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Sin luna de miel

| 1/23/2013 6:00:00 PM

Sin luna de miel

Muchos retos y poco tiempo tiene Barack Obama en este segundo mandato al frente de la Casa Blanca.

por Editorial

El 21 de enero, Barack Obama se posesionó, por segunda vez, como presidente de los Estados Unidos. Arranca con la popularidad más alta en los últimos tres años: 52% es el promedio de las encuestas que salieron la última semana según el portal RealClearPolitics.com. Sin embargo, este nivel de aceptación es uno de los más bajos para un presidente de Estados Unidos al comenzar su segundo mandato. Truman arrancó su segundo tiempo con una popularidad de 69%, Eisenhower de 74%, Johnson 70%, Nixon 59%, Reagan 63% y Clinton 60%. Sólo George W. Bush empezó enero de 2005 con un nivel tan bajo como el de Obama, 51%.

Para todos esos presidentes, la relección trajo un segundo aire, renovada popularidad y altos índices de aprobación. Cada uno de ellos logró tener su luna de miel con el electorado y el Congreso en el segundo tiempo. Sin embargo, Obama no va a poder darse ese lujo. Todo el mundo quiere ver resultados ya. Deliver, como dicen los gringos.

Alcanzar el desempeño esperado será aún más difícil porque, en términos políticos, el segundo periodo de Obama no terminará en cuatro años, sino mucho antes. Todo lo que aspire a lograr deberá hacerlo antes de julio de 2014. Las siguientes elecciones de Congreso serán en noviembre del próximo año y en esos comicios se renovará la totalidad de la Cámara de Representantes y una tercera parte del Senado (435 y 33 sillas, respectivamente). Ningún congresista va a caminarle a una iniciativa legislativa importante, audaz y polémica en la antesala de esas elecciones, las de mayor trascendencia para el congreso americano.

En su discurso de posesión, Obama señaló los grandes temas que marcarán su legado histórico en este segundo mandato. Todos son importantes, audaces y polémicos, pero Obama tiene solo 18 meses para hacer realidad sus anuncios. El primero es el control de armas, una iniciativa a la que se oponen ferozmente los portadores, la Asociación Nacional de Rifles (NRA) y muchos congresistas republicanos. El segundo es el tema migratorio, un asunto del que hablará públicamente el 12 de febrero durante su discurso sobre el Estado de la Unión. El tercero es el monstruo económico de tres cabezas: techo de la deuda, abismo fiscal y recortes automáticos en el presupuesto de defensa y seguridad social (ver artículo página 42, Al fondo del abismo). No en vano, The Economist se refirió a los líos fiscales de Estados Unidos como a un “arma de destrucción financiera masiva”.

Obama se la va a jugar toda. No quiere ser recordado tan solo como el primer presidente afroamericano, sino como un hombre que desafió el statu quo de su época y se atrevió a dar el salto en temas impensables. Todo indica que se cansó de las posiciones recalcitrantes de los republicanos y su estrategia ahora se basa en actuar con firmeza, acudir a la opinión pública en los temas más controversiales (como el porte de armas) y lograr que los republicanos retrocedan y abran paso a sus iniciativas.

Sin embargo, el Presidente deberá escoger con cuidado cuánto empuja cada una de estas iniciativas y por cuánto tiempo. Durante su primer periodo se gastó casi todo su capital político moviendo la reforma a la salud y el paquete de estímulo económico. Ambos propósitos se convirtieron en ley, a costa de un enorme desgaste político y a expensas de otras propuestas, como la de energías limpias.

Los objetivos del presidente Obama son admirables. Sin embargo, la influencia y las responsabilidades de Estados Unidos van mucho más allá de lo que cabe en la atención de los votantes de ese país. Para la economía global, lo importante no es que Obama sea progresista y visionario, lo importante es que sea efectivo. De la solución del tema fiscal norteamericano no depende solamente el futuro de la economía de su país, sino también el dinamismo de la economía mundial. Si las distancias ideológicas sobre temas domésticos entre demócratas y republicanos impiden el logro de una salida para la economía, el mundo entero pagará las consecuencias, Colombia incluida.

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