| 7/31/1998 12:00:00 AM

¡Por fin!

Se acabó el gobierno Samper. La mayor frustración social y empresarial del país. El peor gobierno y el manejo económico más malo de todo el siglo XX. Y terminó mal. Como el rey Midas, pero al revés: todo lo que tocaba no se convertía en oro, sino en desastre. Con dos fiascos en el último mes dio la puntada final.



Primero, el desempleo. En lugar de bajar al prometido 10%, se disparó al 15,8%. No hay un indicador más contundente del rápido deterioro empresarial que vive el país y, en general, del desastre económico del gobierno. La tasa de desempleo más que se dobló en los cuatro años, principalmente como expresión del debilitamiento de la economía privada.



Segundo, la frustración de Corelca. Estas electrificadoras son uno de los peores cánceres del presupuesto nacional. Son un nido de corrupción insolente. Son un freno al desarrollo económico de la Costa Atlántica.



El Ministro de Minas, con el apoyo del Ministerio de Hacienda, se estaba fajando para aniquilar ­de una vez por todas­ este esperpento liderando un serio proceso de venta de los activos. La privatización era, es y seguirá siendo la única salida.



Pero el espíritu del gobierno era otro. El contubernio de políticos corruptos con el Superintendente de Servicios Públicos le puso palos en las ruedas al proceso.



La intervención para sanear las electrificadoras que hizo el Superservicios durante el primer semestre fue lamentable. El proceso fue dirigido, por intermedio de Fiduagraria, por personajes de dudosa ortografía que firmaron contratos por doquier hasta aumentar el hueco financiero de las empresas e hicieron aprobar un acuerdo con TermoRío, empresa de familiares del senador José Name Terán. Todo esto comprometió la viabilidad del proceso de venta.



Los corruptos no iban a dejar tan fácil su vaca lechera. Y el gobierno Samper no defendió las buenas iniciativas, sino a los corruptos de siempre, que ahora se presentan como héroes públicos.



¡Por fin se acabó el gobierno Samper! El país está de fiesta. Tenemos otra vez esperanza.



El nuevo gobierno tiene, rapidito, dos posibilidades de marcar el cambio: Primero, un programa coherente y creíble de empleo, que es lo que más esperan los colombianos. Y segundo, impulsar el principio del fin de la corrupción. Nada más urgente y ejemplarizante que parar la insolente corrupción de Corelca, llevar a la cárcel a sus beneficiarios y concluir en los cien primeros días de Gobierno el proceso de privatización.



Sería un buen comienzo del cambio.
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