Revista Dinero

| 3/7/2013 1:00:00 PM

Pobres cafeteritos

El problema de la Federación Nacional de Cafeteros es que se volvió una élite que perdió contacto con las bases.

por Editorial

Según el diccionario, una élite es una minoría selecta dentro de una sociedad, que disfruta de un estatus superior y rige al resto de las personas. Esa definición corresponde hoy a la Federación Nacional de Cafeteros, una burocracia de élite que se dedicó a ser portavoz de los intereses de algunos grandes productores y perdió todo contacto con las bases. Este carácter elitista de la Federación quedó en evidencia con el paro cafetero que, al cierre de esta edición, viven una veintena de pueblos y ciudades en Colombia.

No siempre fue así. Cuando empezó, en 1927, la Federación era una organización que aspiraba a ser mucho más que un simple gremio de intereses cafeteros. Era una entidad cuasi-financiera y cuasi-oficial, creada en plena época de vacas gordas. Los precios internacionales del café habían pasado de 15 centavos de dólar por libra a 28 centavos entre 1920 y 1927. Durante ese tiempo, la producción local aumentó de 1 millón de sacos a 2,2 millones de sacos (de 60 kilos).

Durante la gran depresión mundial de los años 30, la Federación ganó importancia y perfiló su estilo de su liderazgo. Gracias al nombramiento de Mariano Ospina Pérez como gerente, a los ingresos del gravamen cafetero y a la creación de los almacenes de depósito, la Federación cobró relevancia en el contexto nacional, ampliando considerablemente sus acciones como entidad gremial.

¿Quiénes crearon la Federación y para qué lo hicieron? La entidad fue el resultado de una unión entre una burguesía conservadora terrateniente y comercial de Medellín, por un lado, y una burguesía liberal terrateniente y comercial de Bogotá, por el otro. Una unión que, según Steinar Saether, autor de Café, conflicto y corporativismo, se produjo como reacción ante los graves problemas sociales que estas burguesías percibían en las zonas cafeteras de Colombia, originados en la concentración excesiva de la tierra, especialmente en Cundinamarca y Tolima (en Antioquia, Caldas y Quindío había más campesinos cafeteros que eran dueños de sus propias parcelas).

Aunque la Federación fue fundada por las élites de aquel entonces, sus creadores se propusieron lograr que no representara los intereses de un grupo particular de cafeteros, sino de todos los actores de esta industria. Cafeteros de todos los departamentos y de todos los tamaños tenían cabida.

Sin embargo, con el paso del tiempo se convirtió en una gran fábrica de burócratas y perdió contacto con el campesinado de verdad. El Pacto Cafetero, que organizaba el mercado mundial a través de un sistema de cuotas, desapareció, y el café perdió preponderancia en la vida nacional. De representar más de 50% de las exportaciones del país en los años ochenta, hoy solo aporta 4% del total.

La dirigencia cafetera se extravió. La Federación nunca logró entender cuál sería su misión en un mercado internacional sin cuotas. La producción entró en una caída secular y la entidad se quedó todos estos años echando el mismo cuento y esgrimiendo el mismo rosario de excusas: que el cambio climático, que los precios, que la revaluación, que la baja fertilización, que la broca, que la roya…

Puede haber muchas explicaciones detrás, pero el hecho es uno solo: Colombia pasó de ser el segundo productor mundial de café a ser el número cuatro, detrás de Brasil, Vietnam e Indonesia. Próximamente será el sexto, tras Honduras y Etiopía. Estos países –que también tuvieron que vivir la extinción del Pacto Cafetero y las crisis posteriores– han aumentado su producción en respuesta a una creciente demanda mundial, que llegó a un nivel récord de 140 millones de sacos el año pasado. Colombia, en cambio, tuvo en 2012 la peor cosecha en tres décadas.

El problema es de productividad. Mientras en Colombia se producen en promedio 7 cargas por hectárea, Brasil logra el triple. La solución no está en dar más subsidios o plata a los cultivadores, como se ha hecho en los últimos años. Los cafeteros no pueden seguir viviendo de la limosna que les da el Gobierno. Hay que encontrar otras maneras para volver sostenible una actividad de la que viven 550.000 familias, cerca de 2 millones de personas en total.

Si la Federación no logra dar respuesta a los padecimientos de los cultivadores, quizás debería desaparecer. Si no les sirve a los campesinos de menos de cinco hectáreas, ¿entonces para qué sirve? Si el cambio climático, la roya, la revaluación, la divina providencia y demás factores le han ganado la partida, ¿no sería bueno aceptar que su tiempo ya pasó? ¿Qué sentido tiene mantener una entidad cuyo objeto central es explicar por qué no puede hacer contrapeso a los acontecimientos?

Para justificar su existencia, la Federación tendría que transformarse de cabo a rabo. Para lograr un verdadero avance en competitividad debería incluir a otros actores clave de la cadena productiva, como trilladores, exportadores, compradores de café y tostadores nacionales. Para recuperar su misión, debería integrar de una manera mucho más efectiva a los pequeños productores y romper las ‘roscas’.

Un cambio de fondo es la única esperanza para la Federación de Cafeteros y para el café.
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