Paz económica

| 4/7/2000 12:00:00 AM

Paz económica

La guerra, quién lo duda, es hoy el gran límite a la verdadera recuperación económica. Sus descomunales costos han generado enormes distorsiones sobre el aparato productivo, y su amenazante dinámica ha paralizado la inversión en vivienda, infraestructura, maquinaria y equipo. Cada familia colombiana pierde con la violencia, en destrucción de patrimonio y en menores posibilidades de ingreso, consumo y goce, US$5 diarios. A este ritmo de violencia y empobrecimiento, los colombianos podríamos perder en pocos años una tercera parte del ingreso y la mitad del patrimonio.



El comienzo de las audiencias públicas el próximo 9 de abril puede representar un punto de quiebre en el camino hacia la paz. Hay que superar los énfasis procedimentales y las tentaciones faranduleras de las primeras fases para ponerle contenido a la discusión. El país tiene que aprovechar esta oportunidad para ponerse de acuerdo en una visión y unos valores consistentes con una economía dinámica para todos. Dinero propone en esta edición entrar en esta tarea. Las negociaciones tienen que apuntarles a los problemas que sí son, con los instrumentos que mejor puedan enfrentarlos.



Los grandes problemas del desarrollo colombiano son las oportunidades para quienes están por fuera de la ley --llámense narcotráfico, guerrilla o corrupción--, la enorme inseguridad económica para toda la población y la debilidad del esfuerzo colectivo de inversión en activos físicos y humanos. Tenemos que brindar seguridad, mucha seguridad, para todos. En los derechos de propiedad para quienes quieren invertir. En las reglas del juego para producir y emplear. En la protección social para sobrevivir y ser incluidos. Seguridad para movilizar los esfuerzos hacia la capitalización de esta sociedad para superar el subdesarrollo y la enorme inequidad. Con capitalización social, seguridad social y libertad social, el país podrá acelerar el crecimiento económico a tasas del 7%. Solo de esa forma podrá enfrentarse la falta de empleo, educación y salud que hoy sufren millones de colombianos.



El logro de un acuerdo no puede ser al costo de sacrificar una buena estrategia económica ni esta debe esperar al fin de las negociaciones para ponerse en marcha. Sin paz no hay economía, pero sin buena economía nunca habrá paz. De los próximos meses tiene que salir, más que nuevas actividades estatales, un sólido consenso sobre el crecimiento económico sobre la base de las exportaciones y la inversión empresarial.



Y mientras tanto, el gobierno tiene que avanzar más rápido y en la dirección correcta en las reformas económicas. Puede ser un desperdicio un proyecto de acto legislativo que busque solo desligar el gasto social de los ingresos públicos, sin sentar las bases para una expansión de las coberturas y una organización mucho más equitativa y eficiente de la financiación del gasto social. Puede ser otra oportunidad perdida tratar de sacar adelante una nueva reforma tributaria dirigida solo a aumentar los recursos hacia un gasto público innecesario, en vez de orientarse a estimular en serio la producción, la inversión y el empleo del sistema empresarial.



Hay que ponerles más imaginación de futuro a las iniciativas gubernamentales, so peligro de seguir posponiendo la solución de los problemas que nos impiden vivir en paz.



Un gobierno elegido democráticamente, por demás, tiene que superar el papel de árbitro y relacionista que ha asumido en la negociación, para ser defensor más activo del interés colectivo y del futuro del país. Mucho estaría en juego si no se llega a un buen acuerdo de paz con buenos fundamentos económicos.
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