| 2/16/2006 12:00:00 AM

Presidente, TLC y empresarios

Qué bueno que el presidente Uribe haya decidido apoyar abiertamente el TLC. Era la única forma de desentrabar la negociación.

Es posible, como lo afirma una versión que se oye en estos días, que la decisión del presidente Uribe de tomar las riendas de la negociación del TLC haya obedecido a que se había filtrado a los medios una discusión en el Consejo de Ministros sobre los peligros que el TLC entraña para la campaña electoral, y Uribe sintió la necesidad de cerrar el vacío de confianza que se estaba armando por cuenta de este tema. Incluso si la versión es cierta, en este momento es irrelevante. Lo importante es que el gobierno, con su posición ambigua respecto al TLC frente a algunos sectores, había abierto espacio para que todos aquellos que se sintieran afectados por el tratado solicitaran prebendas imposibles de justificar y sostener. Sin embargo, con esta última decisión, asumió una posición que cierra esos argumentos. Ya era hora de romper ese círculo.

Y no fue el gobierno el único que se vio obligado a definirse. Los sectores ganadores en un TLC mantuvieron un silencio que ayudó a generar entre el público la sensación de que el tratado posiblemente no sería bueno para el país. Temían que al sentirse ganadores y expresarlo públicamente, pudiera haber represalias en su contra. Esto cambió cuando sintieron que el TLC podría estar en peligro en su hora definitiva. En ese momento, salieron públicamente a defenderlo y a apoyar las decisiones del gobierno en el sentido de generar mecanismos de compensación para los sectores perdedores.

A la hora de las definiciones, las cosas no podían ser de otra manera. El país como un todo no puede quedarse al margen de las corrientes de comercio simplemente porque dos sectores -el avícola y el arrocero- no pueden competir bajo el nuevo esquema. No podría aceptarse que por cuenta de esto se termine perjudicando al resto de la economía. Para el país, es menos costoso encontrar la manera de ayudar a estos sectores a ajustarse a las nuevas condiciones, que sacrificar las posibilidades de desarrollo que se derivan del TLC. Afortunadamente, así terminó entendiéndolo el presidente Uribe.

Desde el primer día de la negociación, en mayo de 2004, se sabía que habría sectores ganadores y perdedores, así como también que en un tratado de esta naturaleza no podía haber sectores excluidos. Estas eran las reglas del juego. Quizás el gran error fue generar expectativas respecto a que Colombia, por ser un aliado estratégico de Estados Unidos, podría obtener beneficios adicionales a los que habían logrado otros países. Esto no parece posible, porque cualquier concesión que se le haga a Colombia sería un precedente para negociaciones futuras. Estados Unidos no está dispuesto a asumir este riesgo.

Las cartas están sobre la mesa y lo que los negociadores lograron hasta ahora es lo que finalmente se va a firmar. Dilatar más la negociación no va a cambiar las cosas y, por el contrario, podría ser el fin para el tratado. Mirando hacia el futuro, con un TLC en mano son muchas las oportunidades que se le abren al país. El propio sector agropecuario, que desde el primer día de la negociación se ha visto como el gran perdedor, podría terminar siendo el gran ganador. Colombia puede ser competitiva en el agro y tiene el potencial de convertirse en un gran exportador de estos productos (ver página 20).

Por encima de todo están los intereses del consumidor. En un país donde más del 50% de la población es pobre y está malnutrida, el hecho de que sea posible consumir productos importados, en los que Colombia no es competitiva, a menores precios, es una gran oportunidad. El consumidor será el gran beneficiado.
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