| 1/21/2011 12:00:00 AM

Un debate equivocado

Para mejorar las condiciones de vida y la capacidad de compra de la población, no basta aumentar el salario mínimo. Es indispensable erradicar la informalidad.

Rayos y centellas llovieron en el país cuando el presidente Santos anunció el reajuste del salario mínimo para este año: de 3,4% a 4%. La noticia generó malestar entre gremios y empresarios, quienes desde ya auguran aumentos en la inflación, pérdida de competitividad y una mayor informalidad.

Pero esta revisión de última hora en el salario mínimo es totalmente marginal. Son $3.090 adicionales al mes, lo que cuesta un roscón con gaseosa. ¿Por qué en Colombia una cifra tan insignificante puede calentar tanto los ánimos?

Raghuram G. Rajan (ex economista jefe del FMI) señala en su más reciente libro, Fault Lines, cómo las estrategias de crecimiento económico centradas en las exportaciones no son sostenibles y las califica como una de las grandes "fallas tectónicas" de la economía global. Habla de la necesidad que tienen los países de volver a sus mercados internos, a partir del aumento en la capacidad de compra de sus consumidores.

Rajan tiene razón y un ejemplo de ello es Brasil. Parte del gran éxito de Lula fue haber subido durante varios años el salario mínimo por encima del costo de vida. Durante su gobierno (2002-2010), el salario mínimo brasileño pasó de 200 a 510 reales. Descontada la inflación, ese crecimiento fue de 53%. En Colombia, durante los ocho años de gobierno de Alvaro Uribe, el salario mínimo apenas creció 13,07% en términos reales. Este último aumento de 4% nominal ni siquiera permitirá llegar a 14% el crecimiento real en casi una década.

En Brasil, el progresivo aumento en el empleo y los salarios es una de las razones detrás de la reducción de la pobreza y el aumento de la clase media. Según la Cepal, entre 2003 y 2009 la pobreza se redujo del 36% al 24% y la clase media aumentó del 40% al 52%. Varios analistas atribuyen ese resultado a una suma de tres factores: el crecimiento de la economía, los aumentos en los salarios y la creación de un ambicioso programa de subsidios llamado Bolsa Familia, que paga en promedio US$53 al mes a 11 millones de familias.

Estas acciones sacaron a millones de brasileros de la pobreza y los convirtieron en consumidores de bienes y servicios. Hoy, esa clase media brasileña es uno de los motores de crecimiento del coloso suramericano.

Hay dos grandes diferencias en estos temas entre Colombia y Brasil. En Colombia, el salario mínimo equivale a un 51% del salario medio, mientras en Brasil apenas representa el 35%. Así, el efecto de un aumento del salario mínimo sobre los costos laborales promedio en una empresa es muy superior en Colombia que en Brasil. Por otro lado, las brechas entre los mercados formal e informal son mayores en Colombia que en Brasil. Dos temas que podrían parecer independientes, pero están íntimamente relacionados en sus efectos sobre las empresas.

Desde el punto de vista de los empresarios formales, un aumento en costos laborales no es tan grave por la reducción de un margen de ganancia, como por las consecuencias de la interacción de su empresa con el sector informal. El sector informal no tiene el mismo aumento en los costos, porque no cumple con normas laborales, sanitarias, ambientales y tributarias (compite en forma desleal, como dicen los empresarios).

Pero, además, los empresarios formales, que capacitan a su gente, la rodean de buenas condiciones laborales, pagan impuestos y cumplen las leyes no pueden esperar que el impacto del aumento del salario sobre sus costos laborales se vea compensado por una mayor demanda por sus productos, a través de mayores ingresos de la población, pues una altísima proporción de esta trabaja en condiciones de informalidad y no se beneficia del aumento del mínimo. Hay dos millones de personas en Colombia que ganan el salario mínimo, frente a más de seis millones que ganan menos del mínimo. Así, es muy difícil que un aumento del salario se traduzca en mayor demanda y mayor crecimiento económico.

Hay que hacer muchas cosas en Colombia para combatir la informalidad, pero una de las más importantes es hacer cumplir la ley laboral. Las sociedades deben elevar sistemáticamente los costos de la informalidad. En Europa, Estados Unidos, Canadá, Chile y todos los países serios del planeta, hay inspectores laborales que se aseguran del cumplimiento de las normas. Este no es el caso de Colombia. Aquí, una persona que contrate trabajadores al margen de las normas no recibe el menor castigo ni sanción.

Una de las condiciones para desarrollar el mercado interno, siguiendo las recomendaciones de Rajan, es reducir la informalidad. Desde esta perspectiva, y en forma paradójica, una de las mejores formas de hacerlo es consolidar los acuerdos comerciales internacionales que están en camino, pues todos ellos incluyen términos exigentes en cuanto al respeto de las condiciones de trabajo. Una empresa que pretenda internacionalizarse y ser proveedora de grandes multinacionales debe ser rigurosa en el cumplimento de la ley en asuntos sanitarios y laborales.

El enemigo verdadero de los aumentos en los ingresos y el bienestar de los trabajadores es la informalidad y la impunidad. Si no hay coherencia, coordinación y efectividad para hacer cumplir la ley laboral, de nada sirve el populismo salarial.

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