y Wells Fargo, que ni siquiera tenían problemas de solvencia.

Los bancos europeos, ¿capitalizados por la inversión China? Parecería impensable. Esto aceleraría la consolidación de la influencia asiática en la economía global y marcaría un hito en la pérdida de estatura de Europa en el concierto internacional. Sin embargo, de no ser así, las palabras de la señora Lagarde se cumplirán como trágica profecía. El mundo entero se vería abocado, una vez más, a una crisis económica y financiera. Ni Colombia ni ningún otro país del planeta se salvarían.
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