| 11/15/2014 2:15:00 PM

La jornada de regreso

Colombia ha venido sosteniendo un déficit de cuenta corriente persistente desde hace ya varios años.

Con la caída del precio del petróleo y de las materias primas, este déficit y, más específicamente su financiación están en el centro del debate. La subida del dólar es la consecuencia. ¿Pero a qué se refieren los economistas cuando lo mencionan?

Países con superávit de cuenta corriente son exportadores netos de bienes y servicios. Estos son entregados a cambio de instrumentos financieros, es decir, algún tipo de deuda o pasivo de los países con déficit de cuenta corriente que son los importadores netos.

Que Colombia haya tenido un déficit de cuenta corriente desde hace seis años quiere decir que, en términos netos, el país se ha endeudado con el resto del mundo durante todo este periodo. En nuestro caso, Colombia tuvo un buen crecimiento en los últimos años, pero a costa de aumentar su deuda con el resto del mundo, que incluye también la inversión extranjera directa de una empresa foránea (que es pasivo con esa empresa), además de bonos u otro tipo de endeudamiento.

La caída del precio del petróleo y de las materias primas puso en tela de juicio nuestra capacidad de repagar esa deuda con el mundo. Esa situación hizo que el peso se devaluara, superando los $2.100 por dólar durante los inicios de la segunda semana de noviembre. La devaluación nominal hace que el país se vuelva más competitivo y exporte más bienes y servicios, encareciendo de paso la importación de bienes del resto del mundo, y así genera recursos adicionales para pagar nuestra deuda.

Parecería que lo que está ocurriendo es lo que se llama técnicamente una reversión parcial de la cuenta corriente (current account reversal) o ajuste externo de la economía, disparado por la caída del barril de petróleo. Su ocurrencia a través de los años ha dado pie a una amplia literatura. En Colombia el último gran ajuste cambiario ocurrió en 1999, cuando el peso sufrió una devaluación nominal de 22%. En el año 2002 también ocurrió una aceleración de la devaluación cuando, después del ascenso de Lula en Brasil, los mercados internacionales se cerraron para América Latina y el dólar llegó al mágico número de $2.950. El mercado reaccionó así porque pensó que, dado que la financiación externa del país se había complicado, Colombia tenía que exportar mucho más e importar menos para pagar la deuda con el resto del mundo.

Hoy en día vivimos un fenómeno similar, pero a una menor escala (devaluación cercana a 10%) porque el mercado todavía sabe que Colombia, gracias a su disciplina fiscal, su grado de inversión y especialmente la gran liquidez mundial que aún existe, todavía puede financiarse fácilmente en el exterior, sobre todo a través de la rápida emisión de bonos soberanos.

Pero ya era hora. Desde 2003 el peso venía revaluándose constantemente contra el dólar y por ende frente a todas las economías asiáticas que, como China, tienen su moneda atada al dólar de forma permanente. Este fenómeno causado por la bonanza minero-energética se exacerbó con la liquidez mundial.

La revaluación fue afectando todos los sectores transables; o sea aquellos que se exportan y compiten con el resto del mundo, exceptuando claro está, las materias primas. Comenzamos a vivir más del petróleo mientras la industria textil, las flores, el banano y el café, entre muchos otros, retrocedían lentamente. Los campos de flores de la Sabana de Bogotá empezaron a ser reemplazados por bodegas y construcciones nuevas. La construcción, y los no transables, o sea aquellos bienes que NO compiten con la producción extranjera, comenzaron a liderar el crecimiento de la economía. La situación descrita, llamada Enfermedad Holandesa por los economistas, fue lentamente llevando a nuestra economía a la recomposición de su aparato productivo y empobreciendo a nuestra industria y a nuestro campo.

La devaluación será un alivio para industriales y agricultores. Además, la caída del precio del petróleo debería significar también una caída del precio de los principales insumos agrícolas. Precios internacionales más altos e insumos más baratos deberían hacer de nuestro sector productivo uno más competitivo.

Ojalá este ajuste cambiario continúe alrededor de $100 o $200 más y nos devuelva a una Colombia productiva, competitiva y sostenible. De regreso a una economía generadora de empleo en su sector productivo y de valor agregado, superando la idea de que se va a vivir de la renta del petróleo y materias primas para siempre. La jornada de regreso es necesaria para construir una sociedad próspera, democrática y competitiva a largo plazo y no una que siguiera por el camino en el que “fracasan las naciones”. El reto del Gobierno es que este retorno se realice de la manera menos traumática posible y que tengamos un aterrizaje suave de la economía, a diferencia de un escenario más extremo como el descrito en el artículo Campanazo de alerta en la sección País de esta edición.

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