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| 11/21/2012 6:00:00 PM

Pobres muchachos

Seis niños bien que hicieron las cosas mal.

por Editorial

Detrás de todo gran descalabro financiero en Colombia hay un joven de buena familia. Así quedó demostrado una vez más con los escándalos de los últimos días. Para empezar, Carlos Eduardo Leyton Sinisterra, un excomisionista de bolsa a quien la justicia de Estados Unidos acaba de pedir en extradición por lavar $12.000 millones de dineros del narcotráfico. Leyton pertenecía a una prestigiosa familia caleña y sus dos hijos estudiaban en los mejores colegios del Valle del Cauca. Sus amigos cercanos le decían “El príncipe”, por su elegancia y sofisticación, dos cualidades que le sirvieron para convertirse en uno de los corredores más exitosos de su generación. Leyton cometió un grave pecado: lavó plata a través del sistema bursátil y financiero para Manuel Madero, alias “El Pato Madero”, un mafioso caleño con conexiones en la alta sociedad vallecaucana.

Otro niño bien que está en el ojo del huracán por estos días es Tomás Jaramillo, hijo del fundador de InterBolsa. Tomás, un joven de cuna noble con una carrera brillante, tiene mucho que explicar sobre el descalabro de la firma. De la mano de su amigo Juan Carlos Ortiz, fundó Proyectar Valores, sentó las bases del Fondo Premium en Curazao, donde están embolatados US$174 millones de inversionistas colombianos, abrió corresponsalía en Panamá y otros paraísos fiscales y le apostó al negocio de Fabricato.

Otro célebre descalabro fue el de DMG, la pirámide que contó con el apoyo de Daniel Ángel Rueda, un talentoso joven de una tradicional familia antioqueña. Ángel, bachiller del Gimnasio Moderno de Bogotá, se movía como pez en el agua en los altos círculos sociales de la capital. Era amigo personal de los hijos del presidente Álvaro Uribe y usó todos sus contactos para atraer inversionistas del estrato 6 a la pirámide del extraditado David Murcia Guzmán.

También es triste el caso de Andrés Piedrahita, el célebre colombiano que se hizo mundialmente famoso por terminar untado en el escándalo de Bernard Maddoff, el mayor estafador de todos los tiempos. Estudiante del Anglo Colombiano y graduado del English School, se codeó durante muchos años con la crema y nata del jet-set internacional. Atrajo a cientos de multimillonarios latinoamericanos y europeos para que invirtieran en el fondo Fairfield Group, que tenía conexiones con el fondo de Maddoff, una pirámide financiera de US$50.000 millones. Hoy se encuentra en medio de una tormenta legal y financiera.

Otro célebre caso es el de Carlos Quintero Quiroga, extesorero de Bavaria. Quintero, economista de la Universidad de los Andes con una vasta experiencia en banca de inversión, llegó en 2004 a la cervecera para ser el puente entre la empresa y los inversionistas del mercado financiero. Cuatro años más tarde fue arrestado por la Fiscalía por desviar más de $1.400 millones de Bavaria en unas operaciones que dejaron sorprendidos a todos aquellos que lo conocieron.

Otro más en la lista de niños bien que hicieron las cosas mal es Guido Nule Marino, hijo de Guido Nule Amín, exministro de Comunicaciones y de Minas. Guido, un joven barranquillero que estudió administración de empresas en la Universidad Javeriana (y cuya tesis de grado versó sobre la ética en la contratación estatal) ha estado en el ojo del huracán por cuenta de su participación en el descalabro del flamante Grupo Nule, un titanic financiero en donde se pudieron haber perdido hasta $500.000 millones, según algunos medios.

Lo triste es que no es la primera vez que pasa. Los Picas, Uribe, Holguín, Michelsen, vienen de tiempo atrás. Entonces y ahora hay un denominador común en todos: exceso de apalancamiento, codicia, ambición desmedida. Ninguno necesitaba engañar, robar ni estafar para ser exitoso en la vida. Pero muchos se comportaron como hampones, con el afán de enriquecerse de la noche a la mañana. Como dijo alguna vez Héctor Abad: “Lo extraño no es que les guste la plata, que es lo que define a la burguesía aquí y en la Cochinchina. Pero los ricos de Francia o de Estados Unidos, las burguesías ilustradas que hicieron la Revolución Francesa y la americana, tenían un compromiso social y un temple moral muy distinto al de los pimpollos de nuestra burguesía de pacotilla”.

Estos niños bien cayeron muy bajo. Sin embargo, no se avergüenzan de ello.

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