| 12/17/1999 12:00:00 AM

UN SIGLO EMPRESARIAL

Las sombras del final parecerían oscurecer la visión del desarrollo económico y social del país durante el siglo XX. Muchos cronistas del siglo, tan concentrados en los gobiernos y sus políticas o en los conflictos sociales, sobredimensionan el protagonismo de los políticos y de algunos ilegales. Ahora es un lugar común reinterpretar la historia de un siglo durante el cual solo habría sido constante la violencia, crecientes la desigualdad y la exclusión y continuo el deterioro de las condiciones de vida de la mayoría de la población. Que el "modelo de desarrollo", en pocas palabras, fracasó y es tiempo, con la llegada del nuevo siglo, de hacer tabla rasa del pasado.

¿Será? Las cifras globales no dan mucho sustento a tal pesimismo. En 100 años, el desarrollo económico y social del país fue más rápido que en el resto del mundo. El crecimiento del ingreso per cápita fue del 2,1% anual, mientras que en América Latina y en Asia fue del l, 7% y en el mundo, en su conjunto, apenas del 1,6%. La educación, las expectativas de vida y la participación laboral de la mujer crecieron más, al tiempo que la tasa de natalidad y la mortalidad infantil cayeron con más velocidad que en el mundo. La nueva riqueza se multiplicó por 100 y el número de negocios se multiplicó por 1.000. En medio de este progreso, el país tuvo períodos de crisis económicas, sociales y de orden público. Pero de todas ellas, el país logró salir con éxito.

Y logró salir con éxito cuando se propuso construir futuro. Cuando los intereses individuales dieron precedencia a los intereses del país. Cuando los conflictos del pasado no maniataron la posibilidad de mirar hacia adelante. Cuando las fuerzas progresistas triunfaron sobre las fuerzas del desorden y la nostalgia. Cuando el país logró desplazar sus energías, siempre desbordantes, hacia la construcción de riqueza. De riqueza permanente, más allá de los altibajos externos y de los gobiernos.

En esta edición, Dinero propone una nueva discusión sobre la historia empresarial del país. Los historiadores han menospreciado el papel de los buenos negocios, y de los empresarios y empresas que los hicieron posibles. Las gestas empresariales son experimentos sociales, de los cuales hay mucho qué aprender. Cuando leyeron bien las oportunidades del mercado, los nuevos empresarios aplicaron su energía a crear valor y riqueza y promovieron un mejor ambiente social y político. Y el país progresó más rápido. Caímos en crisis cuando pasó lo contrario, y los empresarios pasaron de la envidia creativa y multiplicadora de oportunidades a la vanidad destructora, rentista y excluyente.

Durante los momentos difíciles del siglo XX, los empresarios contribuyeron, más de lo que la historia escrita registra, a abrirle espacios de futuro al país. Cuando pusieron toda su energía en crear, mejorar y multiplicar empresas y empleos, y no se encerraron en ellas ni buscaron divorciarse del país. Lo hicieron cuando compartieron sus éxitos con Colombia y su gente. Además de reconstrucción económica y mejoramiento social, el nuevo siglo tiene que ser el del dinamismo empresarial. Ese es un buen modelo de desarrollo, en el que los nuevos núcleos de empresas globales se multipliquen por 1.000, los negocios por cientos de miles y los empleos por millones. Y así sus beneficios lleguen a los 60 millones de personas que pronto seremos.

El futuro del país depende, más que de cualquier otra cosa, de la capacidad empresarial para arrastrar con su empuje e irradiar con optimismo y beneficios a toda la población.
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